El sol de la tarde se colaba entre los troncos de los olivos, dibujando franjas doradas y alargadas sobre la tierra agrietada. Elías se apoyó con dificultad en su bastón de madera nudosa, sintiendo el peso de sus ochenta y tantos años en cada uno de sus huesos. Respiró hondo, y el aire caliente le trajo el olor del polvo, de la hierba seca, y de algo más, algo que le recordaba a la lluvia lejana.
No era un hombre dado a las palabras grandilocuentes. Había pasado la mayor parte de su vida cuidando de un pequeño rebaño de ovejas en las colinas de Judá, conociendo cada grieta del terreno y cada cambio en el viento. Pero hoy, sentado en la piedra que había sido su asiento durante décadas, una corriente de recuerdos y sentimientos le inundó con una fuerza que le dejó sin aliento.
“Bendice, alma mía, al Señor,” murmuró, y la voz le salió ronca, cargada de emoción. No era una oración recitada, sino brotada de lo más hondo, como el agua de un manantial oculto que de pronto encuentra una grieta por la que fluir. “Y bendiga todo mi ser su santo nombre.”
Cerró los ojos y dejó que las imágenes del pasado acudieran a él. No eran recuerdos ordenados, sino flashes vívidos, impregnados de la textura áspera de la vida. Vio a su hijo pequeño, Yahel, corriendo entre las ovejas con sus piernas torpes, cayéndose y levantándose con una risa que era como un cascabel. Recordó la vez que una fiebre maligna se lo había llevado, y cómo él y su esposa, Mara, habían velado el pequeño cuerpo durante tres días y tres noches, sumidos en un silencio roto solo por sollozos. El dolor había sido un pozo seco y profundo. Pero con el tiempo, una paz extraña, una aceptación que no borraba el dolor pero le quitaba su aguijón de desesperación, había ido llenando ese pozo. No entendía cómo, solo sabía que era así. “Él es quien perdona todas tus iniquidades,” pensó, “el que sana todas tus dolencias.”
Su mente viajó más atrás, a sus años de juventud, cuando la fuerza le sobraba y la necedad también. Había tomado decisiones precipitadas, había herido con palabras duras, había seguido caminos que solo llevaban a la soledad. Se vio a sí mismo, joven y terco, discutiendo con su propio padre sobre un pedazo de tierra, alejándose de su casa con el corazón lleno de rencor. Años después, arrodillado junto al lecho de muerte de su progenitor, las palabras de perdón habían fluido entre lágrimas, lavando una culpa que él creía indeleble. “El que rescata del hoyo de la destrucción tu vida,” susurró, acariciando la madera rugosa de su bastón. Él no se había rescatado a sí mismo. Algo, Alguien, había obrado en la oscuridad de su orgullo para traerle de vuelta.
Una brisa leve se levantó, moviendo las hojas plateadas de los olivos con un susurro que le pareció una canción antigua. Alzó la vista al cielo, que empezaba a teñirse de púrpura y naranja. Allí, muy alto, un águila planeaba, majestuosa, con las alas desplegadas, aprovechando las corrientes invisibles. “El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.” No se sentía rejuvenecido en su cuerpo; sus rodillas crujían y la vista se le nublaba. Pero había una renovación más profunda, en un lugar que no podía señalar con el dedo. Era la capacidad de ver la puesta de sol y sentir aún asombro. Era la gratitud por el pan de cada día, por el cariño de sus nietos, por el simple milagro de despertar cada mañana.
Abrió las manos, callosas y marcadas por los años, sobre sus rodillas. “Ejecuta el Señor justicia y derecho a todos los que padecen violencia.” No era un rey, ni un juez. Era solo un pastor viejo. Pero en su vida limitada, había visto la justicia de Dios. No siempre era rápida o evidente como un relámpago. A veces era lenta, como la erosión del agua sobre la piedra. Había visto a opresores caer en la miseria de su propia avaricia, y a los humildes ser sostenidos en su necesidad por una fuerza que no era la suya. Era una justicia que tejía sus hilos a través de los años, a menudo en secreto, hasta que un día mirabas atrás y veías el tapiz completo.
Recordó las leyes, los mandamientos que habían guiado a su pueblo. En su juventud, a veces los había sentido como una carga, una serie de prohibiciones. Ahora, al final del camino, los veía como los bordes protectores de un sendero que evitaba que uno cayera por el precipicio. “Sus preceptos los ha dado a conocer a Jacob, sus decretos y sus juicios a Israel.” Esos caminos, aunque a veces escarpados, lo habían llevado a aguas tranquilas.
Y entonces su pensamiento se expandió, más allá de su collado, más allá de Jerusalén, más allá de los confines de lo conocido. “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” La inmensidad de esa idea le sobrecogió. El este y el oeste nunca se encuentran. Era una distancia infinita. Así de completa era la separación entre sus errores y él, una vez que había sido alcanzado por esa misericordia. No era que se hubieran olvidado, sino que habían sido llevados a un lugar del que no había retorno.
“Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen.” Elías miró hacia la pequeña casa de piedra al pie de la colina, donde su hija y sus nietos prepararían la cena. Recordó la ternura abrumadora que sintió la primera vez que sostuvo a su hija en brazos, un ser tan frágil y totalmente dependiente de él. Si él, siendo imperfecto y lleno de fallos, sentía ese amor feroz y protector, ¿cómo sería el amor de Aquel que había tejido ese mismo sentimiento en el corazón humano?
“Porque él conoce nuestra condición, sabe que somos polvo.” La frase resonó en él con una verdad humilde y liberadora. No se esperaba de él que fuera un ángel o un gigante. Se le permitía ser frágil, limitado, efímero como la hierba del campo que hoy florece y mañana es echada al fuego. Su vida no era menos valiosa por ser transitoria; al contrario, cada momento de bien, cada acto de amor, cada susurro de gratitud, brillaba con más intensidad contra el telón de fondo de su brevedad.
El sol había desaparecido ya, y las primeras estrellas titilaban en el cielo crepuscular. Un hombre más joven podría haber recitado el salmo con voz firme, como un credo. Elías, en cambio, lo vivía en silencio. Su vida, con sus gozos y sus heridas, sus arrepentimientos y sus momentos de gracia, era el comentario vivo de aquellas palabras.
Se levantó lentamente, haciendo fuerza con el bastón. Desde su colina, podía ver las luces de las casas encendiéndose una a una en la aldea, pequeñas puntadas de luz en el manto de la noche. Y más arriba, la inmensidad del firmamento, donde incontables astros giraban en órbitas establecidas desde el principio de los tiempos. “Bendecid al Señor, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza.” No veía ángeles, pero sentía el eco de una alabanza cósmica, un ritmo de bondad y orden que sostenía el universo, desde la galaxia más lejana hasta el latido cansado de su propio corazón.
“Bendiga todo mi ser su santo nombre,” repitió, esta vez en un susurro que se perdió en la brisa nocturna. Y comenzó a bajar lentamente por el sendero, hacia la luz de su hogar, con la paz de saber que su alma, su pequeño y polvoriento ser, tenía un lugar en aquel canto eterno.




