Biblia Sagrada

El Último Suspiro del Rey

El sol de la tarde se filtraba entre las cortigas del palacio, polvo de oro suspendido en el aire quieto. David, el viejo rey, temblaba bajo el peso de las mantas a pesar del calor. Su cuerpo, otrora fornido, ahora era un mapa de venas azules y piel translúcida. El olor a incienso y hierbas medicinales no lograba ocultar el aroma a tierra húmeda que parecía seguirlo desde hacía lunas.

—Llámennme a Salomón —susurró, y la voz le salió ronca como piedras arrastradas por el torrente.

Cuando el joven príncipe llegó, la estampa era tan solemne que hasta los guardias contenían el aliento. David alzó una mano temblorosa y Salomón se arrodilló, sintiendo en su nuca el tacto de aquellos dedos que habían tañido el arpa para calmar a un rey anterior.

—Yo sigo el camino de toda la tierra —comenzó David, con pausas que sabían a despedida—. Tú, sé fuerte y muestra que eres hombre. Guarda los preceptos del Señor tu Dios, andando en sus caminos.

Salomón asintió, pero su padre no terminaba ahí. Había asuntos pendientes que pesaban más que la corona.

—No dejes que sus canas desciendan en paz al Seol.

El nombre de Joab cayó como una losa. El viejo general, sanguinario y leal a su manera, que había manchado la paz del reino con sangres inocentes. Luego vino la mención de los hijos de Barzilai, aquellos que dieron pan al rey cuando huía de Absalón. Y por último, Simei, el que maldijo al ungido con piedras y palabras afiladas.

David exhaló un suspiro que sonó a liberación y a condena al mismo tiempo. Sus ojos se cerraron, no para dormir, sino para iniciar el viaje sin retorno.

***

La noticia de la muerte del rey se expandió como aceite sobre lienzo. En la terraza de su casa, Adonías, el otro hijo de David, sintió el sabor amargo de la oportunidad perdida. El recuerdo de su fallida proclamación como rey aún le quemaba las entrañas. Buscó a Betsabé, la madre de Salomón, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Tú sabes que el reino era mío —dijo, mientras jugueteaba con un higo maduro—. Pero ahora es de mi hermano, por voluntad del Señor. Solo te pido un favor: habla con Salomón para que me dé por mujer a Abisag, la sunamita.

Betsabé envejeció diez años en un instante. Aquella petición inocente era en realidad un desafío velado. Quien se casaba con las concubinas del rey difunto reclamaba simbólicamente el trono. Pero accedió, llevando el peso de la petición como quien carga un cántaro con agua envenenada.

Salomón la recibió en el trono, aún sin acostumbrarse al peso del oro sobre sus sienes. Cuando Betsabé transmitió el mensaje, el rostro del joven rey se nubló como el cielo antes de la tormenta.

—¿Por qué pides tú a Abisag para Adonías? —preguntó, y su voz tenía un filo nuevo—. Pides también el reino para él, pues es mi hermano mayor y tiene consigo a Abiatar el sacerdote y a Joab.

La sentencia cayó rápida y seca. Adonías moriría aquel mismo día. La espada de Benayas, el jefe de los guardias, cumplió la orden mientras el pretendiente al trono aún saboreaba la ambición en sus labios.

***

Joab, al enterarse, corrió hacia el Tabernáculo y se aferró a los cuernos del altar. Allí se acurrucó, oliendo a miedo sudado y incienso. Benayas llegó con paso firme, acompañado del rumor de cotas de malla.

—Sal de allí —ordenó.

—No —gritó Joab, apretando los cuernos del altar hasta blanquear sus nudillos—, aquí moriré.

Benayas no dudó. Las palabras de Salomón resonaban en sus oídos: «Quita a Joab de sobre mí y de sobre la casa de mi padre». La espada se hundió en el cuerpo del general, y la sangre del hombre que había ganado batallas para David manó sobre el suelo sagrado, profanando el refugio que había buscado.

Salomón, al conocerlo, asintió gravemente. —Su sangre sea sobre su propia cabeza —murmuró—, pero sobre David y su descendencia habrá paz perpetua.

***

Quedaba un cabo suelto: Simei, el benjaminita que una vez escupió odio al rey David. Salomón lo hizo llamar y le trazó un círculo invisible alrededor de Jerusalén.

—Edifícate una casa en Jerusalén y mora allí —le dijo el rey—, pero no salgas de aquí para allá. El día que salieres y pasares el torrente de Cedrón, ten por cierto que morirás. Tu sangre será sobre tu cabeza.

Simei aceptó con la cabeza gacha, pero la libertad es un vino que se agria en la boca cuando se prueba tras años de sequía. Tres años después, dos de sus siervos huyeron a Gat. Simei, cegado por la urgencia, ensilló su asno y cruzó el torrente prohibido.

Benayas lo esperaba a su regreso, con la misma espada que había segado a Joab. No hubo juicio, solo el cumplimiento de una palabra real. La casa de Simei quedó en silencio, como esperando a un amo que jamás volvería.

***

Al caer la noche, Salomón subió a la azotea del palacio. El reino estaba por fin quieto, los enemigos internos yacían en el polvo. Respiró hondo, oliendo a granadas maduras y a incienso de los sacrificios vespertinos. No era solo un trono consolidado, era el cumplimiento de una promesa antigua. El Dios de su padre había puesto bajo sus pies un reino en paz. Y en esa paz, terrible y sagrada, comenzaba el verdadero reinado.

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