En los últimos días del profeta Daniel, cuando el pueblo de Israel se encontraba bajo el dominio de imperios extranjeros y la fe de muchos era probada, el Señor le reveló visiones profundas y misteriosas acerca del fin de los tiempos. Daniel, ya anciano y lleno de sabiduría, había sido fiel a Dios toda su vida, y ahora el Altísimo le mostraba cosas que estaban más allá de la comprensión humana.
Era una noche serena, y Daniel se encontraba en su habitación, orando y meditando en las palabras que el ángel le había entregado anteriormente. De repente, una luz celestial iluminó la estancia, y un resplandor tan intenso como el sol inundó el lugar. Daniel, temblando de reverencia, cayó de rodillas mientras dos seres celestiales aparecían ante él. Uno de ellos era el mismo ángel que le había hablado antes, y el otro era una figura aún más gloriosa, cuyo rostro brillaba como el relámpago y cuyos ojos parecían llamas de fuego. Era el arcángel Miguel, el gran príncipe que defiende al pueblo de Dios.
Miguel se colocó junto al río Tigris, y el otro ángel se acercó a Daniel, diciéndole: «Daniel, hombre muy amado, presta atención a las palabras que voy a decirte. Levántate, porque he sido enviado para darte entendimiento acerca de lo que ha de venir al final de los días». Daniel, con el corazón palpitante, se puso de pie, aunque sus piernas temblaban bajo el peso de la gloria que lo rodeaba.
El ángel continuó: «En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de angustia, como nunca lo ha habido desde que existen las naciones hasta ese momento. Pero en ese tiempo, tu pueblo será librado: todos los que se hallen inscritos en el libro de la vida». Daniel sintió un escalofrío al escuchar estas palabras, pues entendía que se refería a un período de tribulación sin precedentes, pero también a la esperanza de salvación para los fieles.
El ángel prosiguió: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, por siempre y para siempre». Daniel contempló en su mente la imagen de la resurrección, un evento que trascendía todo lo que había conocido hasta entonces. La idea de que los justos brillarían como las estrellas en el cielo lo llenó de asombro y gozo.
Sin embargo, el ángel añadió: «Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará». Daniel entendió que estas revelaciones no eran para su tiempo, sino para generaciones futuras, cuando el conocimiento de Dios se expandiría y muchos buscarían entender los misterios divinos.
En ese momento, Daniel miró hacia el río Tigris y vio a dos ángeles más, uno a cada lado del río. Uno de ellos levantó sus manos hacia el cielo y juró por el que vive para siempre, diciendo: «Todo esto será por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo. Y cuando se acabe la dispersión del poder del pueblo santo, todas estas cosas se cumplirán». Daniel no comprendía plenamente el significado de estas palabras, pero sabía que hablaban de un período definido por Dios, en el que su pueblo sería probado y luego vindicado.
Daniel, lleno de inquietud, preguntó: «Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas?». El ángel lo miró con compasión y respondió: «Anda, Daniel, porque estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin. Muchos serán limpios, emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán».
El ángel continuó: «Y desde el tiempo en que el sacrificio perpetuo sea quitado y puesta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días». Daniel meditó en estas palabras, tratando de descifrar su significado, pero el ángel le dijo: «Tú, sigue tu camino hasta el fin, y descansarás; y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días».
Con estas palabras, la visión terminó, y la luz celestial se desvaneció, dejando a Daniel en la quietud de su habitación. El profeta se sintió abrumado por la magnitud de lo que había visto y oído, pero también reconfortado por la promesa de que, al final, la justicia de Dios prevalecería. Aunque no entendía todos los detalles, confiaba en que el Señor, en su sabiduría infinita, guiaría a su pueblo a través de los tiempos difíciles que vendrían.
Daniel pasó el resto de sus días en oración y meditación, compartiendo con los sabios de su pueblo las revelaciones que podían ser comprendidas, pero guardando en su corazón los misterios que solo el tiempo desvelaría. Y así, el profeta fiel esperó con paciencia el cumplimiento de las promesas de Dios, sabiendo que, al final de los días, los justos resplandecerían como las estrellas en el firmamento, y el reino de Dios sería establecido para siempre.