Biblia Sagrada

La Sanación de Naamán: Fe, Humildad y Obediencia

**La Sanación de Naamán: Un Relato de Fe y Humildad**

En los días del profeta Eliseo, en el reino de Israel, había un hombre llamado Naamán, comandante del ejército del rey de Siria. Naamán era un hombre valiente y respetado, pero sufría de una terrible enfermedad: la lepra. Aunque era un guerrero poderoso y había ganado muchas batallas para su rey, la lepra lo afligía profundamente, tanto en su cuerpo como en su espíritu. En aquellos días, la lepra no solo era una enfermedad física, sino también una carga social y espiritual, pues separaba a los enfermos de la comunidad y los hacía sentirse impuros ante Dios y los hombres.

Un día, una joven israelita, que había sido capturada en una de las incursiones sirias y servía como esclava en la casa de Naamán, habló con la esposa de este. Con una voz llena de esperanza, la joven dijo: «Si mi señor Naamán estuviera delante del profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra». Estas palabras, pronunciadas con fe sencilla pero firme, llegaron a oídos de Naamán, quien decidió actuar de inmediato.

Naamán fue ante su rey y le contó lo que la joven había dicho. El rey de Siria, deseando ayudar a su valiente comandante, escribió una carta para el rey de Israel. En ella decía: «Con esta carta envío a ti a mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra». Naamán partió hacia Israel llevando consigo la carta, además de diez talentos de plata, seis mil piezas de oro y diez mudas de ropa fina, como regalos para el profeta.

Al llegar a Samaria, Naamán entregó la carta al rey de Israel. Cuando el rey leyó la carta, se angustió profundamente y rasgó sus vestiduras, exclamando: «¿Acaso soy yo Dios, para dar muerte o dar vida? ¿Por qué este hombre me envía a mí a que sane a alguien de su lepra? ¡Seguramente está buscando una excusa para provocarme!» El rey de Israel entendió que la petición era imposible para él, pues solo Dios podía sanar una enfermedad como la lepra.

Pero Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de lo sucedido y envió un mensaje al rey: «¿Por qué te has angustiado? Envía a Naamán a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel». Entonces, Naamán fue a la casa de Eliseo con sus carros y sus siervos. Sin embargo, cuando llegó, Eliseo no salió a recibirlo personalmente. En lugar de eso, envió a un mensajero con una instrucción sencilla pero desconcertante: «Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu carne será restaurada, y quedarás limpio».

Naamán, acostumbrado a ser tratado con honor y respeto, se enfureció. Con voz indignada, dijo: «¡Yo pensé que el profeta saldría a recibirme, invocaría el nombre del Señor su Dios, movería su mano sobre la parte afectada y me sanaría! ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no son mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría lavarme en ellos y quedar limpio?» Y dando media vuelta, se marchó lleno de ira.

Pero sus siervos, viendo la reacción de su señor, se acercaron a él con sabiduría y le dijeron: «Padre mío, si el profeta te hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si solo te dice: ‘Lávate y serás limpio’!» Estas palabras hicieron reflexionar a Naamán. Reconociendo su orgullo y su error, decidió obedecer la palabra del profeta.

Naamán bajó al río Jordán y se sumergió en sus aguas siete veces, tal como Eliseo le había indicado. Al salir del agua por séptima vez, sucedió algo milagroso: su piel, antes cubierta de llagas y manchas, se volvió tan suave y pura como la de un niño. Naamán estaba completamente curado. La lepra había desaparecido, y con ella, la carga que había llevado por tanto tiempo.

Lleno de gratitud y asombro, Naamán regresó a la casa de Eliseo con sus siervos. Esta vez, se presentó ante el profeta con humildad y dijo: «Ahora sé que no hay Dios en toda la tierra, sino solo en Israel. Te ruego que aceptes un regalo de tu siervo». Pero Eliseo, fiel a su misión de glorificar a Dios y no a sí mismo, se negó a aceptar cualquier recompensa. «Vive el Señor, ante quien estoy, que no aceptaré nada», respondió el profeta.

Naamán, impresionado por la integridad de Eliseo, hizo una petición más: «Permite que tu siervo tome una carga de tierra de este lugar, porque tu siervo no ofrecerá más holocaustos ni sacrificios a otros dioses, sino solo al Señor». Además, pidió perdón por tener que acompañar a su rey al templo de Rimón, un dios falso, aunque prometió no adorarlo, sino solo cumplir con su deber.

Eliseo lo despidió con una bendición, y Naamán partió lleno de alegría y paz. Había experimentado no solo la sanación física, sino también un encuentro transformador con el Dios verdadero. Su fe, nacida de la obediencia y la humildad, se convirtió en un testimonio poderoso de la gracia y el poder de Dios.

Así, la historia de Naamán nos enseña que la verdadera sanación y salvación no provienen de nuestros méritos o riquezas, sino de la obediencia humilde a la palabra de Dios. Y aunque a veces sus instrucciones puedan parecer simples o desconcertantes, siempre llevan consigo un propósito mayor: glorificar su nombre y transformar nuestras vidas.

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