Biblia Sagrada

Juicio y esperanza en Isaías 65: Nuevos cielos y tierra

En los días antiguos, cuando el pueblo de Israel había caído en la desobediencia y la idolatría, el Señor levantó su voz a través del profeta Isaías para anunciar un mensaje de juicio y esperanza. El capítulo 65 del libro de Isaías es un relato lleno de contrastes, donde la ira de Dios se mezcla con su misericordia, y donde el castigo por el pecado es seguido por la promesa de un futuro glorioso.

En aquellos tiempos, el pueblo de Israel había abandonado al Señor. Aunque Él se había manifestado a ellos una y otra vez, extendiendo sus manos en señal de amor y protección, ellos persistían en sus caminos de rebelión. Ofrecían sacrificios en los jardines, quemaban incienso sobre altares de ladrillo y se postraban ante ídolos mudos. Comían carne de cerdo, bebían vino en exceso y se entregaban a prácticas abominables. El Señor, lleno de justicia, declaró: «He aquí, yo estoy preparando el juicio. No guardaré silencio, sino que les daré su paga, les devolveré su merecido por sus obras».

El profeta Isaías, movido por el Espíritu de Dios, describió con palabras vívidas la escena del juicio divino. «Porque he aquí que el Señor vendrá con fuego, y sus carros como torbellino, para descargar su ira con furor y su reprensión con llamas de fuego». Las montañas temblarían, los ríos se secarían, y los cielos se oscurecerían ante la majestad del Dios todopoderoso. Aquellos que habían despreciado su nombre y profanado su santuario serían consumidos como paja seca, y no quedaría de ellos ni rastro ni memoria.

Pero en medio de esta descripción de juicio, el Señor también reveló su corazón de amor y compasión. «Dejaré un remanente», dijo el Señor. «Como cuando se recogen las uvas de la viña y queda algún racimo, así será mi pueblo. Porque mis siervos comerán, pero vosotros tendréis hambre; mis siervos beberán, pero vosotros tendréis sed; mis siervos se alegrarán, pero vosotros seréis avergonzados». El remanente fiel, aquellos que habían permanecido leales al Señor, serían preservados y bendecidos. Ellos heredarían la tierra prometida y disfrutarían de la paz y la prosperidad que solo Dios puede dar.

El profeta continuó describiendo la gloria del nuevo cielo y la nueva tierra que el Señor crearía. «Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra, y de lo primero no habrá memoria, ni vendrá más al pensamiento. Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado». En este nuevo orden, no habría más llanto ni clamor, ni dolor ni muerte. Los niños no morirían en la infancia, y los ancianos vivirían sus días en plenitud. Las casas serían habitadas, los viñedos darían fruto, y el trabajo de las manos sería bendecido.

El Señor prometió que su pueblo sería como una bendición en medio de la tierra. «El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán ni harán mal en todo mi santo monte, dijo el Señor». Esta imagen de armonía y paz era un reflejo del reino eterno de Dios, donde la creación sería restaurada a su estado original, libre de pecado y corrupción.

El profeta concluyó su mensaje con una invitación a la adoración y la obediencia. «Pero vosotros sois los que dejáis al Señor, que olvidáis mi santo monte, que preparáis mesa para la Fortuna y ofrecéis libación para el Destino. Yo también os destinaré a la espada, y todos vosotros os inclinaréis al degolladero». Aquellos que persistían en su rebelión serían juzgados, pero los que se volvían al Señor encontrarían perdón y restauración.

Así, el mensaje de Isaías 65 es un recordatorio poderoso de la santidad de Dios y su deseo de bendecir a su pueblo. Aunque el juicio es inevitable para los que rechazan su gracia, la promesa de un futuro glorioso está asegurada para aquellos que permanecen fieles. El nuevo cielo y la nueva tierra son una esperanza viva para todos los que confían en el Señor, un recordatorio de que, al final, su amor y su justicia prevalecerán por siempre.

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