Había una gran tensión en el campamento de Israel. El rey Saúl, con su imponente estatura y armadura reluciente, observaba desde las alturas de Guibeá el valle que separaba a su ejército de los filisteos. Sus seiscientos hombres, mal armados y temerosos, se escondían entre las cuevas y matorrales de la región montañosa de Efraín. Solo el rey y su hijo Jonatán portaban espadas dignas de batalla, pues los filisteos, en su dominio opresor, habían prohibido a los hebreos toda herrería.
En el campamento enemigo, situado en Micmas, se alzaba una impresionante guarnición con carros de hierro y guerreros profesionales cuyo solo rumor causaba pavor en el corazón de los israelitas. Cada mañana, patrullas filisteas recorrían los pasos montañosos, burlándose del Dios de Israel y desafiando a cualquier hebreo a enfrentarlos.
Una tarde, mientras el sol comenzaba su descenso, Jonatán, joven de mirada intensa y fe inquebrantable, se acercó a su escudero. «Ven», le dijo en voz baja, «crucemos hasta el puesto de avanzada de esos incircuncisos. Quizás el Señor obre por nosotros, porque para Él no hay obstáculo en salvar con muchos o con pocos».
El escudero, joven de rostro curtido por el sol, respondió con determinación: «Haz todo lo que tu corazón te dicte, aquí estoy contigo, de todo corazón».
Con paso sigiloso, los dos jóvenes comenzaron a descender por las escarpadas laderas, escondiéndose entre las sombras de las rocas y los árboles de granado. Jonatán había establecido una señal: «Si nos dicen que esperemos hasta que lleguemos a vosotros, entonces nos quedaremos en nuestro lugar. Pero si nos dicen que subamos, entonces subiremos, porque esa será la señal de que el Señor los ha entregado en nuestras manos».
Al acercarse al desfiladero que separaba las dos montañas, Bocez y Sene, los centinelas filisteos los divisaron. Desde las alturas, los guerreros con sus armaduras brillantes gritaron con burla: «Mirad, los hebreos salen de las cuevas donde se esconden. Subid a nosotros, y os haremos saber algo».
Al oír estas palabras, Jonatán miró a su escudero con ojos que brillaban de fe. «Sube tras mí, porque el Señor los ha entregado en manos de Israel». Comenzaron a escalar la empinada cuesta, usando manos y pies para trepar por las rocas afiladas. La respiración entrecortada y el sudor que caía por sus frentes no menguaban su determinación.
Al llegar a la cima, Jonatán atacó primero con su espada, mientras su escudero lo seguía de cerca. Veinte filisteos cayeron en el primer embate, sorprendidos por la ferocidad y agilidad de los hebreos. La confusión se apoderó del campamento enemigo. Los guerreros que moments antes se burlaban ahora corrían desorientados, chocando entre sí con sus pesadas armaduras.
Entonces el Señor envió un temblor de tierra que hizo retumbar las montañas. Las rocas se partían y el polvo se elevaba como humo. Los filisteos, aterrorizados, comenzaron a atacarse unos a otros en su confusión. El pánico se extendió como fuego en el campamento, hasta llegar a los puestos avanzados y al campo principal.
Desde Guibeá, los centinelas de Saúl observaron el caos que se extendía entre los filisteos. El rey ordenó inmediatamente pasar revista a sus tropas, descubriendo que solo faltaban Jonatán y su escudero. Saúl, en su impaciencia, hizo traer el arca de Dios mientras el estruendo en el campamento filisteo aumentaba.
Mientras tanto, los hebreos que antes se habían escondido de los filisteos salieron de sus cuevas y refugios. Al ver la retirada desorganizada del enemigo, se unieron a la batalla persiguiendo a los filisteos más allá de Bet-avén. La victoria del Señor se manifestaba aquel día.
En un momento crucial, Saúl pronunció una imprudente maldición: «Maldito el hombre que coma pan antes del anochecer, antes que haya tomado venganza de mis enemigos». La orden del rey cayó como losa pesada sobre el ejército, que ya combatía con fatiga.
La batalla se extendía por los bosques de Efraín, donde la miel silvestre goteaba de los panales entre las flores del campo. Jonatán, que no había oído el juramento de su padre, extendió su vara y tomó un poco de miel. Al probarla, sus ojos se iluminaron y sus fuerzas se renovaron.
Uno de los soldados le advirtió: «Tu padre ha hecho jurar al pueblo diciendo: Maldito el hombre que coma hoy alimento». Pero Jonatán respondió con sabiduría: «Mi padre ha turbado al país. Ved cómo han brillado mis ojos porque probé un poco de esta miel. ¿Cuánto más si el pueblo hubiera comido hoy del botín de sus enemigos? ¿No habría sido ahora mayor la matanza de los filisteos?»
Ese día, el pueblo estaba tan débil por el ayuno que al caer la tarde se lanzaron sobre el botín, matando ovejas, vacas y terneros, y comiendo la carne con sangre, violando así la ley mosaica. Al enterarse, Saúl mandó construir un altar para que sacrificaran correctamente los animales.
En su celo por perseguir a los filisteos, Saúl consultó al Señor: «¿Debo perseguir a los filisteos esta noche? ¿Los entregarás en manos de Israel?» Pero no hubo respuesta aquella noche. El rey comprendió que había pecado en el campamento y juró: «Aunque sea en Jonatán mi hijo, ciertamente morirá».
Echando suertes ante el Señor, la suerte cayó sobre Jonatán. Al confesar que había probado miel, Saúl declaró: «Así me haga Dios y aun me añada, que sin duda morirás, Jonatán».
Pero el pueblo se levantó para defender al que había dado la victoria a Israel aquel día. «¿Ha de morir Jonatán, quien ha hecho esta grande salvación en Israel? ¡No será así! Por vida del Señor, no caerá en tierra ni un cabello de su cabeza, porque con Dios actuó hoy». Y rescataron a Jonatán de la sentencia de muerte.
Así cesó Saúl de perseguir a los filisteos, quienes regresaron a su tierra. El rey consolidó su reinado sobre Israel, pero la semilla de la desobediencia ya había sido sembrada, y la mano del Señor comenzaba a apartarse del monarca que Él mismo había ungido.



