**La Profecía de Malaquías: El Amor de Dios y la Infidelidad de Israel**
En los días posteriores al regreso del pueblo de Israel del exilio en Babilonia, cuando el templo había sido reconstruido y los muros de Jerusalén restaurados, el profeta Malaquías fue levantado por Dios para llevar un mensaje urgente a su pueblo. Aunque el templo estaba en pie y los sacrificios se ofrecían nuevamente, el corazón del pueblo se había enfriado. La rutina religiosa había reemplazado la devoción sincera, y la infidelidad se había infiltrado en su adoración.
El Señor, en su misericordia, decidió hablar a través de Malaquías para recordarles su amor inquebrantable y confrontar su ingratitud. El profeta se paró en el atrio del templo, donde los sacerdotes y el pueblo se reunían, y con voz firme comenzó a declarar las palabras que Dios le había dado.
—
**El Amor de Dios Declarado**
«Yo os he amado, dice el Señor», comenzó Malaquías, su voz resonando como un trueno en el silencio del atrio. «Pero vosotros preguntáis: ‘¿En qué nos has amado?'»
El pueblo, acostumbrado a la rutina de los sacrificios y las fiestas, se detuvo a escuchar. Algunos fruncieron el ceño, otros murmuraron entre sí, cuestionando cómo podía Dios afirmar que los amaba cuando las cosechas eran escasas y las dificultades abundaban.
Malaquías, con mirada penetrante, continuó: «¿No era Esaú hermano de Jacob? Sin embargo, amé a Jacob, y a Esaú aborrecí. Convertí sus montañas en desolación y dejé su heredad para los chacales del desierto».
El profeta describió cómo Edom, descendiente de Esaú, había sido humillada por su orgullo y su maldad. Aunque intentaran reconstruir sus ciudades, Dios las derribaría nuevamente. En contraste, Israel, descendiente de Jacob, había sido elegido y preservado por el amor fiel de Dios. A pesar de su infidelidad, el Señor no los había abandonado.
—
**La Infidelidad de los Sacerdotes**
Pero el mensaje de Malaquías no terminaba ahí. Con voz solemne, el profeta se dirigió a los sacerdotes, quienes habían descuidado su sagrado deber de guiar al pueblo en la adoración verdadera.
«El hijo honra a su padre, y el siervo a su señor. Si, pues, yo soy vuestro Padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy vuestro Señor, ¿dónde está mi temor?», declaró Malaquías, señalando hacia el altar donde los sacerdotes ofrecían sacrificios.
Los rostros de los sacerdotes palidecieron al escuchar estas palabras. Malaquías continuó: «Vosotros menospreciáis mi nombre. Y decís: ‘¿En qué hemos menospreciado tu nombre?’ En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo».
El profeta describió cómo los sacerdotes traían animales ciegos, cojos y enfermos para los sacrificios, algo que la ley de Moisés prohibía expresamente. En lugar de ofrecer lo mejor, daban lo que no querían, profanando así el nombre de Dios. «¿No es mejor dárselo a tu gobernador? ¿Acaso se agradará de ti o te recibirá con benevolencia?», preguntó Malaquías con ironía.
—
**Un Llamado al Arrepentimiento**
Malaquías, movido por el Espíritu de Dios, exhortó al pueblo y a los sacerdotes a arrepentirse. «Ahora, pues, orad delante de Dios para que tenga misericordia de nosotros. Pero, ¿quién de vosotros cerrará las puertas del templo para que no encendáis fuego inútilmente en mi altar? No tengo complacencia en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, ni aceptaré ofrenda de vuestras manos».
El profeta les recordó que Dios es grande, no solo en Israel, sino en todas las naciones. «Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, mi nombre será grande entre las naciones. En todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una ofrenda pura, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos».
Malaquías advirtió que aquellos que profanaban el nombre de Dios con su negligencia y desobediencia serían juzgados. «Maldito el que engaña, el que teniendo en su rebaño un macho perfecto para el sacrificio, promete ofrecerlo, y en su lugar sacrifica un animal defectuoso al Señor. Porque yo soy un gran Rey, dice el Señor de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones».
—
**El Mensaje para Hoy**
El pueblo escuchó en silencio las palabras de Malaquías. Algunos se sintieron convictos, recordando cómo habían descuidado su relación con Dios. Otros, endurecidos por la rutina y la autosuficiencia, rechazaron el mensaje. Pero las palabras del profeta resonaron como un eco en sus corazones, invitándolos a volver al Señor con sinceridad y a honrarlo con lo mejor de sus vidas.
Así termina el primer capítulo de Malaquías, un llamado urgente a reconocer el amor de Dios, a arrepentirse de la infidelidad y a restaurar la adoración verdadera. Porque Dios no se complace en rituales vacíos, sino en corazones que lo aman y lo honran con integridad.