Biblia Sagrada

El Robo de los Ídolos Danitas

El sol comenzaba a declinar sobre las colinas de Judá cuando seis hombres, con las túnicas polvorientas y los pies cubiertos de la tierra de caminos largos, se detuvieron en la encrucijada. Eran de la tribu de Dan, acampados en las tierras pobres y estrechas que les habían tocado en suerte, y ahora buscaban un lugar más espacioso donde habitar. Uno de ellos, un hombre de mirada aguda y manos callosas llamado Najás, señaló hacia el norte. «Allá, hacia las montañas de Efraín. Dicen que hay tierras fértiles y ciudades sin dueño.»

Caminaron hasta que la oscuridad los envolvió, y al divisar una luz titilante en la ladera de una colina, se acercaron. Era la casa de un hombre llamado Miqueas, un hombre de cierta posición pero de corazón inestable. Años atrás, Miqueas había robado una considerable suma de plata a su propia madre. Arrepentido, o quizás solo asustado por las maldiciones que ella profirió, la devolvió. Su madre, en un arrebato de fervor mezclado con alivio, dedicó parte de ese dinero a fundir una imagen tallada y una de metal fundido, que ahora adornaban un pequeño santuario en su casa. Miqueas, para darle mayor solemnidad a su culto doméstico, había conseguido que un joven levita, que andaba errante de Belén de Judá buscando un lugar donde quedarse, se convirtiera en su sacerdote personal. Por la comida, el vestido y unas monedas, el joven aceptó.

Los danitas, con la cortesía ruda de los viajeros, llamaron a la puerta. El levita, un muchacho de rostro aniñado y modales cuidadosos llamado Jonatán, hijo de Gersón, les abrió. Najás, el más elocuente del grupo, preguntó: «¿Quién te ha traído a este lugar? ¿Qué haces aquí y qué tienes en esta casa?»

El joven levita, halagado por la atención de estos hombres recios, les contó su historia. Cómo Miqueas lo había tratado bien, cómo le había nombrado sacerdote, y cómo él consultaba a Dios por medio del efod y los ídolos domésticos. Los ojos de los danitas brillaron con un interés repentino. Aquello era un signo, una confirmación de que su viaje contaba con favor divino.

«Consulta, pues, a Dios por nosotros», le pidió Najás, con una voz que era más una orden que una súplica. «Queremos saber si el viaje que emprendemos tendrá éxito.»

El joven levita, vestido con el efod, se encerró en el santuario. El sonido de las cadenillas del pectoral y el susurro de sus oraciones llenaron la estancia. Al salir, su rostro estaba sereno. «Vayan en paz», anunció con una voz que trataba de imitar la autoridad que no sentía. «Delante del Señor está el camino que recorren.»

Fue todo lo que los danitas necesitaron oír. Agradecidos, pero con una gratitud práctica y despiadada, partieron al amanecer. Subieron a las montañas de Efraín y llegaron a la ciudad de Lais. La vieron desde una colina, sus habitantes confiados, viviendo lejos de los sidonios y sin relación con ningún otro pueblo. La ciudad era rica, tranquila, y estaba indefensa. Era el botín perfecto.

Regresaron a su campamento en Judá, donde sus hermanos, impacientes y agobiados por la escasez, les esperaban. «¡Levántense!», les dijeron Najás y sus compañeros, con los ojos encendidos por la codicia y la certeza. «Hemos explorado la tierra y es muy buena. ¿Por qué se quedan quietos? No titubeen en ir a poseerla. Es una tierra espaciosa, y el Señor la ha puesto en sus manos. Es un lugar donde no falta nada de lo que hay en la tierra.»

Seiscientos hombres de Dan, con sus familias, sus rebaños y todas sus posesiones, se pusieron en marcha. Era una caravana lenta y bulliciosa, un pueblo en movimiento. Al llegar de nuevo a las cercanías de la casa de Miqueas, los cinco exploradores que ya conocían el lugar dijeron a sus compañeros: «¿Saben que en estas casas hay un efod, ídolos domésticos, una imagen tallada y una de metal fundido? Piensen ahora lo que han de hacer.»

Una luz fría y calculadora iluminó los rostros de los hombres. La promesa de prosperidad material se mezcló con una justificación religiosa torcida. Si iban a fundar una nueva tribu, necesitaban un sacerdote y un símbolo tangible de la presencia divina. Se desviaron de su camino y se apostaron frente a la casa de Miqueas.

Los cinco hombres entraron con decisión y se llevaron la imagen tallada, el efod, los ídolos domésticos y la imagen de metal fundido. El joven levita, que estaba en el patio, los vio y un temor helado se apoderó de él. «¿Qué están haciendo?», preguntó, su voz un hilillo de sonido en la tensión del momento.

«Silencio», le dijo Najás, poniéndole una mano en el hombro, no con violencia, sino con una firmeza que no admitía réplica. «Ven con nosotros. Sé para nosotros un padre y un sacerdote. ¿Qué es mejor, ser sacerdote en la casa de un solo hombre, o ser sacerdote de una tribu y familia entera en Israel?»

El corazón del joven levita se llenó de orgullo y ambición. La oferta era irresistible. Asintió, recogió sus escasas pertenencias y se unió a la multitud, llevando consigo los objetos sagrados que ahora cambiaban de dueño.

Miqueas, al darse cuenta del tumulto y del robo, reunió a sus vecinos y salió en persecución de los danitas. Los alcanzó cuando ya estaban lejos. «Me han robado los dioses que yo hice, y se han llevado a mi sacerdote», gritó, su voz quebrada por la rabia y la desesperación. «¿Y ahora qué me queda? ¿Cómo me preguntan: Qué te pasa?»

Los danitas, seiscientos hombres armados, se volvieron hacia él con rostros duros como pedernal. Najás habló por todos, y sus palabras no tenían rastro de culpa, solo la fría lógica del poder. «No levantes la voz contra nosotros, no sea que hombres de ánimo exacerbado se abalancen sobre ti, y pierdas tu vida y la vida de los tuyos.»

Miqueas los miró, vio la determinación en sus ojos y la desproporción de las fuerzas. El valor se desvaneció de su pecho, reemplazado por el amargo sabor de la derrota. Comprendió que era inútil. Dio media vuelta y regresó a su casa, ahora vacía no solo de sus ídolos, sino de cualquier ilusión de seguridad o favor divino.

Los danitas, en cambio, siguieron su camino, victoriosos. Llegaron a Lais y encontraron a su gente confiada y desprevenida, tal como les habían dicho. Pasaron a filo de espada a los habitantes, incendiaron la ciudad y no hubo quien les salvara, pues estaban lejos de Sidón y no tenían pacto con nadie. Sobre sus ruinas, edificaron una nueva ciudad y la llamaron Dan, por el nombre de su antepasado.

Allí, en la ciudad que habían conquistado con sangre y a la que habían dotado con dioses robados, erigieron la imagen tallada. Y Jonatán, hijo de Gersón, y después sus hijos, sirvieron como sacerdotes de la tribu de Dan, estableciendo un culto que no era el ordenado en Silo, sino una imitación bastardea, un recordatorio perpetuo de cómo la ambición y la conveniencia pueden vestirse con los ropajes de la fe. Y así permaneció, día tras día, año tras año, la casa de Dios en Silo en silencio, mientras en Dan, el sonido de un culto ilegítimo se alzaba hacia un cielo que, quizás, ya no los escuchaba.

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