**La Profecía de Miqueas: Juicio sobre Samaria y Judá**
En los días en que los reyes Jotam, Acaz y Ezequías gobernaban sobre Judá, llegó la palabra del Señor a Miqueas, el profeta de Moreset. Era un tiempo de gran agitación en la tierra, donde la injusticia y la idolatría habían echado raíces profundas en el corazón del pueblo. El Señor, en su misericordia, decidió enviar a Miqueas para advertir a las naciones de Samaria y Judá sobre el juicio que se avecinaba.
Miqueas, un hombre de rostro severo pero de corazón compasivo, se levantó en medio del pueblo y comenzó a proclamar el mensaje que Dios le había dado. Su voz resonó como un trueno en las colinas de Judá, y su mensaje era claro: «¡Escuchen, todos los pueblos! Presten atención, tierra y todo lo que hay en ti. Que el Señor Dios sea testigo contra ustedes, el Señor desde su santo templo».
El profeta describió cómo el Señor descendía desde su morada celestial, con pasos que hacían temblar las montañas y derretir los valles como cera ante el fuego. Era una visión aterradora, pero necesaria, pues el pecado de Samaria y Judá había llegado hasta los cielos. Samaria, la capital del reino del norte, se había convertido en un lugar de idolatría y corrupción. Sus habitantes adoraban ídolos tallados, y sus líderes se enriquecían a costa de los pobres y los indefensos.
Miqueas continuó su mensaje con palabras llenas de dolor: «Porque el pecado de Samaria es como una plaga que se extiende por toda la tierra. Sus ídolos, hechos de plata y oro, son obra de manos humanas, pero no pueden salvar. Serán destruidos, y sus imágenes serán reducidas a polvo». El profeta anunció que Samaria sería arrasada, sus muros derribados y sus altares idolátricos reducidos a escombros. El juicio de Dios caería como un fuego consumidor, y no habría escapatoria para aquellos que persistían en su rebelión.
Pero el mensaje de Miqueas no se detuvo en Samaria. También se dirigió a Judá, el reino del sur, donde el pecado había comenzado a infiltrarse. «Porque el mal ha llegado hasta las puertas de Jerusalén», declaró el profeta. «La ciudad santa, donde el nombre del Señor debería ser glorificado, se ha corrompido por la injusticia y la opresión». Miqueas describió cómo los líderes de Judá conspiraban para oprimir a los pobres, cómo los jueces aceptaban sobornos y cómo los sacerdotes enseñaban por dinero. El pueblo había abandonado el camino de la justicia y se había entregado a la avaricia y la idolatría.
El profeta, con lágrimas en los ojos, anunció el castigo que vendría sobre Judá: «Por esto, Jerusalén será como un campo arado, y el monte Sión será como un montón de ruinas. El lugar donde una vez estuvo el templo del Señor será pisoteado por los enemigos, y no quedará piedra sobre piedra». Era un mensaje desgarrador, pero Miqueas sabía que era necesario. El juicio de Dios no era un acto de crueldad, sino un llamado al arrepentimiento. El Señor deseaba que su pueblo volviera a Él, que abandonara sus ídolos y sus caminos de maldad.
Miqueas también habló de la tristeza que sentiría el pueblo cuando el juicio llegara. «Lloren y lamenten», dijo, «porque el Señor ha decidido actuar. El juicio no puede ser detenido, pero aquellos que se arrepientan encontrarán misericordia». El profeta describió cómo las madres llorarían por sus hijos, cómo los hombres se rasgarían las vestiduras en señal de duelo, y cómo toda la tierra se cubriría de tristeza. Era un cuadro sombrío, pero Miqueas sabía que solo a través del dolor el pueblo podría volver a Dios.
Al final de su mensaje, Miqueas recordó al pueblo la fidelidad de Dios. «El Señor es justo», dijo, «y su juicio es perfecto. Pero Él también es misericordioso, y no desea la destrucción de su pueblo. Si se arrepienten y vuelven a Él, Él los perdonará y los restaurará». El profeta sabía que el camino del arrepentimiento no sería fácil, pero también sabía que era el único camino hacia la salvación.
Así terminó la profecía de Miqueas en aquel día, pero sus palabras resonaron en los corazones de aquellos que las escucharon. Algunos se burlaron y rechazaron el mensaje, pero otros, movidos por el Espíritu de Dios, comenzaron a buscar el rostro del Señor. El juicio vendría, pero también vendría la esperanza, porque el Dios de Israel es fiel y no abandona a los que lo buscan de todo corazón.