En aquellos días, la palabra del Señor vino a Jeremías, diciendo: «Ve y proclama estas palabras a los hijos de Judá, para que comprendan la naturaleza del corazón humano y la sabiduría de confiar en el Eterno».
Y Jeremías se levantó y caminó hacia la plaza principal de Jerusalén, donde se reunían mercaderes y ancianos. Con voz que resonaba como trompeta en el valle, comenzó a declarar:
«Pecado está escrito con cincel de hierro en el corazón de Judá, grabado con punta de diamante en la piedra de sus altares paganos. Aun sus hijos recuerdan cómo se inclinan ante Asherah en los collados verdes y ofrecen incienso a Baal bajo las encinas frondosas».
La multitud comenzó a murmurar, pero Jeremías alzó sus manos al cielo y continuó: «Por esto, tu heredad será entregada al despojo, tus lugares altos serán derribados, y caerás por tu propia maldad en los campos de tierra extraña».
Entonces el profeta, movido por el Espíritu del Señor, pronunció estas palabras que quedarían escritas para generaciones futuras:
«Maldito el hombre que confía en el hombre, que hace de la carne su fortaleza, y aparta del Señor su corazón. Será como arbusto solitario en el yermo estéril, que habita en la salinidad del desierto donde nada crece. No verá cuando venga el bien, sino que morará en sequedales ardientes, en tierra inhabitable y yerma».
Los rostros de los oyentes se cubrieron de sombra, mas Jeremías prosiguió con voz transformada: «Pero bendito el hombre que confía en el Señor, cuya confianza está puesta en el Eterno. Será como árbol plantado junto a las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente. No temerá cuando llegue el calor, pues sus hojas permanecerán verdes. En año de sequía no se angustiará, ni dejará de dar fruto».
Y he aquí que un viento comenzó a soplar desde el oriente, y Jeremías clamó: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso. ¿Quién lo conocerá? Yo, el Señor, escudriño el corazón y examino los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras».
El profeta describió entonces la condición de aquellos que acumulaban riquezas injustamente: «Como la perdiz que empolla huevos que no puso, así es el que obtiene riquezas injustamente. En medio de sus días lo abandonarán, y al final será hallado necio».
Levantando sus ojos hacia el templo, Jeremías anunció: «Trono de gloria, excelso desde el principio, es el lugar de nuestro santuario. ¡Oh Señor, esperanza de Israel! Todos los que te abandonen serán avergonzados. Los que se aparten de ti serán escritos en el polvo, porque han dejado la fuente de aguas vivas».
En ese momento, algunos sacerdotes se acercaron para interrumpirle, pero la unción sobre Jeremías crecía como fuego: «Sáname, Señor, y seré sanado; sálvame, y seré salvo, pues tú eres mi alabanza. He aquí que ellos me dicen: ¿Dónde está la palabra del Señor? Que venga ahora. Mas yo no me apresué a dejarte de ser pastor en pos de ti, ni deseé el día calamitoso. Tú lo sabes. Lo que de mis labios ha salido, está en tu presencia».
Finalmente, con lágrimas que caían sobre su barba, Jeremías suplicó: «No seas para mí terror, pues tú eres mi refugio en el día malo. Avergüéncense los que me persiguen, mas no yo. Que sean ellos avergonzados, mas no yo. Trae sobre ellos día malo, y quebrántalos con doble quebrantamiento».
Y la palabra de Jeremías quedó grabada en los corazones de los fieles, mientras los impíos se burlaban y seguían sus caminos, ignorando que el juicio del Dios vivo caería sobre Jerusalén como lluvia torrencial sobre tierra seca. Así testificó Jeremías, siervo del Altísimo, según lo que el Señor le había mandado.




