En aquellos días, cuando el sol abrasador de Egipto caía como un manto de fuego sobre la tierra entre dos ríos, aconteció que la mano del Señor se posó sobre aquel reino milenario. El Nilo, aquella arteria divina que daba vida al desierto, comenzó a secarse en su cauce. Sus aguas, que antes fluían como promesa de abundancia, se retiraron dejando grietas en la tierra sedienta. Los canales que irrigaban los campos se vaciaron, y la tierra negra que alimentaba a las naciones se convirtió en polvo que el viento del desierto esparcía sobre los palacios.
Los pescadores que habitaban junto al gran río lanzaban sus redes día tras día, pero sólo recogían algas marchitas y lodo. El olor a peces muertos impregnaba las orillas, y las barcas de papiro se pudrían en los bancos de arena. Los que trabajaban el lino se desesperaban, pues las plantas se marchitaban antes de la cosecha, y los telares guardaban silencio en los talleres. Los que levantaban diques y presas vagaban como sombras, sin comprender por qué sus obras de ingenio no podían contener la sequía que venía del cielo.
En la ciudad de Menfis, los sacerdotes de los dioses del Nilo clamaban a sus ídolos, pero sólo recibían el eco de sus propias voces en templos vacíos. Los sabios de la corte del faraón consultaban sus papiros ancestrales, mas la sabiduría de sus antepasados no contenía respuesta para aquel juicio. Los encantadores y adivinos recitaban hechizos antiguos, pero sus palabras caían en el aire caliente sin efecto alguno. El corazón de Egipto se desvaneció dentro de su pecho, y sus príncipes y gobernantes perdieron el consejo sabio, actuando como ebrios que tropiezan en su propio camino.
Entonces el Señor mezcló en medio de ellos un espíritu de confusión. El Alto y el Bajo Egipto se volvieron uno contra el otro, hermano contra hermano, ciudad contra ciudad, reino contra reino. Donde antes había unidad, ahora había cismas; donde antes había propósito, ahora había discordia. Los planes que urdían en sus palacios se volvían necedad, y sus estrategias militares se convertían en trampas para sus propios pies.
Mientras tanto, en la tierra de Judá, el profeta contemplaba la visión divina y escribía: «He aquí que Jehová cabalga sobre una nube ligera y entrará en Egipto. Los ídolos de Egipto temblarán ante su presencia, y el corazón de Egipto se derretirá en medio de él».
Pero en medio del juicio, llegó también la promesa: Llegará el día en que habrá un altar para Jehová en medio de la tierra de Egipto, y una columna a Jehová junto a su frontera. Será por señal y testimonio para Jehová de los ejércitos. Cuando clamen a Jehová a causa de sus opresores, él les enviará un salvador y príncipe que los librará. Jehová será conocido por los egipcios, y los egipcios conocerán a Jehová en aquel día; le rendirán sacrificio y oblación, y harán votos a Jehová y los cumplirán.
Y sucederá en aquel tiempo que habrá una calzada de Egipto a Asiria, y asirios entrarán en Egipto, y egipcios en Asiria. Los egipcios servirán con los asirios a Jehová. En aquel tiempo Israel será el tercero con Egipto y con Asiria, bendición en medio de la tierra, porque Jehová de los ejércitos los bendecirá diciendo: «Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de mis manos, e Israel mi heredad».
Así la ira se convertiría en gracia, y el juicio en restauración, porque los designios del Señor son inescrutables, pero siempre conducen a la redención de aquellos que Él llama suyos, desde las orillas del Nilo hasta los ríos de Babilonia, y desde los desiertos de Arabia hasta los montes de Judá. Porque el Señor hace misericordia con quien quiere hacer misericordia, y su compasión se extiende más allá de los límites que los hombres construyen.




