Biblia Sagrada

Libertad en Cristo y el Fruto del Espíritu en Galacia

**La Libertad en Cristo y el Fruto del Espíritu**

En una pequeña ciudad de Galacia, rodeada de colinas verdes y cielos azules, se reunía una comunidad de creyentes que había escuchado el mensaje de Pablo, el apóstol de Cristo. Eran personas de diferentes orígenes: judíos, gentiles, ricos, pobres, hombres y mujeres. Todos habían sido tocados por la gracia de Dios y habían aceptado a Jesús como su Salvador. Sin embargo, no todo era armonía en aquel lugar. Algunos habían comenzado a discutir sobre la ley de Moisés, insistiendo en que los creyentes debían circuncidarse y seguir las tradiciones judías para ser verdaderamente salvos. Otros, en cambio, defendían la libertad que Cristo les había dado.

Pablo, al enterarse de estas disputas, decidió escribirles una carta. Con manos temblorosas de emoción y convicción, tomó el papiro y comenzó a plasmar las palabras que el Espíritu Santo le inspiraba. Su mensaje era claro y poderoso: *»Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permanezcan firmes y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud»* (Gálatas 5:1).

En su carta, Pablo les recordó que Cristo no los había liberado para que volvieran a las cadenas de la ley, sino para que vivieran en la plenitud de su gracia. Les advirtió que si confiaban en la circuncisión o en cualquier obra de la ley para ser salvos, estarían rechazando el sacrificio de Jesús en la cruz. *»De Cristo se han separado, ustedes que tratan de ser justificados por la ley; de la gracia han caído»* (Gálatas 5:4), escribió con tristeza.

Pero Pablo no se detuvo allí. Sabía que la libertad en Cristo no era una licencia para pecar, sino una oportunidad para servir a los demás con amor. *»Porque ustedes, hermanos, fueron llamados a libertad; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros»* (Gálatas 5:13). Les explicó que toda la ley se resumía en un solo mandamiento: *»Amarás a tu prójimo como a ti mismo»* (Gálatas 5:14).

Sin embargo, Pablo también les advirtió sobre los peligros de vivir según los deseos de la carne. Con palabras vívidas, describió las obras de la carne: *»Las obras de la carne son evidentes: inmoralidad sexual, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, divisiones, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes»* (Gálatas 5:19-21). Les recordó que aquellos que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Pero Pablo no quería que se desanimaran. Les habló de la vida en el Espíritu, una vida llena de poder y transformación. *»Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley»* (Gálatas 5:22-23). Les animó a caminar en el Espíritu, a dejarse guiar por Él en cada paso, a crucificar la carne con sus pasiones y deseos.

En la ciudad de Galacia, los creyentes comenzaron a reflexionar sobre las palabras de Pablo. Algunos, que habían estado discutiendo sobre la circuncisión, se dieron cuenta de que estaban perdiendo de vista lo esencial: el amor de Cristo. Otros, que habían caído en pecados como la envidia y las divisiones, se arrepintieron y buscaron la ayuda del Espíritu Santo para cambiar.

Uno de ellos, un hombre llamado Lucas, había sido conocido por su temperamento explosivo. Cada vez que alguien lo contrariaba, estallaba en ira, causando dolor a su familia y amigos. Pero al leer la carta de Pablo, Lucas sintió una profunda convicción. Se arrodilló y oró: *»Señor, no quiero vivir según la carne. Quiero caminar en tu Espíritu. Ayúdame a ser paciente, a tener dominio propio, a reflejar tu amor»*. Con el tiempo, Lucas comenzó a cambiar. Su familia notó que ya no gritaba, sino que escuchaba con paciencia. Sus amigos vieron en él una paz que antes no tenía.

Otro creyente, una mujer llamada Miriam, había luchado con la envidia. Siempre comparaba su vida con la de los demás y se sentía insatisfecha. Pero al meditar en el fruto del Espíritu, Miriam comprendió que el gozo no dependía de las circunstancias, sino de la presencia de Cristo en su vida. Comenzó a agradecer a Dios por todo lo que tenía y a servir a los demás con un corazón generoso.

La comunidad de Galacia comenzó a florecer. Aunque no eran perfectos, buscaban vivir en el Espíritu, amándose unos a otros y reflejando el carácter de Cristo. Pablo, al enterarse de su transformación, se llenó de alegría y alabó a Dios por su obra en sus vidas.

Y así, la carta de Pablo a los Gálatas se convirtió en un recordatorio eterno de la libertad que tenemos en Cristo y de la vida abundante que Él nos ofrece cuando caminamos en el Espíritu. *»Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu»* (Gálatas 5:25), escribió Pablo, y esas palabras resonaron en los corazones de los creyentes de Galacia y en los nuestros hoy.

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