Biblia Sagrada

El Llamado de Amos: Justicia y Arrepentimiento en Israel

**El Llamado al Arrepentimiento: La Historia de Amos y el Pueblo de Israel**

En los días del rey Jeroboam II, cuando el reino de Israel estaba en su apogeo en riqueza y poder, pero en decadencia espiritual, el Señor levantó a un hombre sencillo, un pastor de ovejas y cultivador de higos, para llevar un mensaje urgente a Su pueblo. Este hombre era Amos, originario de Tecoa, un pequeño pueblo en el reino de Judá. Aunque no era profeta de profesión, Dios lo llamó para hablar con firmeza y claridad a Israel.

Amos caminó por las polvorientas calles de Betel, Samaria y otras ciudades importantes del norte. Sus ojos contemplaban la opulencia de los ricos, que vivían en casas de marfil y se reclinaban en lechos adornados con metales preciosos. Sin embargo, también veía la miseria de los pobres, oprimidos y explotados por aquellos que debían protegerlos. El corazón de Amos ardía de indignación, no solo por la injusticia, sino porque el pueblo había olvidado a su Dios.

Un día, mientras el sol caía sobre las colinas de Samaria, Amos se paró en la plaza principal de la ciudad. Con voz resonante, comenzó a proclamar las palabras que el Señor le había dado:

**»Escuchen esto, pueblo de Israel, escuchen las palabras del Señor:
Busquen al Señor y vivirán, no sea que Él irrumpa como fuego consumidor sobre la casa de José y devore Betel, sin que haya quien lo apague. Ustedes que convierten el derecho en amargura y arrojan la justicia por tierra, ¡ay de ustedes! Ustedes odian al que reprende en los tribunales y aborrecen al que habla con integridad. Pisotean a los pobres y les exigen tributos de grano. Por eso, aunque construyan casas de piedra labrada, no las habitarán; aunque planten viñedos espléndidos, no beberán su vino. Porque yo sé que son muchos sus pecados y graves sus iniquidades: oprimen al justo, aceptan sobornos y niegan justicia a los necesitados en los tribunales.»**

La multitud comenzó a congregarse alrededor de Amos. Algunos lo escuchaban con temor, mientras que otros lo miraban con desprecio, murmurando entre sí: «¿Quién es este pastor que viene a hablarnos de juicio? ¿Acaso no somos el pueblo escogido de Dios? ¿No celebramos nuestras fiestas y ofrecemos sacrificios en Su nombre?»

Amos, con lágrimas en los ojos, continuó:

**»¡Ay de ustedes que desean el día del Señor! ¿Por qué querrían ese día? Será de tinieblas, no de luz. Será como un hombre que huye de un león y se encuentra con un oso, o como quien entra en su casa, apoya su mano en la pared y lo muerde una serpiente. El día del Señor será oscuridad, sin un rayo de luz. Yo aborrezco, desprecio sus fiestas religiosas; no me agradan sus asambleas solemnes. Aunque me ofrezcan holocaustos y ofrendas de grano, no los aceptaré; ni miraré a los animales gordos de sus ofrendas de paz. ¡Alejen de mí el bullicio de sus cantos! No quiero escuchar la música de sus arpas. Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable.»**

Las palabras de Amos resonaron como un trueno en los corazones de algunos, pero otros se burlaron de él. Los líderes religiosos, en particular, se sintieron ofendidos. «¿Cómo se atreve este hombre a cuestionar nuestras prácticas? ¿Acaso no somos fieles en nuestras ofrendas y sacrificios?», decían. Pero Amos sabía que sus rituales eran vacíos, porque sus corazones estaban lejos de Dios. Sus manos estaban manchadas de injusticia, y sus labios pronunciaban alabanzas mientras explotaban a los débiles.

Amos miró al cielo y clamó:

**»¿Acaso no ofrecí sacrificios y ofrendas en el desierto durante cuarenta años, casa de Israel? Pero ustedes llevaron consigo la tienda de Moloc y la estrella de su dios Refán, ídolos que se hicieron para adorar. Por eso los deportaré más allá de Damasco, dice el Señor, cuyo nombre es Dios Todopoderoso.»**

El mensaje de Amos era claro: Dios no se complace en rituales vacíos ni en sacrificios sin un corazón arrepentido. Él busca justicia, misericordia y humildad. Pero el pueblo de Israel había endurecido sus corazones. Preferían confiar en su riqueza y en sus ídolos que en el Dios que los había liberado de Egipto y los había guiado a través del desierto.

A medida que los días pasaban, las palabras de Amos se cumplieron. El juicio de Dios cayó sobre Israel. Los ejércitos enemigos llegaron como un torrente, arrasando ciudades y llevando al pueblo al exilio. Las casas de marfil fueron reducidas a escombros, y los viñedos exuberantes quedaron desolados. El orgullo de Israel fue humillado, y su gloria se desvaneció como la niebla de la mañana.

Pero incluso en medio del juicio, el mensaje de Amos contenía un rayo de esperanza. Dios no se deleita en castigar, sino en restaurar. Él llama a Su pueblo a arrepentirse, a buscarle de todo corazón, porque solo en Él hay vida verdadera. Amos terminó su profecía con una promesa:

**»Busquen al bien, y no al mal, para que vivan. Así el Señor, Dios Todopoderoso, estará con ustedes, como dicen que Él está. Aborrezcan el mal, amen el bien, y establezcan la justicia en los tribunales. Quizás el Señor, Dios Todopoderoso, tenga misericordia del remanente de José.»**

Y así, la historia de Amos nos recuerda que Dios es justo y misericordioso. Él no ignora el pecado, pero siempre ofrece una oportunidad para el arrepentimiento. Su deseo es que vivamos en justicia, amándole a Él y a nuestro prójimo. Que esta historia nos inspire a examinar nuestros corazones y a buscar al Señor mientras puede ser hallado.

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