Biblia Sagrada

Los Dos Testigos del Apocalipsis

En aquellos días, cuando el séptimo ángel preparaba su trompeta, me fue dada una caña de medir con la cual debía tomar las dimensiones del templo de Dios y del altar, y contar a los que allí adoraban. Pero el atrio exterior del templo no debía ser medido, porque había sido entregado a las naciones, las cuales hollarían la ciudad santa durante cuarenta y dos meses.

Y yo, Juan, vi descender del cielo a dos testigos revestidos de cilicio, cuyos rostros brillaban como el sol en su fuerza. El primero era Elías, quien había subido en el torbellino, y el segundo era Moisés, aquel que habló cara a cara con el Señor en el Sinaí. Vestían túnicas de lino áspero que llegaban hasta sus pies, y ceñían sus lomos con cinturones de cuero. Sus cabellos blancos como la nieve caían sobre sus hombros, y en sus manos llevaban ramas de olivo entrelazadas con cintas de púrpura.

El Señor les dio autoridad para profetizar mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio. Y tenían poder para cerrar el cielo a fin de que no cayera lluvia durante los días de su profecía. También poseían potestad sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuantas veces quisieran.

Estos dos olivos y dos candeleros permanecían en pie delante del Dios de la tierra. Cuando alguien intentaba hacerles daño, salía fuego de sus bocas y consumía a sus enemigos. Si alguno quería dañarlos, de esta manera debía morir. Tenían autoridad para cerrar el cielo de modo que no lloviese durante los días de su profecía, y tenían poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuando quisieran.

Durante aquellos tres años y medio, las calles de Jerusalén se llenaron de su predicación. Proclamaban el arrepentimiento mientras caminaban entre las columnas del templo, sus voces retumbando en los pórticos de mármol. «Convertíos, oh Israel, que el reino de los cielos se ha acercado», gritaban al amanecer, mientras la luz dorada iluminaba sus rostros ascéticos.

La bestia que subía del abismo hizo guerra contra ellos, y los venció y los mató. Sus cuerpos yacieron en la plaza de la gran ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado. Y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones miraron sus cuerpos muertos por tres días y medio, y no permitieron que fuesen sepultados. Los habitantes de la tierra se regocijaron sobre ellos y se alegraron, y se enviaron regalos unos a otros, porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.

Yo contemplé cómo la multicle se congregaba alrededor de sus cuerpos inertes. Mercaderes fenicios vendían frutas podridas para arrojarlas a los cadáveres. Fariseos hipócritas recitaban salmos burlones. Soldados romanos apostaban sobre cuánto tiempo permanecerían expuestos los cuerpos. El hedor de la muerte se mezclaba con el incienso de los templos paganos.

Pero después de los tres días y medio, entró en ellos un espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron sobre sus pies. Y cayó gran temor sobre los que los vieron. Luego oyeron una gran voz del cielo que les decía: «Subid acá». Y subieron al cielo en una nube, y sus enemigos los vieron.

En aquella misma hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó. Y murieron en el terremoto siete mil personas, y los demás se aterrorizaron y dieron gloria al Dios del cielo.

El segundo ay pasó; he aquí, el tercer ay viene pronto. Entonces sonó la séptima trompeta, y hubo grandes voces en el cielo que decían: «El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos».

Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras, porque has tomado tu gran poder y has reinado. Las naciones se han enfurecido; pero ha venido tu ira, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra».

Entonces el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en su templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo. Así se cumplió la visión de los dos testigos, precursores del juicio final y heraldo de la eternidad.

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