El viento soplaba con una insistencia áspera sobre las alturas de Seír, arrastrando consigo el polvo rojizo de las montañas como si la tierra misma estuviera sangrando. Aquellas cumbres, antiguas y agrestes, se alzaban con soberbia contra el cielo plomizo, testigos mudos de siglos de rencor. Los edomitas, dueños de aquellas tierras ásperas, se movían entre las grietas de la roca con la seguridad de quien cree que la piedra es su aliada eterna.
En la quietud de un atardecer cargado de presagios, un hombre cansado, de nombre Ocozías, subía por la vereda que serpenteaba hacia la fortaleza principal. No era un hombre piadoso, pero aquel día una inquietud extraña le corroía las entrañas. Al llegar a la cima, desde donde se dominaba el desierto y, a lo lejos, las tierras de Judá, una sombra larga se extendió sobre él. No era la sombra de las nubes, sino algo más denso, como si el crepúsculo se hubiera condensado de repente.
Y entonces, una voz que no era sonido, pero que resonó en lo más hondo de su ser, le cortó el aliento. No venía del viento, ni de la roca, ni de los hombres que conversaban junto a las hogueras. Venía de un silencio que de pronto se había vuelto tangible.
—Hijo de hombre —la voz era como el eco de un trueno lejano—, pon tu rostro contra el monte de Seír y profetiza contra él.
Ocozías se quedó inmóvil, los pies clavados en la tierra. No era un profeta, apenas un guardián de las caravanas que a veces merodeaban por los pasos montañosos. Pero la voz lo envolvía, lo traspasaba.
—Así ha dicho el Señor Dios: He aquí que yo estoy contra ti, monte de Seír. Extenderé mi mano contra ti y te dejaré asolado y desierto.
Las palabras no solo se oían, se sentían. Ocozías miraba a su alrededor, pero nadie más parecía notar nada. Los edomitas seguían con sus quehaceres, confiados en la inexpugnabilidad de sus refugios rocosos. Él, sin embargo, veía algo que los demás no podían ver: una grieta fina, como un hilo de oscuridad, que comenzaba a extenderse por la peña más alta.
—Haré de tus ciudades una ruina perpetua, y tú sabrás que yo soy el Señor.
La voz no mostraba ira, sino una certeza terrible, como el curso imparable de un río que se desborda. Ocozías recordó entonces la historia que los ancianos contaban en voz baja: cómo Edom había festejado la caída de Jerusalén, cómo había entregado a los fugitivos de Judá a sus enemigos, cómo se había alegrado de la desgracia ajena creyendo que su altivez los ponía a salvo.
—Por cuanto tuviste enemistad perpetua —continuó la voz, ahora con un tono más grave—, y entregaste a los hijos de Israel al poder de la espada en el tiempo de su aflicción, cuando su maldad había llegado al colmo…
Ocozías sintió un escalofrío. Él mismo, en su juventud, había perseguido a un grupo de hebreos que huían hacia el sur. Los había visto caer exhaustos, y no había sentido compasión, solo el orgullo de quien cree que la fortuna lo favorece.
—… por tanto, vivo yo, dice el Señor Dios, que te prepararé para la sangre, y la sangre te perseguirá. Sin duda, por cuanto aborreciste la sangre, la sangre te perseguirá.
La palabra «sangre» resonó una y otra vez en su mente, mezclándose con el viento que ahora soplaba más frío. De pronto, Ocozías entendió. No se trataba solo de castigo, sino de consecuencia. Edom había vivido de la violencia, y la violencia, como un perro fiel, volvería a su propio dueño.
—Y sabrás que yo, el Señor, he oído todas tus blasfemias que profiriste contra los montes de Israel, diciendo: «Han sido asolados, nos son dados para que los devoremos».
Ocozías recordó las burlas de sus compatriotas, las risas alrededor del fuego cuando llegaban noticias de las derrotas de Israel. «Dios los ha abandonado», decían. «Sus montañas son ahora nuestras». Y en su arrogancia, nunca pensaron que alguien más pudiera estar escuchando.
—Así ha dicho el Señor Dios: Toda la tierra se alegrará cuando tú quedes asolado. Como te alegraste tú de la heredad de la casa de Israel por haber sido asolada, así haré yo contigo.
La voz comenzó a alejarse, como un trueno que se pierde en la distancia, pero las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas como plomo. Ocozías se dejó caer sobre una roca, temblando. Miró hacia el horizonte, donde las últimas luces del día teñían de púrpura las cumbres. Ya no veía fortalezas inexpugnables, sino tumbas de piedra esperando ser habitadas.
A lo lejos, un buitre solitario trazaba círculos en el cielo.




