En el año duodécimo del reinado del rey Asuero, en el mes de Adar, el pueblo judío se preparó para enfrentar el día que había sido decretado para su destrucción. Sin embargo, gracias a la valentía de la reina Ester y la intervención divina, el edicto que los condenaba había sido revocado. Ahora, los judíos tenían el derecho de defenderse de sus enemigos. El ambiente en las provincias del imperio persa estaba cargado de tensión, pero también de esperanza, pues el pueblo de Dios confiaba en que el Señor no los abandonaría.
En Susa, la capital del imperio, las calles estaban llenas de murmullos y preparativos. Los judíos se reunían en sus hogares, orando y ayunando, pidiendo la protección del Altísimo. Los líderes de las comunidades organizaban a los hombres capaces de luchar, asegurándose de que estuvieran listos para defender a sus familias. En cada rincón de la ciudad, se podía sentir la presencia de Dios, como un manto protector que envolvía a su pueblo.
El día trece de Adar llegó, y con él, el momento de la confrontación. Los enemigos de los judíos, que habían planeado su exterminio, se encontraron con una resistencia feroz. En cada provincia, los judíos se levantaron como un solo hombre, unidos por su fe y su determinación. En Susa, la batalla fue especialmente intensa. Las calles se llenaron de gritos y el sonido de espadas chocando, pero los judíos, fortalecidos por su confianza en Dios, lucharon con valentía.
El rey Asuero, desde su palacio, observaba con asombro cómo su reina, Ester, intercedía por su pueblo. Ella, vestida con ropas reales, se presentó ante él con humildad y firmeza, recordándole que los judíos eran su familia y que su salvación era también su propia salvación. El rey, movido por el amor que sentía por Ester y por la justicia que ella representaba, extendió su cetro hacia ella, asegurándole su apoyo.
Al caer la noche, el campo de batalla estaba cubierto de los cuerpos de los enemigos de los judíos. En Susa, quinientos hombres habían sido derrotados, y en las provincias, setenta y cinco mil. Los judíos, aunque exhaustos, estaban llenos de gratitud hacia Dios, quien había obrado un gran milagro en su favor. No habían tomado botín, pues su lucha no era por riquezas, sino por su supervivencia y la preservación de su fe.
Al día siguiente, Ester se presentó nuevamente ante el rey. Con lágrimas en los ojos, le pidió que se permitiera a los judíos de Susa continuar defendiéndose al día siguiente, pues aún había enemigos que buscaban su destrucción. El rey, conmovido por la sinceridad de su reina, accedió a su petición. Así, el día catorce de Adar, los judíos de Susa volvieron a luchar, derrotando a otros trescientos hombres.
Cuando finalmente llegó la paz, los judíos celebraron con gran alegría. En las provincias, el día catorce de Adar fue un día de banquete y regocijo, mientras que en Susa, celebraron el día quince. Fue entonces cuando Ester y Mardoqueo, su primo y mentor, establecieron la fiesta de Purim, un tiempo para recordar cómo Dios había convertido el luto en alegría y el llanto en celebración.
En cada hogar judío, se leía la historia de Ester, recordando cómo una joven huérfana había sido elevada a la posición de reina para salvar a su pueblo. Se compartían manjares y se enviaban regalos a los pobres, siguiendo las instrucciones de Ester y Mardoqueo. Los niños corrían por las calles, disfrazados como héroes de la historia, mientras los adultos cantaban salmos de alabanza al Señor.
Y así, año tras año, la fiesta de Purim se convirtió en un recordatorio perpetuo de la fidelidad de Dios. En cada generación, los judíos contaban a sus hijos cómo el Altísimo había obrado a través de personas comunes para realizar su voluntad. La historia de Ester no solo era un relato de valentía y estrategia, sino un testimonio de cómo Dios usa a quienes están dispuestos a confiar en Él, incluso en los momentos más oscuros.
Y así, el nombre del Señor fue glorificado, y su pueblo recordó que, aunque las circunstancias parezcan insuperables, el poder de Dios es mayor que cualquier decreto humano. La luz de la fe brilló en medio de la oscuridad, y el pueblo judío continuó su camino, fortalecido por la promesa de que el Dios de Israel nunca los abandonaría.