El aire en el desierto tenía una cualidad extraña esos días, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en espera de algo. El polvo se elevaba en remolinos perezosos bajo las patas de las ovejas, y el sol, implacable, doraba los rostros curtidos de los hombres y mujeres que acampaban al pie de aquella montaña escarpada. Moisés sentía el peso de los años en sus huesos, pero algo más, algo profundo y tembloroso, habitaba en su pecho desde que Dios le había hablado en la zarza. Ahora, de nuevo, esa voz resonaba dentro de él, no como un sonido, sino como una certeza.
Habían llegado al desierto de Sinaí tras dejar atrás Egipto, tras cruzar el mar, tras beber agua de la roca. La gente murmuraba a veces, añorando las cebollas de la esclavitud, pero en sus ojos había un destello nuevo, el reflejo de una promesa. Y aquella mañana, Moisés subió solo por la ladera pedregosa, sintiendo las piedras afiladas a través de sus sandalias. No era solo una montaña; era un umbral. Lo supo en el silencio que precedió al viento.
Dios le habló en la intimidad de su espíritu, con palabras que no eran sonido pero que ordenaban el mundo: «Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel…». Moisés cerró los ojos y respiró hondo. El mensaje era claro, abrumador. Ellos serían su especial tesoro, un reino de sacerdotes, una nación santa. Pero la santidad no era un regalo liviano; era un fuego que exigía preparación.
Bajó con paso lento, la barba blanca meciéndose con la brisa que empezaba a soplar desde la cumbre. Reunió a los ancianos, y su voz, grave por los años y la autoridad, transmitió el mensaje. No hubiera podido explicar la emoción que lo embargaba, la mezcla de temor y gozo. El pueblo, al escuchar, respondió con una sola voz: «Haremos todo lo que Jehová ha dicho». Era una respuesta colectiva, un rumor que creció como el oleaje del mar Rojo antes de dividirse.
Pero Dios había dado instrucciones precisas. Límites. La montaña era sagrada, intocable. Quien pusiera un pie en ella, moriría. Moisés hizo que marcaran un perímetro, que el pueblo se purificara, que lavara sus vestidos. No era solo una cuestión de higiene; era un símbolo, un acto de preparación del corazón. Durante dos días, el campamento se sumió en un silencio inusual. No se oían risas de niños, ni discusiones, ni cantos. Solo el viento susurrando entre las tiendas, acariciando las ropas limpias que secaban al sol.
Al tercer día, al amanecer, un trueno que no era trueno estremeció la tierra. Moisés despertó sobresaltado, con el corazón galopándole en el pecho. Afuera, el cielo se había ennegrecido, pero no de nubes de lluvia, sino de una oscuridad densa, vibrante. Relámpagos serpentinos cruzaban el firmamento sin cesar, y un sonido de trompeta, largo, desgarrador, se elevó desde la montaña, tan fuerte que la gente tembló donde estaba, sin atreverse a moverse.
La montaña humeaba, no con el humo de un fuego común, sino con una neblina espesa y divina, como si el corazón de la creación estuviera ardiendo. El sonido de la trompeta se hacía cada vez más intenso, y Moisés, con el rostro velado por el temor, guió al pueblo hacia el límite marcado. Podía sentir el terror de ellos, un olor agrio en el aire, pero también una fe incipiente, temblorosa como la llama de una lámpara en la tormenta.
Dios llamó a Moisés a la cumbre, y él subió, solo, mientras el pueblo observaba desde lejos, conteniendo la respiración. La tierra temblaba bajo sus pies, y las palabras de advertencia resonaban en sus oídos: que ni siquiera los sacerdotes traspasaran el límite. La santidad de Dios era un abismo que no podían cruzar con sus propias fuerzas.
En la cumbre, envuelto en la nube, Moisés escuchó. No con sus oídos, sino con todo su ser. La voz de Dios era como el trueno y como el silencio, una paradoja que lo envolvía. Le habló de la alianza, de la obediencia, de la responsabilidad de un pueblo escogido. Moisés, postrado, solo atinaba a asentir. Sabía que este momento quedaría grabado en la memoria de Israel para siempre, no como un mito, sino como el encuentro fundacional de una nación con su Creador.
Cuando bajó, su rostro brillaba con una luz tenue, no cegadora, sino serena, como la luna reflejada en el agua. El pueblo retrocedió un paso, sobrecogido. Moisés les transmitió las palabras, y ellos prometieron obedecer, pero su miedo era palpable. Comprendió entonces que el temor de Dios era el principio de la sabiduría, pero que el amor tardaría en llegar, que la ley escrita en piedra sería necesaria antes de que pudiera ser escrita en sus corazones.
La noche cayó sobre el campamento, pero la montaña seguía envuelta en un resplandor misterioso. Los israelitas se acostaron con el sonido de la trompeta aún resonando en sus sueños, y Moisés veló en oración, sabiendo que el camino por delante sería largo, que la libertad no era solo salir de Egipto, sino aprender a caminar con un Dios cuya voz hacía temblar los cimientos del mundo.



