Biblia Sagrada

La Humillación de los Emisarios

El sol comenzaba a inclinarse sobre las murallas de Rabá cuando los emisarios de David llegaron polvorientos a las puertas de la ciudad. Los hombres, enviados desde Jerusalén con palabras de consuelo para el rey Hanún por la muerte de su padre, se ajustaron los mantos mientras los guardias amonitas los observaban con recelo.

En los aposentos del palacio, Hanún se pasaba los dedos por la barba recién perfumada. Sus consejeros susurraban como serpientes entre las columnas de mármol. «¿Consuelo?» masculló uno de ellos, acercándose al trono. «Mi señor, bien sabes que David no envía hombres para honrar a tu padre, sino para espiar la ciudad, para sondear nuestras defensas y preparar nuestra ruina.»

La duda se instaló en los ojos del joven rey como una mancha de aceite. Ordenó que se apresara a los emisarios, y en el patio principal, ante la mirada curiosa de la corte, les raparon la barba hasta dejar la piel al descubierto, cortaron sus vestiduras hasta la cintura dejándolos medio desnudos, y los expulsaron de la ciudad entre risas y burlas.

Los hombres de David emprendieron el camino de regreso cabizbajos, avergonzados, cubriéndose el rostro con lo que quedaba de sus mantos. Al cruzar el Jordán, se detuvieron en Jericó hasta que la barba les creció lo suficiente para no ser reconocidos. Cuando por fin llegaron a Jerusalén, David palideció al verlos. No dijo nada durante largo rato, solo observó las marcas de la humillación en sus rostros.

Mientras tanto, en Rabá, Hanún comenzaba a comprender la magnitud de su error. Contrató mercenarios arameos de Mesopotamia, de Aram-maaca y de Soba. Treinta y dos mil carros se alinearon en los valles alrededor de la ciudad, junto a la infantería que parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista. El rey de Maaca acampó con sus hombres en las afueras de Medeba, y desde las colinas se veían las hogueras enemigas como estrellas caídas en la tierra.

Al otro lado del río, Joab, general de David, observaba el campamento enemigo con ojos de halcón. Reconoció la estrategia: los arameos estaban en campo abierto, mientras que los amonitas se preparaban detrás de las murallas. Dividió sus fuerzas, eligiendo a los mejores soldados para enfrentar a los arameos, y dejando al mando de la retaguardia a su hermano Abisai, quien se encargaría de contener a los amonitas si salían de la ciudad.

«Si los arameos son demasiado fuertes para mí, tú vendrás en mi ayuda», dijo Joab a su hermano al amanecer, con el rocío aún brillando en su armadura. «Y si los amonitas te superan, yo acudiré a ti. Que el Señor haga lo que bien le parezca.»

La batalla comenzó con el sonido metálico de las espadas chocando contra los escudos. Joab cargó contra los arameos con la furia de un torrente invernal, y estos, ante el ímpetu inesperado, comenzaron a retroceder. Al ver la derrota de sus aliados, los amonitas perdieron el valor y se replegaron tras las murallas sin siquiera enfrentar a las tropas de Abisai.

Pero la guerra no había terminado. Hadad-ezer, rey de Soba, envió refuerzos desde más allá del Éufrates bajo el mando de Sobac, su general. David, al conocer esto, reunió a todo Israel, cruzó el Jordán y se enfrentó personalmente a los arameos en Helam.

La batalla fue feroz. Los carros arameos se enredaron en el terreno quebrado, y la caballería israelita cortó sus líneas como una hoz corta la hierba. David mismo lideró el ataque, su espada brillando como un relámpago en la tarde tormentosa. Sobac cayó aquel día, y con él, la esperanza de los arameos.

Los sobrevivientes huyeron hacia el norte, y los reyes vasallos que habían servido a Hadad-ezer hicieron paces con Israel, prometiendo no apoyar más a los amonitas. Así terminó la guerra, no con un tratado, sino con el silencio de los cuervos sobre los campos vacíos, con el gemido del viento entre los escudos abandonados, con la memoria de la humillación transformada en lección para los reinos que rodeaban a Israel: la misericordia de David podía ser tan grande como su ira, y su ira, como demostró Hanún, podía cambiar el destino de naciones enteras.

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