Biblia Sagrada

El Sueño del Faraón y la Sabiduría de José

En el vasto y antiguo Egipto, donde el río Nilo serpenteaba como una cinta de vida a través del desierto, el faraón, gobernante de la tierra, tuvo un sueño que lo perturbó profundamente. Aquella noche, mientras el cielo se teñía de un profundo azul oscuro y las estrellas brillaban como diamantes dispersos, el faraón se acostó en su lecho de marfil y oro. Pero su sueño no fue de paz. En su mente, surgieron imágenes vívidas y misteriosas que lo dejaron inquieto.

Soñó que estaba de pie junto al río Nilo, y de sus aguas surgieron siete vacas, hermosas y robustas, de pelaje brillante y salud radiante. Estas vacas salieron del río y comenzaron a pastar en la orilla, entre los juncos y las plantas que crecían junto al agua. Pero de repente, del mismo río, emergieron otras siete vacas, pero estas eran flacas, escuálidas y de aspecto enfermizo, como si no hubieran comido en días. Las vacas flacas se acercaron a las robustas y, ante el asombro del faraón, las devoraron. A pesar de haberlas comido, las vacas flacas seguían tan delgadas y débiles como antes.

El faraón se despertó sobresaltado, su corazón latía con fuerza y su mente estaba llena de confusión. Pero antes de que pudiera recuperar la calma, se durmió de nuevo. Y esta vez, tuvo otro sueño. En este segundo sueño, vio siete espigas de trigo, gruesas y doradas, que crecían en un solo tallo. Eran espigas saludables, llenas de grano, prometiendo una cosecha abundante. Pero de repente, surgieron otras siete espigas, pero estas eran delgadas, marchitas y quemadas por el viento del este. Las espigas flacas devoraron a las espigas robustas, consumiéndolas por completo.

Al despertar por segunda vez, el faraón estaba profundamente perturbado. Su espíritu estaba agitado, y no podía encontrar paz. Mandó llamar a todos los magos y sabios de Egipto, a aquellos que interpretaban sueños y conocían los secretos de los dioses. Les contó sus sueños, pero ninguno de ellos pudo darle una interpretación que lo calmara. Sus palabras eran confusas y vacías, y el faraón se sentía más angustiado que antes.

Fue entonces cuando el jefe de los coperos, quien había estado en prisión con José años atrás, recordó al joven hebreo que había interpretado su sueño en la cárcel. Con el corazón lleno de esperanza, se acercó al faraón y le dijo: «Hoy me acuerdo de mis faltas. Hubo un joven hebreo, siervo del capitán de la guardia, que interpretó nuestros sueños cuando estábamos en prisión. Todo sucedió tal como él lo dijo: yo fui restaurado a mi posición, y el panadero fue ahorcado».

El faraón, al escuchar esto, ordenó que trajeran a José de inmediato. Lo sacaron de la prisión, lo afeitaron, le dieron ropas limpias y lo llevaron ante el gobernante de Egipto. El faraón miró a José y le dijo: «He tenido un sueño, y no hay quien lo interprete. Pero he oído decir que tú puedes entender los sueños y darles significado».

José, con humildad y confianza en Dios, respondió: «No está en mí el poder de interpretar sueños, pero Dios dará una respuesta favorable al faraón».

El faraón entonces le contó sus sueños, describiendo las vacas robustas y flacas, las espigas llenas y las marchitas. José escuchó con atención, y cuando el faraón terminó, José dijo: «Los dos sueños del faraón son uno solo. Dios ha revelado al faraón lo que está por hacer. Las siete vacas robustas y las siete espigas llenas representan siete años de abundancia que vendrán sobre Egipto. Pero las siete vacas flacas y las siete espigas marchitas representan siete años de hambre que seguirán a los años de abundancia. El hambre será tan severa que hará olvidar toda la abundancia previa. El sueño se ha repetido porque Dios ha decidido que esto sucederá pronto, y está preparando al faraón para que actúe».

José continuó, mostrando sabiduría y discernimiento: «Por tanto, el faraón debe buscar un hombre sabio y prudente, y ponerlo a cargo de la tierra de Egipto. Durante los siete años de abundancia, debe almacenar una quinta parte de las cosechas, guardando el grano bajo la autoridad del faraón en las ciudades. Este grano será una reserva para los siete años de hambre que vendrán, para que la tierra no perezca».

El faraón y todos sus siervos quedaron impresionados por la sabiduría de José. El faraón dijo: «¿Acaso podemos encontrar un hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios?» Y volviéndose a José, declaró: «Puesto que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay nadie tan sabio y prudente como tú. Tú estarás al frente de mi casa, y todo mi pueblo obedecerá tus órdenes. Solo en el trono seré mayor que tú».

El faraón tomó su anillo de sello y lo puso en el dedo de José, lo vistió con ropas de lino fino y le colocó un collar de oro alrededor del cuello. Lo hizo montar en su segundo carro, y los heraldos proclamaron: «¡Doblen la rodilla!» Así, José fue puesto sobre toda la tierra de Egipto.

Durante los siete años de abundancia, José recorrió todo Egipto, supervisando la recolección y el almacenamiento del grano. La tierra produjo tanto que era como la arena del mar, y José guardó el grano en las ciudades, asegurando que hubiera suficiente para los años de escasez.

Cuando llegaron los siete años de hambre, tal como José había predicho, el hambre se extendió por toda la tierra. Pero en Egipto había pan, porque José había almacenado el grano durante los años de abundancia. La gente de Egipto y de las tierras vecinas venían a comprar grano, y José, con sabiduría y justicia, lo distribuía para que nadie muriera de hambre.

Así, Dios usó a José para salvar a muchas vidas, cumpliendo el propósito que había preparado para él desde el principio. Y el nombre de José fue recordado en toda la tierra como un hombre sabio y justo, que sirvió a Dios y a su pueblo con fidelidad.

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