Biblia Sagrada

La Paz de Dios en Filipos: Una Comunidad Transformada

**La Paz que Sobrepasa Todo Entendimiento**

En la antigua ciudad de Filipos, una comunidad de creyentes se reunía en una pequeña casa cerca del río Gangites. Era un lugar humilde, pero lleno de amor y fe. Pablo, el apóstol, les había escrito una carta desde su prisión en Roma, y aquel día, el líder de la congregación, Epafrodito, decidió leerla en voz alta para todos. La carta contenía palabras de ánimo, exhortación y una profunda enseñanza sobre la paz de Dios.

Era una tarde tranquila. El sol se filtraba por las ventanas de la casa, iluminando los rostros expectantes de los creyentes. Epafrodito tomó el pergamino y comenzó a leer:

*»Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!»*

Las palabras resonaron en el aire, y los presentes se miraron entre sí, recordando las dificultades que enfrentaban. Algunos habían perdido sus empleos debido a su fe, otros eran perseguidos por sus vecinos, y algunos incluso habían sido encarcelados. Sin embargo, Pablo les recordaba que su gozo no dependía de las circunstancias, sino de su relación con Cristo.

Epafrodito continuó leyendo: *»Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca.»*

Un anciano llamado Lucas, quien había sido médico antes de convertirse en seguidor de Jesús, asintió con la cabeza. Recordaba cómo, en su juventud, había luchado con la ira y el orgullo. Pero ahora, gracias a la obra de Cristo en su vida, había aprendido a ser amable y paciente, incluso con aquellos que lo maltrataban.

La lectura continuó: *»Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.»*

Una joven llamada Lidia, quien había sido la primera en abrir su corazón al evangelio cuando Pablo visitó Filipos, sintió una lágrima rodar por su mejilla. Ella había estado luchando con la ansiedad por el futuro de su familia. Pero las palabras de Pablo le recordaron que podía llevar todas sus preocupaciones a Dios en oración, confiando en que Él cuidaría de ellos.

Epafrodito hizo una pausa y miró a la congregación. «Hermanos,» dijo, «Pablo nos está enseñando que no debemos dejar que el miedo y la ansiedad nos controlen. En lugar de eso, debemos orar con acción de gracias, confiando en que Dios escucha y responde.»

Luego, continuó leyendo: *»Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.»*

Un silencio reverente llenó la habitación. Todos podían sentir la presencia de Dios, como una brisa suave que calmaba sus corazones. La paz de la que Pablo hablaba no era como la paz del mundo, que dependía de circunstancias externas. Era una paz profunda, que venía de saber que Dios estaba en control, sin importar lo que sucediera.

Epafrodito terminó de leer la carta con las últimas exhortaciones de Pablo: *»Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.»*

Los creyentes comenzaron a compartir cómo estas palabras habían tocado sus vidas. Uno habló de cómo había aprendido a perdonar a un vecino que lo había traicionado. Otro compartió cómo había encontrado paz en medio de una enfermedad grave. Lidia testificó de cómo había dejado de preocuparse por el futuro y había comenzado a confiar en Dios día a día.

Al final de la reunión, Epafrodito oró: «Padre celestial, te damos gracias por tu paz que sobrepasa todo entendimiento. Ayúdanos a regocijarnos en ti siempre, a ser gentiles con todos, y a llevar nuestras preocupaciones a ti en oración. Guárdanos en tu amor y llénanos de tu Espíritu Santo, para que podamos vivir vidas que glorifiquen tu nombre. En el nombre de Jesús, amén.»

Mientras los creyentes salían de la casa, el sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de tonos dorados y rosados. Aunque las circunstancias externas no habían cambiado, sus corazones estaban llenos de una paz que el mundo no podía entender. Sabían que, sin importar lo que enfrentaran, Dios estaba con ellos, y eso era suficiente.

Y así, la comunidad de Filipos continuó viviendo como luz en medio de la oscuridad, llevando la paz de Cristo a todos los que encontraban. Porque, como Pablo les había enseñado, la paz de Dios no era algo que se pudiera explicar con palabras, sino algo que se experimentaba en el corazón, cuando se confiaba en Aquel que es fiel.

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