El calor pesaba sobre Jerusalén como un manto húmedo. A través de las rendijas de la persiana de madera, Ezequías veía cómo el polvo se levantaba en remolinos perezosos sobre los adoquines. No era solo el aire lo que estaba cargado, sino el alma misma de la ciudad. Un rumor sordo corría por las callejuelas, un murmullo que hablaba de caravanas cargadas de plata y oro rumbo al sur, hacia Egipto. Y él, en su estancia fresca, sentía el peso de aquella traición como una losa sobre el pecho.
Habían sido días de debates acalorados en la sala del trono. Los embajadores de Egipto, con sus túnicas de lino blanco y sus modales seductores, prometían caballos, carros, ejércitos. «Asiria es una tempestad que se acerca —argumentaban—, y el faraón es vuestro muro de contención.» Los nobles asentían, sus rostros brillantes de sudor y codicia. Solo unos pocos, como el profeta Isaías, se mantenían firmes, con esa mirada que parecía traspasar la piedra y ver el corazón de las cosas. «¡Ay de los hijos que se apartan —había dicho con voz grave—, que entran en alianza sin mi espíritu!»
Ezequías recordaba la escena con amargura. Cómo los príncipes se burlaban a sus espaldas. «Visiones —decían—, palabras de un fanático. Necesitamos espadas, no profecías.» Y así, en secreto, habían enviado emisarios a través del desierto, cargando tributos para comprar una protección que no era de Yahvé. Ahora, esperaban. La espera era lo peor. Cada informe de un mensajero, cada nube de polvo en el horizonte, hacía latir la ciudad con ansiedad.
Mical, la hija de Ezequías, entró en la estancia con un cántaro de agua fresca. Su rostro joven estaba marcado por la misma inquietud que aquejaba a todos. «Padre —murmuró—, hoy en el mercado oí decir que la embajada regresa. Que traen un tratado firmado por el faraón.» Ezequías no respondió. Sabía que aquel pacto era como refugiarse en una grieta del muro cuando se avecinaba un alud. Un consuelo efímero y mortal.
Al atardecer, cuando el sol comenzaba a teñir de púrpura las colinas, se reunió con Isaías en el jardín del palacio. El profeta estaba sentado bajo una higuera, sus manos curtidas acariciando un rollo de pergamino. No hizo ningún reproche. Solo comenzó a hablar, con esa calma que parecía extraída de otro mundo.
«Esta gente —dijo, señalando vagamente hacia la ciudad— camina hacia su propia ruina. Han preferido la opresión a la obediencia, han confiado en la violencia en lugar de en la quietud. Por eso, su fuerza se volverá vergüenza.» Sus palabras no eran una maldición, sino una diagnosis certera, como un médico que describe el avance de una enfermedad incurable. «Egipto, en quien tanto confían, se quebrará como una caña. Y cuando caiga, herirá la mano del que se apoya en ella.»
Ezequías sintió un escalofrío. No era el miedo lo que lo recorría, sino la certeza de que cada paso que había dado alejándose del silencio y la confianza lo había llevado más cerca del abismo. Isaías continuó, y en su voz había un matiz extraño, como si estuviera viendo el futuro desplegarse ante sus ojos. «Pero aun en la desolación, el Señor espera para tener piedad. Él se levantará para mostrarles compasión. Y aunque les dé el pan de la adversidad y el agua de la angustia, tu maestro ya no se ocultará más, sino que tus ojos lo verán.»
Días después, llegaron las noticias. La embajada regresaba, pero no con un ejército de refuerzo. Traían consigo el olor a derrota. Los asirios, lejos de ser detenidos, avanzaban como langostas, devorando todo a su paso. El faraón había incumplido su palabra. El tratado no valía más que el papiro en el que estaba escrito. Y entonces, como había pronosticado Isaías, el pánico se apoderó de Jerusalén. La ciudad que había confiado en sus propias maquinaciones ahora temblaba ante el sonido de las trompetas enemigas.
Fue en medio de ese caos cuando Ezequías recordó las últimas palabras del profeta. «Tus oídos oirán a tus espaldas: ‘Este es el camino, andad por él’. Y derribarán sus ídolos, como cosa inmunda.» Con un gesto resuelto, el rey salió al balcón y miró a su pueblo, aquella multitud aterrorizada que ahora buscaba en él una respuesta. Y supo lo que debía hacer.
No eran discursos ni estrategias lo que necesitaban, sino un regreso. Un volver al origen. Esa noche, mientras la luna bañaba los muros de la ciudad, Ezequías ordenó que se reunieran en el templo. Allí, sin ofrendas suntuosas, sin rituales vacíos, se postró junto a su pueblo y clamó. No hubo promesas de victoria, ni garantías de salvación. Solo una rendición total, un reconocimiento de que toda otra esperanza era vana.
Y entonces, en la quietud que siguió al clamor, ocurrió lo inesperado. No de inmediato, no con estruendo, sino como el alba que disipa lentamente la oscuridad. Los informes de los vigías cambiaron. Los asirios, que habían acampado listos para el asalto, retrocedieron. Una plaga, decían algunos. Un rumor de disturbios en Nínive, murmuraban otros. Pero Ezequías supo, con una certeza que le llenó el pecho de paz, que no era ni plaga ni rumor. Era la gracia que llegaba cuando ya no quedaba ningún otro refugio.
A la mañana siguiente, la ciudad amaneció diferente. El mismo sol, las mismas calles, pero el aire había cambiado. En el mercado, donde antes solo se hablaba de alianzas y estrategias, ahora se oían conversaciones sobre la bondad de Yahvé. No como un tema teológico, sino como una realidad tangible, como el pan que comían y el agua que bebían.
Ezequías caminó hasta la casa de Isaías. El profeta estaba moliendo trigo, como cualquier otro hombre. Al ver al rey, esbozó una sonrisa leve. «La aflicción —dijo sin preámbulos— no será siempre la misma. El pueblo que habita en Sion verá al Rey en su hermosura.» No era un triunfo militar lo que anunciaba, sino algo más profundo: la posibilidad de una mirada nueva, la capacidad de ver la belleza donde antes solo se veía amenaza.
Y así, en los días que siguieron, Jerusalén comenzó a sanar. No de golpe, sino como sana la tierra después de la sequía, con lentitud y profundidad. Las aguas volvieron a correr por el arroyo de Cadrón, y cada gota era un recordatorio de que la verdadera protección no estaba en los carros de Egipto, sino en la quietud del alma que espera. En la confianza que nace cuando se abandona toda otra confianza.
Al caer la tarde, Ezequías subió a la muralla y miró hacia el sur, hacia el desierto por donde habían partido aquellas embajadas necias. Ya no sentía amargura, solo una tristeza serena. Comprendía ahora que el mayor peligro no había sido el ejército asirio, sino la ilusión de poder controlar el propio destino. Y supo, con una claridad que le llenó los ojos de lágrimas, que la misericordia siempre llega, pero casi nunca por el camino que habíamos preparado. Llega cuando hemos agotado todos nuestros caminos, y nos encuentra vacíos, listos para ser llenados.




