**La Noche de la Liberación: Éxodo 12**
Era una noche como ninguna otra en la tierra de Egipto. El aire estaba cargado de tensión, como si el mismo cielo contuviera la respiración, esperando el cumplimiento de una promesa que había resonado a través de los siglos. Los israelitas, esclavizados por generaciones bajo el yugo del faraón, se preparaban en silencio dentro de sus hogares. Moisés, el elegido por Dios, había transmitido las instrucciones divinas con una solemnidad que dejaba claro que esta no era una noche cualquiera. Era la víspera de su liberación, la noche en que el Señor pasaría por Egipto para ejecutar su juicio y redimir a su pueblo.
El sol se había ocultado horas atrás, y la luna brillaba tenuemente en el cielo, iluminando las calles de Gosén, donde habitaban los israelitas. En cada casa, las familias se reunían en torno a una cena que no era como las demás. Un cordero sin defecto, seleccionado con cuidado cuatro días antes, había sido sacrificado al atardecer. Su sangre, roja y vital, había sido recogida en un recipiente y aplicada con hisopo en los postes y el dintel de las puertas. El olor a carne asada al fuego llenaba el aire, mezclándose con el aroma de hierbas amargas y panes sin levadura que se cocían rápidamente sobre piedras calientes.
Dentro de las casas, las familias comían de pie, con los lomos ceñidos, sandalias en los pies y bastones en las manos, listos para partir en cualquier momento. Los niños, curiosos y algo asustados, preguntaban a sus padres por qué esta noche era diferente de todas las demás. Y los padres, con voz solemne, les explicaban cómo Dios los había elegido para ser su pueblo, cómo los había liberado de la esclavitud con mano poderosa y brazo extendido, y cómo esta noche sería recordada por todas las generaciones como la Pascua del Señor.
Afuera, en las calles de Egipto, un silencio inquietante se extendía. Los egipcios, aunque no entendían completamente lo que sucedía, sentían el peso de una presencia divina que los rodeaba. Las plagas anteriores habían dejado su marca: el Nilo teñido de sangre, las ranas, los piojos, las moscas, la muerte del ganado, las úlceras, el granizo, las langostas y la oscuridad que había cubierto la tierra durante tres días. Pero esta noche era diferente. Esta noche, el ángel de la muerte pasaría por toda la tierra de Egipto, y en cada casa donde no hubiera sangre en los postes, el primogénito moriría.
En el palacio del faraón, la tensión era palpable. El gobernante de Egipto, endurecido por su orgullo y su rechazo a reconocer al Dios de Israel, se sentaba en su trono, rodeado de sus consejeros. Aunque había sido testigo del poder de Dios a través de las plagas, su corazón permanecía obstinado. Pero esa noche, incluso él no podía ignorar el presentimiento de que algo terrible estaba por suceder.
A medianoche, un grito desgarrador resonó en la oscuridad. Era el lamento de una madre egipcia que había encontrado a su hijo primogénito sin vida. Pronto, otros gritos se unieron al primero, llenando las calles de un clamor de dolor y desesperación. En cada hogar egipcio, desde el más humilde hasta el más noble, la muerte había entrado. Solo en las casas de los israelitas, marcadas con la sangre del cordero, había paz y protección.
El faraón, al enterarse de la muerte de su propio hijo, se levantó de su trono con el rostro desencajado. Finalmente, su corazón se quebrantó. Con voz temblorosa, llamó a Moisés y a Aarón durante la noche y les dijo: «¡Levántense! Salgan de en medio de mi pueblo, ustedes y los israelitas. Vayan a adorar al Señor, como han dicho. Llévense también sus ovejas y sus vacas, y váyanse. Y pídanme también una bendición».
Los israelitas, que habían estado listos para partir, no perdieron tiempo. Con prisa, recogieron sus pertenencias y las masas de pan sin levadura que aún no habían fermentado. Las mujeres egipcias, movidas por el temor y el respeto, les dieron joyas de plata y oro, y vestidos, tal como el Señor había dicho. Así, los israelitas despojaron a los egipcios, cumpliendo la promesa que Dios había hecho a Abraham siglos atrás: que su descendencia saldría de Egipto con grandes riquezas.
Miles de personas, hombres, mujeres y niños, comenzaron a marchar hacia el este, guiados por Moisés y Aarón. El pueblo no era pequeño; eran seiscientos mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños. Además, una gran multitud de gente de toda clase los acompañaba, junto con numerosas ovejas y vacas. Era un éxodo monumental, una procesión de liberación que marcaba el inicio de un nuevo capítulo en la historia de Israel.
Mientras caminaban, el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, iluminando el camino hacia la libertad. Detrás de ellos, Egipto quedaba sumido en el luto y la confusión. Pero para los israelitas, esta era la aurora de una nueva vida, una vida en la que serían el pueblo de Dios, guiados por su mano poderosa hacia la tierra prometida.
Y así, aquella noche quedó grabada en la memoria de Israel como la Pascua del Señor, una fiesta que celebrarían por todas las generaciones. Cada año, al conmemorar esta noche, recordarían cómo la sangre del cordero los había protegido, cómo el juicio de Dios había pasado sobre ellos sin tocarlos, y cómo el Señor los había redimido con brazo fuerte y mano poderosa. Era un recordatorio perpetuo de que Dios es fiel a sus promesas, y de que su misericordia y justicia se entrelazan en el plan perfecto de redención.
Y así, la historia de la liberación de Israel se convirtió en un testimonio eterno del poder y la fidelidad de Dios, un faro de esperanza para todos aquellos que confían en su promesa de salvación.