**El Sabio y el Necio: Una Historia Basada en Proverbios 10**
En una pequeña aldea rodeada de colinas verdes y campos fértiles, vivían dos hombres cuyas vidas eran tan diferentes como el día y la noche. Uno se llamaba Eliab, conocido por su sabiduría y diligencia; el otro era Talmai, famoso por su pereza y su lengua imprudente. La aldea, llamada Sión de los Olivos, era un lugar donde las enseñanzas de los antiguos sabios eran recordadas y transmitidas de generación en generación. Allí, el libro de los Proverbios era especialmente valorado, y sus palabras resonaban en los corazones de quienes buscaban vivir conforme a la voluntad de Dios.
Eliab era un hombre de rostro sereno y manos callosas. Desde el amanecer hasta el atardecer, trabajaba en su campo con esmero, sembrando semillas de trigo y cuidando de sus viñedos. Su esposa, una mujer prudente llamada Abigail, tejía ropas finas y administraba el hogar con sabiduría. Juntos, criaban a sus hijos en el temor del Señor, enseñándoles que «el hijo sabio alegra al padre, pero el hijo necio es tristeza de su madre» (Proverbios 10:1). Eliab sabía que sus esfuerzos no solo proveían para su familia, sino que también honraban a Dios, pues «la bendición del Señor es la que enriquece, y no añade tristeza con ella» (Proverbios 10:22).
Por otro lado, Talmai vivía en una casa descuidada al borde del pueblo. Sus campos estaban llenos de maleza, y sus viñas daban frutos escasos y agrios. Talmai prefería pasar sus días en la plaza, contando chismes y burlándose de los demás. Su lengua era como «un torbellino que todo lo arrasa» (Proverbios 10:25), y sus palabras causaban discordia entre los vecinos. A menudo, se jactaba de sus planes grandiosos, pero nunca los llevaba a cabo. «El que recoge en el verano es hombre prudente, pero el que duerme en el tiempo de la siega es hombre que causa vergüenza» (Proverbios 10:5), decían los ancianos del pueblo al verlo holgazanear.
Un año, la aldea enfrentó una sequía severa. Los arroyos se secaron, y el sol abrasador amenazaba con marchitar las cosechas. Eliab, confiando en la providencia de Dios, había almacenado grano y agua durante los años de abundancia. Su familia no pasó hambre, y él incluso compartió sus provisiones con los necesitados. «El justo nunca será removido, pero los impíos no habitarán la tierra» (Proverbios 10:30), decía Eliab mientras repartía pan y agua a los ancianos y niños del pueblo.
Talmai, en cambio, no había preparado nada. Sus campos estaban secos, y sus almacenes vacíos. Desesperado, comenzó a robar de los graneros de sus vecinos, pero fue descubierto y llevado ante los ancianos del pueblo. «El que camina en integridad anda confiado, pero el que pervierte sus caminos será descubierto» (Proverbios 10:9), le recordaron los líderes del pueblo. Talmai, avergonzado, prometió cambiar, pero sus palabras eran vacías, como «el rocío que pasa» (Proverbios 10:26).
Con el tiempo, la vida de Eliab floreció como un árbol plantado junto a corrientes de agua. Sus hijos crecieron fuertes y sabios, y su hogar fue un refugio de paz y bendición. «La boca del justo es manantial de vida» (Proverbios 10:11), y las palabras de Eliab edificaban a quienes lo escuchaban. Talmai, sin embargo, continuó en su camino de necedad. Sus mentiras lo aislaron, y su pereza lo llevó a la pobreza. «Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean» (Proverbios 10:24).
Un día, Talmai cayó gravemente enfermo. Nadie en el pueblo quiso ayudarlo, pues sus acciones habían sembrado desconfianza. Solo Eliab, movido por compasión, lo visitó y le llevó comida y medicinas. «El odio despierta rencillas, pero el amor cubrirá todas las faltas» (Proverbios 10:12), le dijo Eliab mientras cuidaba de Talmai. Aunque Talmai se recuperó, nunca olvidó la bondad de Eliab, y comenzó a reflexionar sobre su vida.
Con el tiempo, Talmai cambió. Aprendió a trabajar duro y a guardar silencio cuando sus palabras podían causar daño. Aunque nunca alcanzó la prosperidad de Eliab, encontró paz en vivir honestamente. «El que anda en integridad anda confiado» (Proverbios 10:9), repetía Talmai, recordando las enseñanzas que había despreciado por tanto tiempo.
Así, en la aldea de Sión de los Olivos, las palabras de Proverbios 10 cobraron vida a través de las historias de Eliab y Talmai. Los habitantes aprendieron que «el temor del Señor prolonga los días, pero los años de los impíos serán acortados» (Proverbios 10:27). Y aunque la vida estaba llena de desafíos, aquellos que caminaban en sabiduría y justicia encontraban bendición y paz, pues «el camino del Señor es fortaleza para el íntegro, pero es destrucción para los que hacen maldad» (Proverbios 10:29).