El sol de la tarde se colaba entre los olivos, pintando de oro los surcos polvorientos del camino. Abías, con su túnica raída y los hombros cargados de leña seca, caminaba despacio. No por la carga, que era liviana, sino por el peso de sus pensamientos. En su casa, su hijo menor, Efraín, yacía enfermo de fiebre, y el recuerdo de las palabras duras intercambiadas aquella mañana le quemaba el pecho como un tizón. «Mejor es un bocado seco con paz que una casa llena de banquetes con discordia», murmuró para sí, recordando las enseñanzas de su abuelo. La sabiduría, a veces, tenía el sabor amargo de la verdad.
Mientras tanto, en el pequeño patio de su hogar, su esposa, Sará, movía una olla de barro sobre el fuego bajo. El aroma de las lentejas se mezclaba con el del tomillo silvestre. Junto a ella, en un jergón, Efraín dormitaba inquieto. La paz del hogar, ese tesoro que Abías anhelaba, se había quebrado como un cántaro vacío. No por la escasez, sino por la soberbia de su hijo mayor, Manasés, quien, lleno de ambición y desprecio, había deshonrado a su padre con palabras cortantes como navajas. «El que cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo», pensó Sará con amargura. Ella había intentado mediar, cubrir la falta de su hijo con silencio, pero la herida ya estaba abierta y supuraba rencor.
Manasés, por su parte, se encontraba en la plaza del pueblo, donde los ancianos se reunían a la sombra de una higuera centenaria. Se jactaba de sus planes para aumentar sus rebaños, hablando con arrogancia a quien quisiera escuchar. Un viejo, de nombre Eleazar, lo observaba con tristeza. «El entendido pone sabiduría en su corazón; mas los labios del necio echan fuera la insensatez», susurró el anciano para su barba blanca. Vio en Manasés el reflejo de su propia juventud, perdida en la vanagloria. Un necio, aunque con los labios untados de miel, siempre acaba mostrando el veneno de su corazón. «Como el que sujeta las orejas a un perro, es el que pasa y se enoja por pleito que no le pertenece», añadió en voz baja, recordando cómo Manasés se entrometía en disputas ajenas, buscando fama y encontrando sólo desconfianza.
De regreso a casa, Abías se encontró con el herrero del pueblo, un hombre honrado y callado. Sin mediar palabra, el herrero le entregó una pequeña bolsa de tela. «Es un poco de cebada para el niño», dijo con sencillez. Abías sintió que un nudo se le deshacía en la garganta. «El que tiene misericordia del pobre, a Jehová presta», musitó agradecido. No eran las monedas de plata de los ricos mercaderes, sino el gesto callado del herrero lo que calmó por un instante la tormenta en su alma. Era la diferencia entre la limosna ruidosa y la caridad silenciosa, entre el corazón que da para ser visto y el que da porque no puede evitar compadecerse.
Al cruzar el umbral de su casa, el silencio lo recibió como un manto pesado. Sará le indicó con la mirada hacia el rincón donde Manasés, ahora callado y cabizbajo, observaba a su hermano menor. La fiebre de Efraín había empeorado. Sus mejillas estaban encendidas y sus labios secos. «La corona de los viejo son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres», recordó Abías con un dolor sordo. ¿Dónde estaba la honra? ¿Dónde la corona? Sentía que su vejez se teñía de deshonra y su casa se hundía en la vergüenza.
Fue entonces cuando Manasés, sin levantar la vista del suelo, rompió el silencio. «Padre…», comenzó, y su voz era apenas un hilo de sonido. «He actuado como un necio. Mis palabras fueron piedras arrojadas contra mi propia sangre». Abías lo miró, y en sus ojos ya no vio la arrogancia de la mañana, sino el destello frágil del arrepentimiento. «El que reconviene al hombre, hallará después mayor gracia que el que lisonjea con la lengua», pensó Abías. No eran halagos lo que su hijo necesitaba, sino la verdad, por dura que fuera.
Se acercó a él y puso una mano sobre su hombro. No dijo nada. No hacía falta. El perdón a veces no necesita palabras, sólo presencia. Juntos, se arrodillaron junto a Efraín. Sará trajo un paño mojado y lo colocó sobre la frente del niño. La discordia comenzaba a ceder, lentamente, como la marea. «El corazón alegre aprovecha como la buena medicina; mas el espíritu triste seca los huesos», murmuró Sará, esperando que la paz que renacía en la habitación fuera el mejor bálsamo para su hijo enfermo.
Esa noche, mientras la luna plateaba el patio, la familia compartió el sencillo potaje de lentejas. No hubo banquetes, ni carnes selectas, ni vinos aromáticos. Sólo un cuenco de barro, unas hierbas del campo y el pan ácimo de cada día. Pero alrededor de ese fuego modesto, por primera vez en mucho tiempo, reinaba la paz. Una paz fraguada en el reconocimiento del error y templada en el perdón silencioso. Abías miró a su esposa, a su hijo mayor con la cabeza ya en alto pero con humildad en la mirada, y al pequeño Efraín, que por fin dormía un sueño tranquilo.
Comprendió entonces, en la penumbra de su hogar, que la sabiduría no era un conjunto de reglas grabadas en piedra, sino un camino que se recorría con el corazón. Un camino donde un bocado seco, compartido en armonía, valía más que todos los festines del rey Salomón. Y que a veces, la mayor prueba de entendimiento no era hablar, sino saber cuándo callar, cuándo perdonar y cuándo simplemente quedarse, en silencio, compartiendo el peso de la leña y el alivio de la paz recobrada.




