Biblia Sagrada

La Intimidad de Moisés con Dios en el Desierto

**La Intimidad de Moisés con Dios**

En el desierto, bajo un cielo vasto y lleno de estrellas, el pueblo de Israel acampaba cerca del monte Sinaí. Habían pasado por momentos de gloria y de fracaso, de obediencia y de rebelión. El becerro de oro aún pesaba en sus conciencias, y la presencia de Dios, que antes parecía tan cercana, ahora se sentía distante. Moisés, el hombre escogido por Dios para guiar a su pueblo, cargaba con el peso de la responsabilidad y la intercesión.

El Señor le había dicho a Moisés: «Ve, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: ‘A tu descendencia la daré’. Pero yo no subiré en medio de ti, porque eres un pueblo de dura cerviz; no sea que te consuma en el camino».

Estas palabras cayeron como un mazazo en el corazón de Moisés. ¿Cómo podrían continuar sin la presencia de Dios? ¿Qué sería de ellos sin Aquel que los había liberado de Egipto con mano poderosa y brazo extendido? Moisés sabía que sin la presencia divina, todo esfuerzo sería en vano.

Con el corazón apesadumbrado, Moisés tomó el tabernáculo, la tienda de reunión, y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia. Era un lugar apartado, donde podía encontrarse con Dios sin la distracción del bullicio del pueblo. Todos los que buscaban al Señor salían hacia allí, y cuando Moisés entraba, la columna de nube descendía y se posaba a la entrada del tabernáculo. El pueblo, desde la puerta de sus tiendas, observaba con reverencia y temor.

Dentro del tabernáculo, Moisés hablaba con Dios cara a cara, como un hombre habla con su amigo. Era un momento de intimidad profunda, donde las palabras fluían con sinceridad y el corazón de Moisés se abría por completo.

—Señor —decía Moisés—, tú me has dicho: «Haz subir a este pueblo». Pero no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, has dicho: «Te he conocido por tu nombre, y has hallado gracia ante mis ojos». Ahora, pues, si he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que me muestres tu camino, para que te conozca y halle gracia ante ti. Considera que esta gente es tu pueblo.

El Señor respondió con firmeza y ternura:

—Mi presencia irá contigo, y yo te daré descanso.

Pero Moisés, en su anhelo por asegurar la presencia de Dios, insistió:

—Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos hagas subir de aquí. Porque ¿cómo se sabrá que he hallado gracia ante tus ojos, yo y tu pueblo, sino andando tú con nosotros? Así seremos distinguidos, yo y tu pueblo, de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra.

Dios, conmovido por la sinceridad de Moisés, accedió:

—También haré esto que has dicho, porque has hallado gracia ante mis ojos, y te he conocido por tu nombre.

Entonces Moisés, con audacia santa, hizo una petición aún más profunda:

—Te ruego que me muestres tu gloria.

El Señor respondió:

—Yo haré pasar todo mi bien delante de ti, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti. Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente con el que seré clemente. Pero no podrás ver mi rostro, porque no me verá hombre alguno y vivirá.

Dios le indicó a Moisés que se colocara sobre una peña, y cuando su gloria pasara, lo cubriría con su mano hasta que hubiera pasado. Luego retiraría su mano, y Moisés vería sus espaldas, pero no su rostro.

Al día siguiente, Moisés subió al monte Sinaí con las dos tablas de piedra en sus manos, tal como el Señor le había ordenado. La presencia de Dios descendió en una nube, y Moisés permaneció allí con Él durante cuarenta días y cuarenta noches. En ese tiempo, el Señor renovó su pacto con Israel y le dio a Moisés instrucciones detalladas para la construcción del tabernáculo y el establecimiento del culto.

Cuando Moisés descendió del monte, su rostro resplandecía con la gloria de Dios, tanto que el pueblo no podía mirarlo directamente. Por eso, Moisés usaba un velo sobre su rostro, excepto cuando entraba a hablar con el Señor.

Este relato nos muestra la profundidad de la relación entre Moisés y Dios, un vínculo basado en la confianza, la obediencia y el deseo de conocer más al Creador. Moisés no se conformó con las promesas terrenales; anhelaba la presencia de Dios por encima de todo. Y en su búsqueda, encontró no solo la guía divina, sino también un vislumbre de la gloria del Señor, que transformó su vida y su liderazgo.

Así, el pueblo de Israel aprendió que la verdadera bendición no está en la tierra prometida, sino en caminar con Dios, en su presencia y bajo su cuidado. Y Moisés, el siervo fiel, nos dejó un ejemplo de lo que significa buscar a Dios con todo el corazón, sin conformarse con menos que su gloria.

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