**El Constructor Sabio y el Templo de Dios**
En la antigua ciudad de Corinto, una comunidad de creyentes se reunía con fervor y devoción. Habían sido transformados por el mensaje del evangelio, y sus corazones ardían con el fuego del Espíritu Santo. Sin embargo, no todo era armonía en aquella congregación. Las divisiones comenzaron a surgir entre ellos, y algunos se enorgullecían de seguir a Pablo, mientras que otros decían: «Yo soy de Apolos». Estas rivalidades amenazaban con destruir la unidad que Cristo había establecido.
Pablo, el apóstol que había plantado la semilla del evangelio en Corinto, escuchó con tristeza las noticias de estas divisiones. Movido por el amor y la preocupación, decidió escribirles una carta para recordarles la verdad fundamental de su fe. Con palabras inspiradas por el Espíritu, comenzó a tejer una historia que resonaría en sus corazones.
«Queridos hermanos y hermanas en Cristo», escribió Pablo, «ustedes son como un campo fértil, y nosotros, los siervos de Dios, somos como labradores. Yo planté la semilla del evangelio en sus corazones, y Apolos la regó con sus enseñanzas. Pero es Dios quien hace crecer la planta. Ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento».
Pablo continuó, utilizando una imagen aún más vívida: «Ustedes son el templo de Dios, un santuario sagrado donde mora el Espíritu Santo. ¿No lo saben? Si alguien destruye este templo, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes».
Luego, el apóstol introdujo una parábola que ilustraría la importancia de construir sobre el fundamento correcto. «Imaginen», escribió, «que están construyendo una casa. El fundamento ya ha sido puesto, y ese fundamento es Jesucristo. Nadie puede poner otro fundamento, porque solo en Él hay salvación. Pero ahora, cada uno debe tener cuidado de cómo construye sobre ese fundamento».
Pablo describió dos tipos de constructores. El primero era un hombre sabio, que elegía materiales preciosos y duraderos: oro, plata y piedras preciosas. Este constructor trabajaba con diligencia, sabiendo que su obra sería probada por el fuego. Cuando las llamas llegaran, su trabajo permanecería, y él recibiría una recompensa.
El segundo constructor, sin embargo, era necio. Utilizaba materiales baratos y perecederos: madera, heno y paja. Su obra parecía impresionante a simple vista, pero cuando el fuego la probara, todo se consumiría en un instante. Aunque él mismo se salvaría, su trabajo sería reducido a cenizas, y no recibiría recompensa alguna.
«Por lo tanto», concluyó Pablo, «cada uno de ustedes debe examinar cómo está construyendo sobre el fundamento de Cristo. No se dejen engañar por las apariencias. Lo que cuenta no es la cantidad de seguidores que tengan, ni la fama de sus líderes, sino la calidad de su fe y su obediencia a Dios».
El apóstol les recordó que ellos pertenecían a Cristo, no a Pablo ni a Apolos. «Todo es de ustedes», escribió, «ya sea Pablo, Apolos, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios».
Al leer estas palabras, los corintios comenzaron a reflexionar. Se dieron cuenta de que habían estado enfocándose en lo equivocado, en las personas en lugar de en el mensaje, en las divisiones en lugar de en la unidad. Comprendieron que su verdadera identidad estaba en Cristo, y que su propósito era construir juntos un templo santo para Dios.
Con el tiempo, la comunidad de Corinto comenzó a sanar. Dejaron de lado sus rivalidades y se unieron en amor y humildad. Recordaron que eran colaboradores de Dios, llamados a trabajar juntos en Su obra. Y así, el templo de Dios en Corinto se fortaleció, no con oro ni plata, sino con corazones transformados por el poder del evangelio.
Y así, la historia de los constructores sabios y necios se convirtió en un recordatorio eterno para todos los creyentes: que solo lo que se construye sobre el fundamento de Cristo, con materiales eternos, perdurará para siempre.