En aquel tiempo, cuando el Altísimo apartó su rostro de su pueblo escogido, la tierra de Israel tembló bajo el juicio divino. El rey David, ungido del Señor, contemplaba con amargura cómo la nación se desgarraba en pedazos como un manto rasgado por la ira celestial.
Había llegado la hora del castigo. Las tropas edomitas, como langostas voraces, descendieron sobre el valle de la Sal, y la espada enemiga bebió hasta saciarse de la sangre de los valientes. Las ciudades fortificadas se derrumbaron como castillos de arena ante el mar, y el lamento de las viudas y huérfanos ascendía como incienso amargo hacia los cielos.
David, postrado en el suelo del tabernáculo, sentía el peso del silencio de Dios. El mismo Dios que había guiado a Josué con trompetas en Jericó, que había respondido a Samuel con truenos en la cosecha, ahora guardaba un silencio que partía el alma. El aceite de la unción parecía haberse secado en su frente, y el cetro de justicia se sentía como hierro ardiente en su mano.
«¡Oh Dios, nos has rechazado y quebrantado!», clamaba el rey mientras la ceniza de luto cubría su real manto. «Has hecho temblar la tierra, la has resquebrajado; repara sus grietas, porque se tambalea».
En su angustia, David recordaba las promesas antiguas. Cómo el Señor había hablado desde su santuario: «Mío es Galaad y mío es Manasés; Efraín es el yelmo de mi cabeza; Judá es mi cetro; Moab es la vasija para lavarme; sobre Edom echaré mi sandalia; sobre Filistea cantaré victoria».
Mientras meditaba en estas palabras, una chispa de fe comenzó a arder en su corazón. Levantó los ojos hacia las colinas de Jerusalén, donde el arca del pacto descansaba en el tabernáculo, y comprendió que aunque el juicio era real, la misericordia era más antigua que la creación.
«¿Quién me llevará a la ciudad fortificada?», preguntó David a sus comandantes. «¿Quién me conducirá hasta Edom, si tú, oh Dios, nos has desechado y no sales, oh Dios, con nuestros ejércitos?»
Entonces vino la respuesta, no en truenos ni en terremotos, sino en el susurro silencioso que habla al corazón de los que buscan al Señor. David comprendió que la victoria no vendría por la multitud de los ejércitos, ni por la fuerza de los valientes, sino por la diestra del Altísimo.
Ordenó reunir a los treinta valientes y a todos los hombres de guerra. Al frente del ejército, David no portaba espada ni escudo, sino el rollo de las promesas divinas. Cuando llegaron al valle de la Sal, donde los edomitas celebraban ya su victoria, David se arrodilló y clamó:
«Danos auxilio frente al enemigo, pues vana es la ayuda de los hombres. En Dios haremos proezas, y él hollará a nuestros enemigos».
Y aconteció que cuando el sol estaba en su cenit, un viento divino comenzó a soplar desde el desierto. La tierra que antes se había resquebrajado bajo el juicio, ahora se firmaba bajo los pies de los fieles. Los edomitas, que se burlaban del Dios de Israel, vieron cómo sus espadas se volvían contra ellos mismos, y sus escudos se deshacían como cera ante el fuego.
La batalla duró desde el mediodía hasta el ocaso, y cuando las sombras se alargaban sobre el valle, David alzaba otra vez su voz, pero esta vez en triunfo: «Mío es Galaad y mío es Manasés; Efraín es el yelmo de mi cabeza; Judá es mi cetro».
Al regresar a Jerusalén, el rey ordenó escribir este testimonio para las generaciones venideras, para que supieran que aunque el Señor puede mostrar su rostro airado, su misericordia permanece para siempre. Que en los días de aflicción, cuando parece que Dios ha rasgado el manto de su protección, siempre queda el hilo de oro de su fidelidad.
Porque la ayuda del hombre es vana, mas con Dios se desbarantan ejércitos, se derriban murallas y se conquistan reinos. El que habita en el refugio del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente, pues él es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.




