**La Historia del Joven Rico y el Reino de los Cielos**
En aquellos días, Jesús había estado enseñando a multitudes en Judea, más allá del Jordán. Grandes grupos de personas lo seguían, ansiosas por escuchar sus palabras y ser sanadas por su poder. El Maestro caminaba con autoridad, y su rostro irradiaba una paz que atraía a todos, desde los más humildes hasta los más poderosos. Entre la multitud, un joven destacaba por su vestimenta fina y su porte distinguido. Era un hombre rico, dueño de muchas posesiones, pero su corazón estaba inquieto. Había escuchado las enseñanzas de Jesús y sentía que algo le faltaba para alcanzar la vida eterna.
El joven se acercó a Jesús con respeto, se arrodilló ante Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué bien debo hacer para obtener la vida eterna?» Jesús lo miró con amor, pero también con profundidad, como si pudiera ver directamente en su alma. Le respondió: «¿Por qué me llamas bueno? Solo hay uno que es bueno, y ese es Dios. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
El joven, ansioso por saber más, preguntó: «¿Cuáles mandamientos?» Jesús, con paciencia, enumeró: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El joven, con una expresión de satisfacción, respondió: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?» Jesús lo miró con compasión, porque sabía que el joven amaba sus riquezas más que a Dios. Con voz suave pero firme, le dijo: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme».
El rostro del joven se ensombreció. Sus ojos, antes llenos de esperanza, se nublaron de tristeza. Miró a Jesús, luego a sus manos, como si imaginara las monedas de oro que poseía. Finalmente, se levantó y se alejó lentamente, cabizbajo, porque tenía muchas posesiones y no estaba dispuesto a renunciar a ellas.
Jesús, observando su partida, se volvió a sus discípulos y les dijo: «De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios».
Los discípulos, asombrados por estas palabras, se miraron entre sí con preocupación. Pedro, siempre impulsivo, preguntó: «Entonces, ¿quién podrá ser salvo?» Jesús, con una sonrisa llena de confianza, les respondió: «Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible».
Pedro, recordando todo lo que él y los demás habían dejado para seguir a Jesús, dijo: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos?» Jesús, con una mirada llena de promesa, les aseguró: «De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros».
La enseñanza de Jesús resonó en el corazón de sus discípulos. Comprendieron que el reino de los cielos no se trata de acumular riquezas terrenales, sino de un corazón dispuesto a seguir a Dios por encima de todo. Mientras el joven rico se alejaba con tristeza, los discípulos renovaron su compromiso de seguir a Jesús, confiando en que Él era el camino, la verdad y la vida.
Y así, Jesús continuó su ministerio, enseñando que el verdadero tesoro no está en las posesiones materiales, sino en el amor a Dios y al prójimo, y en la disposición de seguirle sin importar el costo. Porque, como Él mismo dijo: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas».