Biblia Sagrada

La Luz en Vasijas de Barro

En el principio de los tiempos, cuando el Señor sopló vida en el polvo, así también ha querido iluminar los corazones de los hombres con el conocimiento de su gloria manifestada en el rostro de Cristo. Mas este tesoro inefable lo llevamos en vasijas de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros.

He aquí la historia de un siervo llamado Eleazar, hombre de fe probada en los hornos de la aflicción. Caminaba por sendas pedregosas bajo un sol inclemente, llevando en sus manos una vasija de barro cocido, sencilla y ordinaria, como aquellas que usaban las mujeres para acarrear agua desde el pozo. Pero dentro de ella ardía una lámpara de oro puro, cuya luz traspasaba las grietas del barro y alumbraba el camino a los que andaban en tinieblas.

Eleazar era atribulado en todo sentido, mas no angustiado. Perseguido por aquellos que no comprendían la luz que portaba, mas nunca desamparado. Derribado frecuentemente por las piedras del camino y los dardos de los impíos, pero nunca destruido. Llevaba siempre en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifestase en su cuerpo mortal.

En una aldea donde la idolatría había cegado a sus habitantes, Eleazar se presentó con su vasija agrietada. Los ancianos del lugar se burlaron de él, señalando las hendiduras por donde se filtraba la luz. «¿Qué poder puede haber en un recipiente tan frágil?», decían. Pero Eleazar, con voz serena, respondía: «Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria».

Mientras hablaba, la luz que salía por las grietas iluminaba los rostros de los niños que se acercaban curiosos. Uno de ellos, llamado Samuel, cuyo padre yacía postrado por la fiebre, tocó la vasija con sus pequeñas manos. Al instante, la luz se intensificó y el niño corrió hacia su casa guiado por aquel resplandor. Al llegar, encontró a su padre levantado y sano.

La fama de Eleazar se extendió por la región, mas él nunca atribuyó el poder a sí mismo. Decía a todos: «Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús».

En otra ocasión, mientras cruzaba un desierto árido, la sed casi le venció. La vasija de barro se resquebrajó aún más bajo el calor del mediodía. Pero entonces, de aquellas grietas surgió un manantial de agua viva que no solo sació su sed, sino que regó la tierra seca a su paso. Así comprendió que aunque el hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día.

Los fariseos y sabios del lugar le tentaban diciendo: «Si realmente posees un tesoro, muéstranlo en vasija de oro y piedras preciosas, no en ese vil barro». Pero Eleazar recordaba las palabras del apóstol: «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones».

Al final de sus días, cuando el cabello de Eleazar encaneció y sus fuerzas flaquearon, la vasija mostraba incontables grietas y hendiduras. Pero la luz que de ella emanaba era más brillante que nunca. Los que antes se burlaban ahora venían a escuchar sus palabras, y muchos ciegos espirituales recuperaban la vista al contemplar aquella luz que venía del Padre de las luces.

Y así se cumplía el misterio: que llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, la vida de Jesús se manifestase en sus cuerpos mortales. Porque aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

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