En el principio de los tiempos, cuando el alba aún no había cantado su primera canción sobre la tierra, hubo un momento en que un hombre llamado Job, postrado entre cenizas y dolor, elevó su queja hacia los cielos. Había perdido todo cuanto poseía -hijos, riquezas, salud- y en su corazón ardía la pregunta que consume a toda alma afligida: «¿Por qué?»
Entonces aconteció que el Eterno respondióó a Job desde el torbellino, y su voz resonó como el trueno que hace temblar los cimientos de las montañas.
«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Cuéntamelo, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están hundidas sus bases, o quién puso su piedra angular, cuando cantaban juntas las estrellas del alba, y todos los hijos de Dios gritaban de gozo?»
La voz del Creador se elevó como un torrente que desciende de las montañas, llenando el silencio con preguntas que revelaban la insondable sabiduría divina.
«¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliendo como de un seno materno, cuando puse nubes por vestidura suya, y por faja oscuridad? Cuando establecí sobre él mi decreto, puse puertas y cerrojos, y dije: ‘Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante; aquí se detendrá la soberbia de tus olas’.»
El Señor continuó su divina interrogación, pintando con palabras los misterios de la creación: «¿Has mandado tú a la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar, para que ocupe los extremos de la tierra y sean sacudidos de ella los impíos? La tierra se transforma como el barro bajo el sello, y se presenta como con vestidura.»
La voz del Omnipotente tejió imágenes de incomparable belleza: «¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, o has andado escudriñando el abismo? ¿Te han sido abiertas las puertas de la muerte, o has visto las puertas de la sombra? ¿Has considerado tú la anchura de la tierra? Decláramelo, si lo sabes todo.»
El Señor habló de los tesoros escondidos en las profundidades de la tierra: «¿Dónde está el camino a la habitación de la luz, y dónde el lugar de las tinieblas? ¿Podrás tú llevarlas a sus regiones, o entenderás las sendas de su morada? ¡Tú lo sabes! Porque entonces habías nacido, y es grande el número de tus días.»
La voz divina se volvió hacia los misterios de la nieve y el granizo: «¿Has entrado tú en los tesoros de la nieve, o has visto los tesoros del granizo, que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la guerra y de la batalla?»
El Creador describió con majestuosa elocuencia los fenómenos celestiales: «¿Por qué camino se reparte la luz, o se esparce el viento solano sobre la tierra? ¿Quién abrió canal para el turbión, o camino para los relámpagos y los truenos, para que llueva sobre tierra despoblada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la hierba tierna?»
La interrogación divina se extendió hacia las maravillas del firmamento: «¿Has tú atado los lazos de las Pléyades, o desatado las ligaduras de Orión? ¿Sacarás tú a su tiempo las constelaciones de los cielos, o guiarás a la Osa Mayor con sus hijos? ¿Conoces tú las ordenanzas de los cielos? ¿Dispondrás tú de su potestad en la tierra?»
El Señor habló entonces de las criaturas que pueblan la tierra: «¿Alzarás tú tu voz a las nubes, para que te cubra copiosa agua? ¿Enviarás tú los relámpagos, para que ellos vayan? ¿Quién puso la sabiduría en el corazón, o quién dio al espíritu inteligencia? ¿Quién cuenta las nubes con sabiduría, o los odres de los cielos quién los hace volcar, cuando el polvo se hace duro, y los terrones se apelmazan?»
Finalmente, el Creador se refirió a las bestias del campo: «¿Cazas tú presa para el león, o sacias el hambre de los leoncillos, cuando están echados en sus cuevas, o se están en sus guaridas al acecho? ¿Quién prepara al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios, y andan errantes por falta de comida?»
Al terminar estas palabras, Job permaneció en silencio, postrado ante la majestad del Creador. Comprendió que había hablado de lo que no entendía, de cosas demasiado maravillosas que le sobrepasaban. Y en ese momento de revelación, en medio del dolor que aún le consumía, encontró consuelo no en respuestas, sino en la presencia del que sostiene el universo con su palabra poderosa.
Porque hay preguntas que encuentran su respuesta no en la explicación, sino en la contemplación; no en el entendimiento, sino en la adoración. Y Job, el hombre que había perdido todo, descubrió que en la presencia del Santo hay una plenitud que ninguna pérdida terrenal puede arrebatar.




