**Éxodo 1: La Opresión de Israel en Egipto**
En los días que siguieron a la muerte de José, el hijo de Jacob, quien había sido elevado a una posición de gran autoridad en Egipto, la tierra de los faraones floreció bajo la bendición de Dios. Los hijos de Israel, que habían llegado a Egipto como una familia de setenta almas, se multiplicaron y se hicieron numerosos. La promesa que Dios había hecho a Abraham, Isaac y Jacob se cumplía ante sus ojos: eran como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena a la orilla del mar, incontables.
Pero el tiempo pasó, y un nuevo faraón ascendió al trono de Egipto, un rey que no conocía a José ni recordaba las grandes obras que este había hecho para salvar a Egipto de la hambruna. Este faraón, lleno de temor y desconfianza, miró a los hijos de Israel y vio que su número crecía sin cesar. Las ciudades de Egipto resonaban con el sonido de sus voces, y sus campamentos se extendían por la tierra como un bosque que no podía ser contenido.
El corazón del faraón se endureció, y en su mente surgió un plan malvado. Llamó a sus consejeros y les dijo: «Mirad, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y fuerte que nosotros. Si no actuamos con astucia, seguirán multiplicándose, y en caso de guerra, se unirán a nuestros enemigos, lucharán contra nosotros y se irán de la tierra».
Así, el faraón decretó medidas severas para oprimir a los israelitas. Les impuso capataces crueles que los sometieron a trabajos forzados. Los obligaron a construir ciudades de almacenamiento para el faraón: Pitón y Ramsés. Con sus propias manos, los israelitas amasaron el barro y cocieron los ladrillos bajo el sol abrasador de Egipto. Sus espaldas se doblaban bajo el peso de las cargas, y sus manos se llenaban de ampollas y heridas. El polvo de los ladrillos se mezclaba con el sudor de sus frentes, y el aire se llenaba con el sonido de sus gemidos.
Pero cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y se extendían. Los egipcios, llenos de temor, redoblaron sus esfuerzos para someterlos. Les hicieron la vida amarga con trabajos pesados: en el barro, en los ladrillos y en toda clase de labores del campo. Todo su servicio se les imponía con dureza.
Sin embargo, el faraón no estaba satisfecho. Su corazón se llenó de una maldad aún mayor, y convocó a las parteras de las hebreas, cuyos nombres eran Sifra y Fúa. Les ordenó en secreto: «Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis que dan a luz, si es hijo, matadlo; pero si es hija, dejadla vivir».
Pero Sifra y Fúa eran mujeres temerosas de Dios. No obedecieron la orden del faraón, sino que dejaron con vida a los niños varones. Cuando el faraón las llamó y les preguntó por qué habían desobedecido su mandato, ellas respondieron con sabiduría: «Las mujeres hebreas no son como las egipcias; son llenas de vida y dan a luz antes de que lleguemos».
Dios bendijo a las parteras por su temor y su integridad, y les concedió familias numerosas. Pero el faraón, al ver que su plan había fracasado, emitió un decreto aún más terrible. Ordenó a todo su pueblo: «Todo hijo que nazca de los hebreos, arrojadlo al río Nilo; pero a toda hija, dejadla vivir».
El llanto de las madres hebreas se elevó al cielo como un clamor. El río Nilo, que alguna vez había sido una fuente de vida para Egipto, se convirtió en un símbolo de muerte para los hijos de Israel. Las aguas que fluían con fuerza llevaban consigo los sueños rotos de un pueblo oprimido. Pero en medio de la oscuridad, Dios no había abandonado a su pueblo. Sus planes eran más grandes que los del faraón, y su promesa de liberación estaba a punto de cumplirse.
Así comenzó el tiempo de aflicción para los hijos de Israel, un tiempo en el que su fe sería probada y su esperanza fortalecida. Porque el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que había hecho un pacto con sus padres, estaba preparando el camino para su redención. Y aunque el faraón creía tener el control, era el Señor quien gobernaba los corazones y los destinos de los hombres. La historia de liberación estaba por comenzar, y el nombre de Dios sería glorificado en toda la tierra.