**La Fe del Centurión y el Poder de Jesús**
En aquellos días, después de que Jesús descendió del monte, una gran multitud lo seguía. El aire estaba cargado de expectación, como si el cielo mismo se inclinara para escuchar las palabras del Maestro. La fama de Jesús se había extendido por toda la región, y la gente venía de lejos para verlo, tocarlo y escuchar sus enseñanzas. Entre la multitud, había enfermos, afligidos y curiosos, todos esperando un milagro, una palabra de consuelo o simplemente la oportunidad de estar cerca de aquel hombre que hablaba con autoridad y actuaba con poder.
Mientras Jesús caminaba por las calles polvorientas de Capernaúm, un centurión romano se acercó a él. Este hombre no era judío, sino un oficial del ejército romano, un extranjero en tierra santa. Sin embargo, había oído hablar de Jesús y creía en su poder. El centurión era un hombre de autoridad, acostumbrado a dar órdenes y a que estas se cumplieran al instante. Pero aquel día, no venía como un hombre de poder, sino como un siervo humilde, preocupado por su siervo enfermo.
El centurión se acercó a Jesús con respeto y le dijo: «Señor, mi siervo yace en casa paralítico, gravemente atormentado». Sus palabras eran sencillas, pero cargadas de urgencia y fe. Jesús, mirándolo con compasión, respondió: «Yo iré y lo sanaré».
Pero el centurión, sorprendido por la disposición de Jesús, replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi siervo será sanado. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo soldados bajo mi mando. Digo a uno: ‘Ve’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».
Jesús se maravilló al oír estas palabras. Volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe». Y luego, dirigiéndose al centurión, añadió: «Ve, y como creíste, te sea hecho». Y en aquella misma hora, el siervo del centurión fue sanado.
La multitud quedó asombrada. Aquel hombre, un extranjero, un romano, había demostrado una fe que superaba la de muchos en Israel. Jesús no necesitó tocar al siervo, ni siquiera entrar en la casa del centurión. Su palabra fue suficiente para sanar, porque su autoridad no tenía límites. Era la autoridad del Hijo de Dios, quien con una sola palabra podía sanar enfermedades, calmar tempestades y expulsar demonios.
Más tarde, ese mismo día, Jesús entró en la casa de Pedro, uno de sus discípulos. Allí encontraron a la suegra de Pedro enferma, con fiebre alta. Jesús se acercó a ella, la tomó de la mano, y la fiebre la dejó. Ella se levantó y comenzó a servirles. La noticia de este milagro se extendió rápidamente, y al caer la tarde, trajeron a Jesús muchos endemoniados y enfermos. Con una sola palabra, él expulsó a los espíritus y sanó a todos los que estaban enfermos, cumpliendo así lo que había sido dicho por el profeta Isaías: «Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias».
La noche cayó sobre Capernaúm, pero la luz de los milagros de Jesús brillaba en los corazones de aquellos que habían sido testigos de su poder. La fe del centurión había sido recompensada, y su siervo estaba sano. La suegra de Pedro servía con gratitud, y muchos otros habían sido liberados de sus aflicciones. Jesús, cansado pero lleno de compasión, continuaba su ministerio, mostrando a todos que el reino de los cielos se había acercado.
Y así, en aquel pequeño pueblo junto al mar de Galilea, el poder y la misericordia de Jesús se manifestaron de maneras que nunca antes se habían visto. La fe de un hombre, un extranjero, había tocado el corazón del Salvador, y a través de esa fe, el poder de Dios se había manifestado. Era un recordatorio para todos de que la fe, no la posición ni la nacionalidad, es lo que mueve el corazón de Dios.