**La Historia de Jeremías y los Remanentes de Judá**
En los días turbulentos que siguieron a la caída de Jerusalén, cuando el ejército babilonio había arrasado la ciudad santa y llevado cautivo al rey Sedequías junto con gran parte del pueblo, un remanente de judíos quedó en la tierra de Judá. Estos eran hombres, mujeres y niños que habían escapado de la espada, el hambre y la destrucción. Entre ellos se encontraban líderes como Johanán, hijo de Carea, y Azarías, hijo de Osaías, quienes buscaban dirección en medio del caos.
El profeta Jeremías, quien había sido liberado por los babilonios después de la caída de la ciudad, permanecía entre ellos. Aunque Jeremías había sido rechazado y perseguido durante años por anunciar el juicio de Dios, ahora era visto como un hombre de sabiduría y conexión divina. Los líderes del remanente se acercaron a él con una petición solemne.
—Por favor, escucha nuestra súplica —rogó Johanán, inclinándose ante Jeremías—. Intercede ante el Señor tu Dios por nosotros, por este pequeño remanente que queda. Somos pocos, pero anhelamos saber qué camino tomar. ¿Debemos quedarnos aquí en Judá, o debemos huir a Egipto para escapar de los babilonios? Dinos qué quiere el Señor, y nosotros obedeceremos.
Jeremías, con su rostro marcado por años de sufrimiento y profecías difíciles, los miró con compasión. Sabía que el corazón humano era propenso a la rebelión, pero también conocía la misericordia de Dios. Con voz firme, respondió:
—Escucharé vuestra petición y oraré al Señor, tal como lo habéis pedido. No ocultaré nada de lo que Él me revele, sea bueno o malo. Os prometo que os diré toda la palabra del Señor.
Los líderes y el pueblo asintieron con solemnidad. —Que el Señor sea testigo fiel y verdadero entre nosotros —dijeron—. Haremos todo lo que el Señor nos ordene a través de ti. Ya sea que nos hable de bien o de mal, obedeceremos su voz, para que nos vaya bien.
Jeremías se retiró a un lugar apartado para orar. Durante diez días, el profeta buscó el rostro de Dios, clamando por dirección para el pueblo. Finalmente, el Señor le habló con claridad. Jeremías reunió a Johanán, Azarías y todo el pueblo para compartir el mensaje divino.
—Así dice el Señor, el Dios de Israel, a quien me enviasteis para presentar vuestras súplicas: Si os quedáis en esta tierra, yo os edificaré y no os derribaré; os plantaré y no os arrancaré. Porque me arrepiento del mal que os he hecho. No temáis al rey de Babilonia, a quien tanto teméis. No le temáis, porque yo estoy con vosotros para salvaros y libraros de su mano. Yo tendré misericordia de vosotros, y él también tendrá compasión y os dejará habitar en vuestra tierra.
El pueblo escuchó en silencio, pero Jeremías no había terminado. El rostro del profeta se oscureció mientras continuaba:
—Pero si decís: “No nos quedaremos en esta tierra”, y desobedecéis la voz del Señor vuestro Dios, diciendo: “No, iremos a la tierra de Egipto, donde no veremos guerra, ni oiremos sonar trompetas, ni pasaremos hambre, y allí habitaremos”, entonces escuchad la palabra del Señor, oh remanente de Judá: Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Si vosotros ponéis vuestro rostro para entrar en Egipto y vais a habitar allí, la espada que teméis os alcanzará allí en la tierra de Egipto; el hambre que teméis os seguirá de cerca allí en Egipto, y allí moriréis. Todos los hombres que pongan su rostro para entrar en Egipto y habitar allí morirán por la espada, el hambre y la pestilencia. No quedarán de ellos ni escapará ninguno del mal que yo traeré sobre ellos.
Jeremías hizo una pausa, permitiendo que sus palabras resonaran en los corazones de los oyentes. Luego, con voz aún más firme, añadió:
—Porque así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: Así como mi ira y mi furor se derramaron sobre los habitantes de Jerusalén, así se derramará mi furor sobre vosotros si vais a Egipto. Seréis una maldición, un asombro, una execración y un oprobio, y no veréis más este lugar. El Señor os ha dicho, oh remanente de Judá: No vayáis a Egipto. Sabed, pues, que hoy os he advertido.
El pueblo escuchó en silencio, pero sus corazones ya estaban divididos. Aunque habían jurado obedecer la voz del Señor, el miedo y la desconfianza los consumían. Johanán y Azarías intercambiaron miradas de duda, murmurando entre sí.
—Jeremías no dice la verdad —susurró Azarías—. Baruc, su escriba, lo ha incitado en nuestra contra para entregarnos en manos de los babilonios, para que nos maten o nos lleven cautivos.
Johanán asintió en silencio, y pronto la rebelión se extendió entre el pueblo. A pesar de la advertencia clara de Dios, decidieron seguir su propio camino. Tomaron a Jeremías y a Baruc, y partieron hacia Egipto, llevándose consigo a hombres, mujeres, niños y las hijas del rey que habían quedado bajo el cuidado de Gedalías.
Jeremías caminó entre ellos con el corazón pesado. Sabía que su desobediencia traería consecuencias terribles, pero también sabía que había cumplido fielmente su papel como profeta. Mientras cruzaban la frontera hacia Egipto, el profeta levantó sus ojos al cielo y oró en silencio:
—Señor, tú eres justo. Tú has hablado, y ellos no han escuchado. Que tu voluntad se cumpla.
Así, el remanente de Judá entró en Egipto, llevando consigo la desobediencia y el juicio inevitable. Jeremías, fiel hasta el final, continuó proclamando la palabra del Señor, incluso en tierra extranjera, recordando a todos que la verdadera seguridad solo se encuentra en la obediencia a Dios.