En el principio de los tiempos, cuando la promesa aún era un susurro en el corazón de Dios, existió un hombre llamado Abraham. Este hombre, nacido en la opulenta Ur de los caldeos, caminaba entre ídolos de piedra y oro mientras su alma anhelaba al Dios verdadero. Su historia se convertiría en el cimiento de nuestra comprensión sobre la justificación por la fe.
Abraham, cuyo nombre original era Abram, escuchó la voz divina que resonó en lo profundo de su ser: «Sal de tu tierra y de tu parentela, y ve a la tierra que yo te mostraré». Aunque no comprendía completamente el propósito del Altísimo, creyó con una fe inquebrantable. Dejó atrás la seguridad de su hogar, las comodidades de la civilización mesopotámica, y emprendió el viaje hacia lo desconocido, confiando únicamente en la palabra del Eterno.
Años transcurrieron mientras Abraham habitaba como extranjero en Canaán. El Señor le mostró las estrellas incontables en el firmamento y le prometió que su descendencia sería tan numerosa como esos astros celestiales. Humanamente hablando, Abraham tenía casi cien años y Sara su esposa había pasado ya la edad de concebir. Su cuerpo estaba tan muerto para la paternidad como la tierra árida del desierto para dar frutos. Sin embargo, Abraham no vaciló en su convicción.
En las noches calurosas de Canaán, mientras las hogueras crepitaban y los camellos rumiaban en la distancia, Abraham contemplaba las promesas divinas. No se apoyaba en su propia fuerza ni en las circunstancias favorables, sino que se fortalecía en su fe, dando gloria a Dios. Estaba plenamente convencido de que el Todopoderoso tenía poder para cumplir lo que había prometido. Esta fe le fue contada por justicia, no como recompensa por obras, sino como don gratuito del Creador.
La escritura no dice que Abraham trabajó para merecer la justificación, sino que creyó al que justifica al impío. Cuando un hombre trabaja, su salario no se le cuenta como favor, sino como deuda. Mas al que no trabaja, sino cree en aquel que justifica al pecador, su fe le es contada por justicia. Así David cantaba en los salmos acerca de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras.
Abraham recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia que tenía por la fe cuando aún era incircunciso. Esto sucedió para que fuera padre de todos los creyentes no circuncidados, a quienes también se les cuenta la justicia por la fe, y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.
La promesa de que sería heredero del mundo no le fue dada a Abraham o a su descendencia por la ley, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe y anulada la promesa. La ley produce ira, pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión. Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, quien es padre de todos nosotros.
Como está escrito: «Te he puesto por padre de muchas gentes». Lo es delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos y llama las cosas que no son como si fuesen. Abraham creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto, siendo de casi cien años, ni la esterilidad de la matriz de Sara.
Tampoco dudó por incredulidad de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por lo cual también su fe le fue contada por justicia.
Y no solamente con respecto a Abraham se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros, a quienes ha de ser contada: los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor, quien fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.
Así, la historia de Abraham se convierte en nuestro espejo espiritual, mostrándonos que la justificación viene por la fe, como don gratuito del Dios de gracia, quien cuenta nuestra fe como justicia, tal como lo hizo con nuestro padre Abraham en aquellos días antiguos cuando comenzaba a revelarse el plan redentor para toda la humanidad.




