El sol se colaba entre las grietas de la tienda cuando Aarón despertó con la boca pastosa y el recuerdo de la visión aún palpitándole en las venas. Afuera, el campamento de Israel empezaba a agitarse como un hormiguero al amanecer. Se frotó los ojos, sabiendo que sería otro día de preguntas. Siempre preguntas. Desde que el Tabernáculo se alzó en el centro del campamento, la gente venía con dudas que ni los años en Egipto les habían planteado.
Ese día fue Najshón, de la tribu de Judá, quien se acercó con un cordero muerto colgando del hombro. «Sacerdote», dijo con la voz ronca por el polvo del desierto, «mi hijo menor atrapó esto entre los matorrales. Tiene pezuñas, pero no rumia. Su carne es magra y tentadora… pero ¿podemos?»
Aarón suspiró. Extendió las manos sobre el animal, palpó sus patas delgadas, observó la forma de sus dientes. Recordó las palabras que Moisés había transmitido, aquellas que ahora grababan cada acto de su pueblo. «No es limpio», declaró al final, con una pesadez que le nacía de los huesos. «Solo podréis comer los que tienen pezuña hendida y rumian. Este no rumia.»
Najshón asintió, resignado, pero no se fue. Quedó mirando el animal con una mezcla de anhelo y frustración. «¿Y por qué, Aarón? ¿Por qué algunos animales nos están permitidos y otros no?»
La pregunta flotó en el aire caliente. No era la primera vez que la escuchaba, pero hoy sentía que debía responder con más que una regla. Tomó al hombre del braço y lo llevó hacia el perímetro del campamento, donde la arena se encontraba con las primeras rocas.
«Mira», dijo señalando hacia un grupo de cabras salvajes que trepaban por un risco distante. «Observa cómo comen. Toman las hierbas, las mastican, las dejan reposar en su estómago, luego las regurgitan para masticarlas de nuevo. Es un acto de paciencia, de reflexión. Como nosotros debemos meditar la Ley día y noche.»
Luego señaló las pezuñas de los animales. «Y ven cómo sus patas están divididas. Así debemos andar nosotros: separados, distintos, reconociendo que hay caminos que no debemos pisar.»
Mientras hablaba, una bandada de buitres pasó rozando el cielo. Najshón los siguió con la mirada. «¿Y esas aves? Las he visto alimentarse de carroña. Mi mujer dice que son impuras.»
«Así es», asintió Aarón. «Las águilas, los buitres, los cuervos… todo ave de rapiña. No han de comerlas. En cambio, la codorniz que cayó del cielo para alimentarnos, o la paloma que Noé liberó del arca, esas son limpias.»
El hombre pareció reflexionar. «¿Y en las aguas? Los peces del Nilo siempre nos sustentaron.»
«En las aguas», continuó Aarón, sintiendo cómo el sol calentaba su túnica, «solo lo que tiene aletas y escamas. Lo demás es abominación. ¿Recuerdas las anguilas que comíamos a escondidas en Egipto? O los mariscos que los mercaderes fenicios traían? Ahora debemos abstenernos.»
Caminaron un trecho en silencio, hasta que Najshón señaló unos insectos que saltaban entre los arbustos. «Y esos saltamontes… de niño los tostábamos en las brasas.»
Aarón no pudo evitar una sonrisa. «Esos sí. La langosta, el grillo, el saltamontes… todos los que tienen piernas para saltar. Son limpios.»
La conversación se extendió mientras el sol ascendía. Hablaron de los tejones que cavan madrigueras pero no tienen pezuñas, de los camellos que rumian pero sus pezuñas no están divididas, de los conejos que mastican constantemente pero no tienen pezuña alguna.
«Es como si el Creador hubiera puesto señales en cada criatura», musgó Najshón, ahora con menos frustración y más curiosidad.
«Exactamente», dijo Aarón deteniéndose frente a su tienda. «No se trata solo de lo que entra en tu boca, sino de lo que representa. Cada vez que eliges un animal limpio sobre uno inmundo, estás recordando que fuiste separado de entre las naciones. Que eres santo porque Yo Soy santo.»
Najshón miró el cordero muerto que aún colgaba de su hombro, luego hacia el Tabernáculo cuyo resplandor dorado se veía a lo lejos. Finalmente, asintió con comprensión genuina.
«Entonces no es solo comida», dijo suavemente.
«No», confirmó Aarón. «Es recordatorio. Como la circuncisión en tu carne, estas leyes marcan tu vida diaria. Te hacen diferente en tu cocina, en tu mesa, en tu mercado. Te enseñan a discernir.»
Cuando Najshón se alejó para enterrar el animal inmundo, Aarón permaneció en la entrada de su tienda. Observó cómo las mujeres preparaban las comidas del mediodía, cómo los niños jugaban evitando ciertos insectos pero atrapando otros, cómo todo el campamento vivía esta santidad práctica que impregnaba hasta los actos más mundanos.
El viento del desierto traía olores de pan recién horneado y de guisos de cordero. No era fácil, esta vida de distinciones constantes. Pero en esa dificultad residía su belleza: cada bocado, cada elección, era un acto de obediencia, un recordatorio de que caminaban con un propósito mayor que sus propios apetitos.
Y en el crepúsculo, cuando las sombras se alargaron y el campamento se aquietó, Aarón recordó una verdad más profunda: que la pureza no era solo about lo que se comía, sino sobre Quién se seguía.




