Biblia Sagrada

La Mujer en el Pozo: Un Encuentro Transformador

**La Mujer en el Pozo: Un Encuentro que Cambió una Vida**

El sol ardiente de mediodía brillaba sobre la región de Samaria, iluminando el polvoriento camino que llevaba a la ciudad de Sicar. Jesús, cansado del viaje, se sentó junto al pozo de Jacob, un lugar histórico donde los patriarcas habían saciado su sed siglos atrás. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos, y Él se quedó allí, solo, esperando. Pero este no era un momento de descanso ordinario; era un momento divinamente designado.

Mientras Jesús reposaba, una mujer samaritana se acercó al pozo con su cántaro. Era inusual que alguien viniera a sacar agua a esta hora del día, pues la mayoría lo hacía temprano en la mañana o al atardecer, cuando el calor no era tan intenso. Pero esta mujer venía sola, evitando las miradas curiosas y los murmullos de las otras mujeres. Su vida estaba marcada por el dolor y el rechazo. Había tenido cinco maridos, y ahora vivía con un hombre que no era su esposo. La gente del pueblo la conocía bien, y sus pecados eran un secreto a voces.

Cuando la mujer se acercó al pozo, Jesús la miró con compasión y le dijo:
—Dame de beber.

La mujer se detuvo, sorprendida. Un judío hablando con una samaritana era algo inusual, pues los judíos despreciaban a los samaritanos y evitaban todo contacto con ellos. Además, un hombre no solía dirigirse a una mujer en público. Con cautela, respondió:
—¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

Jesús, con una voz suave pero llena de autoridad, le dijo:
—Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.

La mujer frunció el ceño, confundida. Miró hacia el pozo y luego de nuevo a Jesús.
—Señor, no tienes con qué sacar agua, y el pozo es profundo. ¿De dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

Jesús sonrió levemente, como si entendiera su incredulidad.
—Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —dijo—, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brota para vida eterna.

La mujer, intrigada pero aún escéptica, respondió:
—Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed ni venga aquí a sacarla.

Jesús, conociendo su corazón, decidió ir más allá.
—Ve, llama a tu marido y vuelve acá —le dijo.

La mujer bajó la mirada, avergonzada.
—No tengo marido —respondió, esperando que eso fuera suficiente.

Pero Jesús, con amor y verdad, le dijo:
—Bien has dicho: “No tengo marido”, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido. Esto has dicho con verdad.

La mujer se quedó atónita. ¿Cómo podía este hombre saber tanto sobre ella? Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de vergüenza, sino de asombro.
—Señor, me parece que tú eres profeta —dijo, tratando de cambiar el tema—. Nuestros padres adoraron en este monte, pero vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

Jesús, con paciencia, le explicó:
—Mujer, créeme, la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

La mujer, cada vez más impresionada, murmuró:
—Sé que el Mesías ha de venir, el que es llamado Cristo. Cuando Él venga, nos declarará todas las cosas.

Jesús la miró directamente a los ojos y le dijo:
—Yo soy, el que habla contigo.

En ese momento, algo cambió en la mujer. Sus dudas y temores se desvanecieron, y un gozo indescriptible llenó su corazón. Dejó su cántaro junto al pozo y corrió de regreso a la ciudad, gritando a todos los que encontraba:
—¡Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho! ¿No será este el Cristo?

La gente, sorprendida por su entusiasmo, salió de la ciudad y se dirigió hacia el pozo. Mientras tanto, los discípulos regresaron con los alimentos y se sorprendieron al ver a Jesús hablando con una mujer, pero ninguno se atrevió a preguntarle por qué.

Jesús, viendo a la multitud que se acercaba, les dijo a sus discípulos:
—Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: “Todavía faltan cuatro meses para que llegue la siega”? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.

Y así fue. Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer, y cuando lo escucharon personalmente, le dijeron:
—Ya no creemos solamente por lo que has dicho, sino porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo.

Jesús se quedó con ellos dos días, enseñándoles y revelándoles las verdades del Reino de Dios. Aquel encuentro junto al pozo no solo transformó la vida de la mujer samaritana, sino que también abrió las puertas de la salvación a todo un pueblo.

Y así, en medio del calor del día, junto a un pozo antiguo, el agua viva fluyó, saciando la sed de corazones sedientos y recordándonos que Jesús, el Mesías, viene a buscar a los perdidos, a sanar a los quebrantados y a ofrecer vida eterna a todos los que creen en Él.

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