Biblia Sagrada

El Escriba del Asombro

El pergamino estaba frío entre sus dedos, como si la piel de cabra curtida conservara aún el rocío de las noches del desierto. Ananías respiró hondo, sintiendo el olor a aceite de oliva e incienso que flotaba en el aire del scriptorium. Fuera, Jerusalén comenzaba a despertar, pero en esta celda de escribas solo se escuchaba el leve rasguño de su pluma sobre el papiro y el susurro de sus propias palabras al releer el texto que copiaba.

«Alabad el nombre de Jehová…»

Su mano se detuvo. No era la primera vez que copiaba este salmo, pero hoy las palabras le resonaban de manera distinta. Recordó a su abuelo, un hombre de rostro curtido por el sol y las tormentas de arena, contándole cómo su bisabuelo había visto caer las plagas sobre Egipto. No como relato legendario, sino como memoria viva que se transmitía de padres a hijos junto con el olor del pan recién horneado y el sabor de las aceitunas.

«Porque Jehová ha escogido a Jacob para sí, a Israel para su especial tesoro.»

Ananías miró por la pequeña ventana. En el patio, unos niños jugaban a esconderse entre los cipreses, sus risas mezclándose con el canto de los levitas que llegaba desde el Templo. ¿Cómo explicarles que eran tesoro especial? No por mérito propio, sino por ese amor obstinado del Dios que había llamado a Abraham bajo las estrellas contables como arena.

Su pluma volvió a moverse, pero ya no copiaba mecánicamente. Escribía como si estuviera dictando una carta a sus propios hijos, a los hijos de sus hijos.

«Yo conozco que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses.»

Aquí hizo una pausa más larga. Recordó su viaje a Damasco años atrás, donde había visto templos paganos con dioses de plata y oro, ídolos con ojos vacíos que necesitaban ser cargados en hombros porque no podían caminar. Y contrastó con el Dios que había partido el Mar Rojo como quien divide un pan todavía caliente, cuyas huellas estaban impresas en el lecho seco donde antes había habido un camino de aguas imposibles.

«Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.»

Su caligrafía se volvió más firme, como si cada trazo quisiera contener la inmensidad de esa verdad. Pensó en las lluvias de primavera que regresaban fieles cada año, en las semillas que germinaban en la oscuridad de la tierra, en las constelaciones que giraban con precisión matemática sobre su cabeza cada noche. Todo obedecía a una voz que no necesitaba gritar para ser obedecida.

«Él es quien hace subir las nubes desde los extremos de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca el viento de sus depósitos.»

Ananías dejó la pluma y se acercó a la ventana. Una brisa repentina agitó las hojas de los olivos, trayendo el aroma de la tierra húmeda. Pronto llegaría la lluvia temprana, la que ablandaba la tierra para la siembra. Cada gota era una letra en el gran libro de la creación, cada trueno un acento en la prosa divina.

Volvió al pergamino con nuevos bríos. Ahora venían los versos sobre Egipto, sobre las plagas que no eran meros castigos sino desgarros en el velo de la realidad, demostraciones de que el mundo respondía a una autoridad superior a la de cualquier faraón.

«Él hirió a los primogénitos de Egipto, desde el hombre hasta la bestia.»

Su mano tembló ligeramente al escribir estas palabras. No era alegría por la muerte ajena, sino sobrecogimiento ante el Dios que no hacía distinciones entre palacios y chozas cuando llegaba el momento del juicio. Recordó cómo su tío abuelo, niño entonces, había descrito el lamento que cruzó el Nilo esa noche, un sonido que según decía, nunca abandonaba completamente los oídos de quien lo había escuchado.

«Envió señales y prodigios en medio de ti, oh Egipto, contra Faraón y contra todos sus siervos.»

Aquí Ananías permitió que una lágrima cayera sobre el pergamino, manchando ligeramente la tinta. No de tristeza, sino de asombro reverente. Cada generación era un eslabón en la cadena del recuerdo, cada familia un archivo vivo de las maravillas de Dios.

Siguió copiando, llegando a la conquista de la tierra prometida, a esos reyes cananeos cuyos nombres ya nadie recordaba fuera de estos textos, pero cuyo destino servía de advertencia eterna.

«Y derrotó a naciones numerosas, y mató a reyes poderosos: a Sehón rey de los amorreos, a Og rey de Basán, y a todos los reinos de Canaán.»

Nombres que resonaban como ecos de batallas libradas hacía siglos, pero cuyas enseñanzas seguían vivas. Reyes que se creían dueños del mundo reducidos a notas al pie en el gran relato del Dios verdadero.

Finalmente, llegó a la parte sobre los ídolos. Ananías sonrió con una mezcla de ironía y compasión.

«Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas.»

¡Cuánta verdad encerraban estas palabras! Los dioses que los hombres creaban a su imagen y semejanza siempre terminaban siendo sordos, ciegos y mudos, proyecciones de las propias limitaciones humanas. Mientras el Dios que había creado al hombre a Su imagen seguía hablando, viendo y oyendo, presente en el susurro y en el trueno.

«Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían.»

Ananías dejó la pluma. El sol de la mañana entraba ahora por la ventana, iluminando el pergamino casi terminado. Fuera, la ciudad seguía su ritmo cotidiano: comerciantes pregonando sus mercancías, mujeres moliendo grano, sacerdotes subiendo al Templo. Pero él había pasado estas horas en otro tiempo, en una eternidad que se colaba entre los intersticios del tiempo humano.

Tomó la pluma por última vez para escribir la conclusión, sintiendo que no era él quien escribía, sino que su mano era guiada por el peso glorioso de la tradición.

«Bendito seas, oh Jehová… Bendito de Jehová el que mora en Jerusalén.»

Al firmar el documento, no puso solo su nombre. Añadió las palabras: «Para mis hijos y los hijos de mis hijos, para que recuerden». Porque sabía que este salmo no era solo un texto sagrado, sino una carta de amor de un Dios que seguía actuando en la historia, tan presente en el jugar de esos niños en el patio como lo había estado en las plagas de Egipto o en la caída de Jericó.

Dobló el pergamino con cuidado, sabiendo que había trascendido la tarea de copista para convertirse, una vez más, en testigo. Y en el aire quedó flotando, como un aroma persistente, la certeza de que cada generación debía redescubrir estas verdades, no como herencia muerta, sino como fuego recién encendido.

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