En el año en que el rey Joaquín de Judá fue llevado cautivo a Babilonia, la palabra del Señor vino al profeta Ezequiel, hijo de Buzi, en la tierra de los caldeos. El Señor le dijo: «Hijo de hombre, propón un enigma y relata una parábola a la casa de Israel. Dile: ‘Así dice el Señor Dios: Una gran águila, de poderosas alas y largas plumas, llena de plumaje de diversos colores, vino al Líbano y arrancó la copa de un cedro. Tomó la más alta de las ramas y la llevó a una tierra de mercaderes, la plantó en una ciudad de comerciantes'».
Ezequiel continuó, describiendo la visión que el Señor le había dado: «Esta águila, majestuosa y poderosa, representaba al rey de Babilonia, Nabucodonosor, quien había llegado a Jerusalén y tomado al rey Joaquín, junto con los príncipes y los nobles de Judá, y los había llevado cautivos a Babilonia. La copa del cedro arrancada simbolizaba a la familia real y a los líderes de Judá, arrancados de su tierra y transplantados a un lugar lejano».
El profeta continuó: «Luego, el rey de Babilonia tomó a uno de la descendencia real, un vástago del linaje de David, y lo puso bajo juramento. Este vástago era Sedequías, a quien Nabucodonosor hizo rey de Judá en lugar de Joaquín. Sedequías hizo un pacto con el rey de Babilonia, prometiendo lealtad y sumisión. Pero Sedequías no cumplió su juramento, sino que se rebeló contra Nabucodonosor, buscando ayuda en Egipto, como si una vid plantada junto a aguas abundantes pudiera sobrevivir sin raíces profundas».
Ezequiel, con voz solemne, explicó: «El Señor dice: ‘¿Acaso prosperará esta vid? ¿No arrancará el rey de Babilonia sus raíces y cortará sus frutos, dejándola seca y marchita? No se necesitará un ejército poderoso para arrancarla de raíz; bastará con un viento del este para secarla en su propio suelo’. Sedequías confió en Egipto, pero Egipto no era más que una caña quebrada que perforaría la mano de quien se apoyara en ella. Así, el rey de Babilonia regresó a Jerusalén, capturó a Sedequías, lo llevó a Babilonia y lo juzgó por su traición».
El profeta continuó con la parábola: «Pero el Señor no ha abandonado a su pueblo. Así dice el Señor Dios: ‘Yo mismo tomaré un renuevo del cedro más alto, de la copa de sus ramas, y lo plantaré en un monte alto y sublime. En el monte santo de Israel lo plantaré, y echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro majestuoso. Debajo de él habitarán toda clase de aves; a la sombra de sus ramas habitarán todas las aves de toda pluma’. Este renuevo representa al Mesías prometido, un descendiente de David que será plantado por el Señor mismo. Él establecerá un reino eterno, un reino de justicia y paz, donde todas las naciones encontrarán refugio».
Ezequiel concluyó con una advertencia y una promesa: «Así dice el Señor Dios: ‘Yo humillo al árbol elevado y elevo al árbol humillado; hago secar el árbol verde y hago florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré’. El orgullo de los reyes y las naciones será derribado, pero el humilde y el justo serán exaltados. El Señor cumplirá su palabra, y todo ojo verá su gloria».
El pueblo escuchó en silencio, reflexionando sobre las palabras del profeta. La parábola de las águilas y los cedros les recordaba que la soberanía de Dios está por encima de los reinos humanos, y que su plan de redención se cumplirá, a pesar de la rebelión y la infidelidad de los hombres. Y así, la esperanza en el Mesías prometido brilló en sus corazones, como un rayo de luz en medio de la oscuridad.