El viento del norte había amainado por fin, y con él se llevó aquel aire frío que durante días había entrado por los resquicios de la ventana. Sulamita se levantó del lecho, sintiendo el mármol fresco bajo sus pies descalzos. La luz del alba, tímida aún, se filtraba entre los cipreses del jardín. Recordó el sueño—o la pesadilla—de la noche anterior: su amado había desaparecido, y ella, desesperada, lo buscaba por las calles oscuras de la ciudad. Pero ahora, en la quietud de la mañana, algo le decía que él no se había ido lejos.
Se vistió sin prisa, envolviéndose en una túnica sencilla de lino. Bajó al huerto, donde las granadas empezaban a mostrar ese rojo intenso que a él tanto le gustaba. Allí, entre los manzanos y los nardos, lo vio. Estaba sentado en el poyo de piedra, observando cómo las flores se abrían al nuevo día. No hizo ademán de levantarse al verla, pero en sus ojos había una ternura que le quitó el aliento.
—Has vuelto—dijo ella, y su voz sonó más quebrada de lo que hubiera querido.
—Nunca me fui—respondió él, y era verdad. Aunque en su sueño ella no podía encontrarlo, él estaba allí, esperando a que el amanecer disipara sus temores.
Se acercó y se sentó a su lado. Él tomó su mano, y en ese contacto familiar sintió cómo volvía la calma a su espíritu. No había necesidad de palabras. El jardín hablaba por ellos: las viñas echaban sus primeros pimpollos, las granadas estaban en flor, y el aire olía a canela y a tierra mojada.
—Eres hermosa, amada mía—murmuró él al cabo de un rato—. Tus ojos son como los de las palomas tras el velo de tu cabello.
Ella bajó la mirada, sintiendo el rubor en sus mejillas. No era la primera vez que lo decía, pero cada vez sonaba como nueva.
—No hay sesenta reinas, ni ochenta concubinas, ni doncellas sin número—continuó él—. Tú eres la única, mi paloma, mi perfecta. Eres la preferida de su madre, la favorita de la que la dio a luz.
Sulamita recordó entonces a las mujeres del palacio, aquellas que la miraban con curiosidad cuando ella pasaba. Algunas con envidia, otras con admiración. Pero sus palabras no eran un simple halago; eran un reconocimiento de algo que iba más allá de lo físico. Él veía en ella lo que nadie más podía ver: la huella del Creador.
—Las doncellas te vieron y te llamaron bienaventurada; las reinas y las concubinas te alabaron—dijo, y su voz era suave como la brisa que movía las hojas de los granados.
Ella no respondió, pero apretó su mano. Sabía que su belleza no era solo suya; era reflejo de Aquel que la había formado con sus propias manos. Y en los ojos de su amado, veía ese amor puro, ese amor que no se desvanece con el tiempo, que no se marchita como las flores del campo.
Él se levantó y caminó hacia el estanque. El agua estaba quieta, como un espejo plateado.
—¿Quién es esta que se muestra como el alba, hermosa como la luna llena, esclarecida como el sol?
Sulamita sonrió. Esas palabras ya las había oído antes, pero ahora resonaban de manera distinta. No era solo ella; era la promesa de algo eterno, la imagen de un amor que trascendía el tiempo y las circunstancias.
Él se volvió hacia ella, y en sus ojos había un destello de picardía.
—Bajé al huerto de los nogales para ver los frutos del valle, para ver si brotaban las vides, si florecían los granados. Allí, sin que yo lo supiera, me dejaste llevar mi alma en las carrozas de mi pueblo.
Ella recordó entonces aquel día, hacía ya varios años, cuando se conocieron. Él era un pastor, y ella, una simple muchacha que cuidaba de las viñas de sus hermanos. Pero desde el primer momento, supo que su alma estaba atada a la de él.
El sol empezaba a calentar, y las sombras de los árboles se acortaban. Él volvió a sentarse a su lado, y esta vez apoyó la cabeza en su hombro. Sulamita pasó los dedos por su cabello, sintiendo la textura áspera y familiar.
—Vuelve, vuelve, Sulamita—murmuró, como si hablara dormido—. Vuelve para que te miremos.
Ella sabía que no se lo decía a ella, sino a aquellos que querían verla, que querían contemplar esa belleza que él veía. Y en ese momento, comprendió que su amor no era solo para ellos dos, sino que era un testimonio para todos, un reflejo de un amor mayor, de un Amor con mayúscula.
Pasaron así un largo rato, en silencio, mientras el jardín despertaba a su alrededor. Los pájaros comenzaron su canto, y las abejas zumbaban entre las flores. Él se incorporó finalmente, y la miró con una intensidad que le hizo contener la respiración.
—¿Por qué querríais mirar a la Sulamita como en una danza de dos campamentos?
Ella no supo qué responder. Tal vez porque en su unión, en su amor, había algo que trascendía lo humano. Algo que hablaba de la danza eterna entre el Creador y su creación, entre Cristo y su Iglesia.
Se levantaron y comenzaron a caminar por el sendero que llevaba al olivar. Sus manos seguían entrelazadas, y en ese contacto había toda una historia de búsquedas y reencuentros, de noches oscuras y amaneceres gloriosos.
—Antes de darme cuenta, mi deseo me llevó a los carruajes de un pueblo noble—dijo él, completando el verso que había dejado pendiente.
Ella sonrió, comprendiendo que su historia de amor no era casual. Estaba escrita en las estrellas, tejida en el tapiz del tiempo. Y aunque a veces la noche se hiciera larga y el miedo se apoderara de su corazón, el amanecer siempre llegaba, y con él, la certeza de que su amor era más fuerte que la muerte, más intenso que la tumba.
Cuando llegaron al límite del olivar, se detuvieron. Desde allí se veía la ciudad, con sus murallas doradas por el sol de la mañana. Pronto tendrían que volver a la rutina, a las responsabilidades, a la vida. Pero por ahora, este momento era solo suyo.
—No me mires porque soy morena—dijo ella de pronto, recordando sus propias inseguridades—. Es porque el sol me ha bronceado.
Él se rió, un sonido profundo y cálido que llenó el aire.
—Eres morena, pero hermosa, hija de Jerusalén. Como las tiendas de Cedar, como los tapices de Salomón.
Y en sus palabras, Sulamita entendió por fin que su belleza no estaba en la perfección, sino en la autenticidad. En ser quien era, una mujer amada, elegida, redimida. Como la Iglesia, con sus manchas y arrugas, pero santa y sin culpa a los ojos de su Señor.
El sol estaba ya alto cuando emprendieron el regreso. Caminaban despacio, saboreando cada instante, cada mirada, cada sonrisa compartida. Y en el aire flotaba la promesa de que este amor, este reflejo del amor divino, nunca se acabaría. Porque era fuerte como la muerte, y sus brasas, fuego ardiente, llama del Señor.



