Biblia Sagrada

El Inicio del Ministerio de Jesús: Bautismo y Primeros Milagros

En el principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, como está escrito en los profetas, el desierto se preparaba para recibir una voz que clamaba en la soledad. Era Juan, el Bautista, un hombre vestido con ropa áspera de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero. Su alimento era simple: langostas y miel silvestre. Su presencia en el desierto era como un faro en medio de la oscuridad, llamando a todos al arrepentimiento. Las multitudes de Judea y Jerusalén acudían a él, confesando sus pecados y siendo bautizados en las aguas del río Jordán. El río fluía con un murmullo constante, como si la naturaleza misma estuviera esperando la llegada de algo grande.

Juan predicaba con una voz que resonaba como trueno en las montañas: «¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!» Sus palabras eran como flechas que atravesaban los corazones endurecidos de los hombres y mujeres que lo escuchaban. Él no era la luz, pero daba testimonio de la luz que pronto habría de venir. Y entre la multitud, un día, apareció Jesús de Nazaret.

Jesús llegó desde Galilea, caminando con paso firme y decidido. Su rostro reflejaba una serenidad que contrastaba con la agitación de la gente que lo rodeaba. El río Jordán brillaba bajo el sol, y las aguas parecían detenerse cuando Jesús se acercó a Juan. El Bautista, al verlo, sintió un temblor en su espíritu. «¿Tú vienes a mí?», preguntó Juan, con voz temblorosa. «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Pero Jesús, con una mirada llena de amor y determinación, respondió: «Permítelo ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.»

Juan, obediente, sumergió a Jesús en las aguas del Jordán. En ese momento, el cielo se abrió como un velo rasgado, y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma. Una voz resonó desde lo alto, diciendo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.» Las palabras eran tan claras y poderosas que todos los presentes quedaron asombrados. El aire mismo parecía vibrar con la presencia divina.

Después de su bautismo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí, en la soledad de las tierras áridas, pasó cuarenta días y cuarenta noches. El sol abrasador del día y el frío penetrante de la noche no lo apartaron de su propósito. Durante ese tiempo, fue tentado por Satanás. Las bestias del desierto lo rodeaban, pero no lo tocaban. Los ángeles, sin embargo, acudían a servirle, trayéndole consuelo y fortaleza en medio de la prueba.

Cuando Jesús regresó a Galilea, su fama comenzó a extenderse como el fuego en un campo seco. Predicaba el evangelio del reino de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio.» Sus palabras eran como agua viva para los sedientos, y las multitudes lo seguían a dondequiera que iba.

Un día, mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés echando la red en el mar, pues eran pescadores. Jesús los llamó con una voz que resonó en sus corazones: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, dejaron sus redes y lo siguieron. Más adelante, vio a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca remendando las redes. Con la misma autoridad, Jesús los llamó, y ellos, dejando a su padre en la barca con los jornaleros, lo siguieron.

Jesús y sus discípulos entraron en Capernaúm, y enseguida, en el día de reposo, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. La gente se maravillaba de su doctrina, porque enseñaba con autoridad, no como los escribas. En la sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que gritó: «¿Qué tienes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo reprendió, diciendo: «¡Cállate, y sal de él!» El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y clamando a gran voz, salió de él. Todos se asombraron, de modo que discutían entre sí, diciendo: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con autoridad! Aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen.»

La fama de Jesús se extendió rápidamente por toda la región de Galilea. Al salir de la sinagoga, fueron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. La fiebre la dejó, y ella se puso a servirles.

Al anochecer, cuando el sol se ponía, le trajeron todos los enfermos y endemoniados. Toda la ciudad se agolpó a la puerta. Jesús sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. No permitía que los demonios hablaran, porque lo conocían.

Muy de mañana, siendo aún muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Simón y los que estaban con él salieron a buscarlo. Cuando lo hallaron, le dijeron: «Todos te buscan.» Él les dijo: «Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.» Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios.

Así comenzó el ministerio de Jesús, lleno de poder y autoridad, anunciando el reino de Dios y demostrando su amor y misericordia a todos los que lo buscaban. Cada paso que daba, cada palabra que pronunciaba, era como una semilla que caía en tierra fértil, preparando el camino para la salvación de la humanidad.

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