El sol de mediodía caía a plomo sobre el desierto de Judá, convirtiendo cada piedra en un rescoldo y el aire en un espejismo tembloroso. David, con la túnica pegada al cuerpo por el sudor, sentía la sequedad no solo en la garganta, sino en el alma. Había huido una vez más, esta vez de su propio hijo, y ahora el silencio de Dios pesaba más que el calor.
Caminó hasta una pequeña gruta que olía a polvo y sombra. Allí, en la penumbra, se dejó caer contra la pared áspera. Durante días había guardado silencio, incluso ante los suyos, por miedo a que en su amargura su lengua traicionara su fe. Pero el fuego interno crecía, como un carbón que no se apaga sino que se vuelve más incandescente en su corazón.
«Haré guardar mis caminos para no pecar con mi lengua», murmuró para sí, con la voz ronca por el desierto. «Pondré freno a mi boca». Pero era inútil. El dolor, como un vino agrio, fermentaba en su interior y necesitaba una salida. Al final, como un dique que cede, las palabras brotaron en un susurro áspero dirigido al cielo vacío:
«Dame a conocer, Señor, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días. Déjame saber cuán frágil soy».
Y entonces, en la quietud sofocante de la cueva, le sobrevino una visión tan clara como desgarradora. Vio su vida no como un rey poderoso, sino como un soplo. Un suspiro. Nada. Sus bienes, sus batallas, sus palacios, sus hazañas… todo era como arena que se escapa entre los dedos. Y los hombres en su orgullo, acumulando riquezas sin saber para quién serán al final. Eran sombras que se afanan, que se inquietan sin porqué, amontonando vanidades sobre vanidades.
Una mosca zumbó cerca de su oído, persistente, y él no tuvo fuerzas ni para ahuyentarla. Ese zumbido mezquino era el sonido de su propia existencia. Un suspiro. Nada.
«Escucha, oh Señor, mi oración», continuó, y esta vez su voz quebró. Ya no era el tono de un rey, sino el de un niño perdido. «No me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira». Porque él sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que sus faltas no eran pequeñas. Cada una era una mancha contra el Dios santo. Y era ese Dios, el mismo que ahora parecía distante, su única esperanza.
«Consumo mis años como un suspiro», musitó, observando un rayo de luz que se filtraba en la gruta e iluminaba motas de polvo danzantes. Eso era él. Una mota de polvo en un rayo de sol, breve y sin sustancia. «Y el hombre, aunque en paz camine, es solo una sombra. Se inquieta sin porqué, amontona riquezas sin saber quién las recogerá».
Una profunda amargura le inundó. No era la amargura de haber perdido un trono o de estar huyendo, sino la de comprender la insondable futilidad de todo esfuerzo humano sin Dios. ¿De qué servía su reinado? ¿De qué servía cualquier cosa bajo el sol?
Y entonces, en el clímax de su desesperación, surgió el grito final, la plegaria desnuda y urgente que nace cuando ya no queda ningún orgullo que defender:
«Ahora, Señor, ¿qué he de esperar? ¡Mi esperanza está en ti! Líbrame de todas mis transgresiones. No me pongas por escarnio del insensato. Enmudezco, no abro mi boca, porque tú lo hiciste. ¡Quita de mí tu plaga! Estoy consumido por el golpe de tu mano».
David calló. El eco de sus palabras se perdió en la piedra. Afuera, el viento caliente del desierto seguía soplando, indiferente. Él no había recibido una respuesta audible, ni un rayo de luz divina. Pero algo había cambiado dentro de él. El veneno del silencio y la queja había sido extraído. Ya no forcejeaba contra su propia fragilidad. La había aceptado. Y en esa aceptación, en ese «mi esperanza está en ti» pronunciado desde el fondo del abismo, encontró una paz extraña, una quietud que no era resignación, sino una rendición llena de fe.
Permaneció allí un largo rato, hasta que el sol comenzó a inclinarse. Luego se levantó, se sacudió el polvo de la túnica y salió de la cueva. Su rostro estaba sereno. Seguiría huyendo, seguiría luchando, pero ya no lo haría como una sombra que se afana, sino como un hombre que, sabiéndose un suspiro, había encontrado en quien depositar ese suspiro. El camino era aún incierto, pero ya no caminaba solo. Su esperanza, frágil y humana, pero esperanza al fin, ahora descansaba en una roca más firme que todas las montañas de Judá.



