El alba llegaba sin consuelo, rozando apenas los montículos de ceniza donde yo, Job, había quedado reducido. Mis días se habían vuelto una sola respiración fatigosa, un jadeo entre el polvo. No era ya un hombre, sino un testimonio andrajoso del dolor. Mis amigos, aquellos que vinieron con palabras pulidas como piedras de río, ahora callaban a mi alrededor, pero su silencio era más amargo que sus discursos. Se sentaban a distancia, como si mi aflicción pudiera mancharles las vestiduras.
Mis ojos, hinchados y enrojecidos, apenas distinguían ya la luz del crepúsculo. A veces creía ver sombras moverse junto a mí, espíritus de mis esperanzas deshechas. «Mis días se han extinguido —murmuraba para mis adentros—, se han quebrado mis ilusiones, mis más íntimos anhelos.» El corazón me latía con un ritmo quejumbroso, como un pájaro herido en el pecho.
Aquellos que antes me llamaban bienaventurado, ahora escupían mi nombre. Mis hijos… ah, el recuerdo de ellos era como un cuchillo que giraba en mis entrañas. Mi esposa, consumida por el mismo dolor, me miraba con ojos vacíos, como si yo fuera el causante de toda esta ruina. Y en verdad, a veces yo mismo lo creía. ¿No había sido yo recto? ¿No había andado en integridad? Y sin embargo, aquí yacía, deshecho, convertido en escarnio para los jóvenes que pasaban y señalaban con dedos burlones.
Por las noches, cuando el frío de la tierra trepaba por mis huesos, mis párpados se negaban a cerrar. El sueño había huido de mí como un ladrón. Entonces hablaba con la oscuridad, no como quien espera respuesta, sino como el que arroja palabras a un pozo sin fondo. «Tú les cegarás los ojos, oh Dios, los humillarás.» No era una maldición, sino un lamento, el gemido de quien ve cómo se pervierte la justicia humana, cómo se trueca la lealtad en burla.
Mis amigos insistían en su cantilena: algún pecado oculto, alguna falta grave debía haber cometido. Ellos, con su sabiduría de arena, querían explicar lo inexplicable. Yo les miraba y veía en sus rostros no compasión, sino el temor del que contempla un abismo y retrocede espantado. No querían verme a mí, sino a su propio miedo reflejado en mis llagas.
A veces, en un rapto de lucidez amarga, les decía: «¿Acaso no es Dios quien me ha entregado en manos de impíos, quien me ha arrojado a los malvados?» Pero ellos bajaban la mirada, incómodos, murmurando plegarias por mi alma extraviada. Y yo, solo otra vez, me revolvía en mi lecho de dolor, sintiendo cómo mi carne se consumía, cómo mi aliento se hacía cada vez más tenue.
La esperanza… qué palabra tan lejana. La tenía colgada en algún rincón de mi memoria, como un vestido de fiesta que ya no podía ponerme. «Mi esperanza ha arrancado Dios como un árbol,» susurraba al viento. Y sin embargo, algo se negaba a morir del todo. Una brasa minúscula seguía ardiendo en lo más hondo, una certeza absurda de que, al final, aunque mi carne fuera devorada por gusanos, yo vería a Dios. No como juez, sino como redentor. No como verdugo, sino como testigo de mi inocencia.
Esa fe, pequeña y desnuda, era lo único que me quedaba. No la fe en mi justicia, sino la fe en Aquel que, aunque me estuviera despedazando, seguía siendo mi único refugio. Mis amigos no lo entendían. Para ellos, Dios era una ecuación: obediencia igual a bendición, pecado igual a castigo. Pero yo había trascendido esas fronteras. Me hallaba en un territorio desolado, donde solo Él y yo nos enfrentábamos, donde cada llaga era una pregunta y cada noche sin respuesta un acto de entrega.
Así pasaban los días, monótonos en su tormento. A veces, cuando la fiebre me nublaba la razón, creía oír voces que me llamaban desde lejos, tal vez los espíritus de mis hijos, tal vez los ángeles que registraban mi dolor. Entonces extendía mis manos, cubiertas de costras y úlceras, hacia el cielo vacío. «¿Dónde está ahora mi esperanza?» preguntaba a las nubes que pasaban indiferentes. Y en el silencio que seguía, solo escuchaba el latir cansado de mi propio corazón, contando los segundos que me separaban de la tumba.
Pero incluso allí, en el fondo del abismo, algo se mantenía en pie. No mi honor, no mi riqueza, no mi salud. Solo eso: la convicción de que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo. Aferrado a esa promesa sin forma, seguía respirando. Un aliento más. Y otro. Hasta que llegara el día, si es que llegaba, en que el misterio se hiciera claro, y el dolor encontrara, por fin, su sentido.



