Había una vez, en las llanuras polvorientas de Judea, un rey magnánimo que partía hacia tierras lejanas. Antes de su viaje, convocó a sus tres servidores más fieles. El palacio resplandecía con lámparas de aceite que proyectaban sombras doradas sobre las columnas de mármol, mientras el rey, con túnica de púrpura y cetro en mano, se dirigía a ellos.
«A cada uno de vosotros confiaré talentos según vuestra capacidad», declaró con voz que resonaba como trueno distante. Al primero le entregó cinco talentos de oro brillante que pesaban como promesas divinas. Al segundo le dio dos talentos, cuyas superficies pulidas reflejaban la confianza real. Al tercero le concedió un talento, moneda que ardía en sus palmas como carbón encendido.
Pasaron muchos soles y muchas lunas. El primer siervo, hombre de mirada perspicaz, recorrió mercados bulliciosos donde las caravanas traían especias de Oriente. Negoció con mercaderes fenicios que desplegaban sedas tornasoladas, invirtió en campos de olivos que se mecían al viento, y sus cinco talentos se multiplicaron hasta convertirse en diez.
El segundo siervo, más cauteloso pero igualmente diligente, estableció un taller donde artesanos modelaban arcilla bajo el sol judeo. Compró telares que tejían lana teñida con grana, y sus dos talentos crecieron hasta volverse cuatro.
Mas el tercer siervo cavó un hoyo profundo cerca de las raíces de una higuera anciana. Allí escondió su talento, creyendo protegerlo de ladrones que merodeaban en la oscuridad. Cada día pasaba junto al lugar sin atreverse a desenterrarlo, mientras su corazón se llenaba de temor hacia el rey cuyo rostro comenzaba a desdibujarse en su memoria.
Después de largo tiempo, cuando las estaciones habían cambiado doce veces, el rey regresó con séquito de caballeros cuyas armaduras centelleaban bajo el sol mediterráneo. Mandó llamar a sus servidores al gran salón del trono, donde cortinas de lino fino se mecían con la brisa.
El primer siervo se postró ante él. «Señor, tus cinco talentos han ganado otros cinco». El rey sonrió, y su rostro se iluminó como el alba sobre el Mar de Galilea. «¡Bien, siervo bueno y fiel! Sobre lo poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor».
Llegó el segundo siervo. «Señor, tus dos talentos han producido otros dos». El rey asintió con igual aprobación, colocando sobre sus hombros un manto bordado con hilos de oro. «¡Bien, siervo bueno y fiel! Entra en el gozo de tu señor».
Finalmente, el tercer siervo se aproximó temblando. «Señor, conocía tu severidad, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por miedo escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo».
El rostro del rey se nubló como cielo de tormenta. «¡Siervo malo y perezoso! Sabías que cosecho donde no he sembrado. Debiste haber dado mi dinero a los banqueros para que al regresar recibiera lo mío con intereses». Ordenó que le quitaran el talento y se lo dieran al que tenía diez, porque a todo el que tiene le será dado y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
Luego el rey pronunció palabras que resonaron en la sala como juicio eterno: «Echad a este siervo inútil a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes».
Y así ocurrió, mientras en el palacio celebraban los siervos fieles, el infiel vagaba en oscuridad donde ni las estrellas podían alumbrar su camino, lamentando eternamente la oportunidad que enterró bajo tierra estéril.




