**El Sermón del Monte: La enseñanza sobre el juicio, la oración y el camino estrecho**
En una mañana fresca y serena, Jesús se encontraba en la ladera de una colina cercana al Mar de Galilea. El sol comenzaba a ascender, pintando el cielo con tonos dorados y rosados, mientras una multitud se reunía a su alrededor. Hombres, mujeres y niños, de todas las edades y condiciones, habían venido desde lejos para escuchar las palabras del Maestro. Entre ellos había pescadores, agricultores, mercaderes y hasta fariseos curiosos. Todos estaban allí, expectantes, esperando que Jesús les hablara con la sabiduría que solo Él poseía.
Jesús, con una mirada llena de compasión y autoridad, comenzó a enseñarles. Su voz resonaba con claridad, como el sonido de un arroyo cristalino que fluye entre las rocas. Habló de muchas cosas aquel día, pero una de sus enseñanzas más profundas fue sobre el juicio, la oración y el camino que conduce a la vida eterna.
**El juicio y la paja en el ojo ajeno**
«Juzguen con justicia», comenzó Jesús, «pero antes de señalar la paja en el ojo de su hermano, miren la viga que hay en el suyo». La multitud guardó silencio, reflexionando sobre estas palabras. Jesús continuó: «¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la paja de tu ojo’, cuando tú tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Primero saca la viga de tu propio ojo, y entonces verás claramente para sacar la paja del ojo de tu hermano».
Las palabras de Jesús eran como un espejo que revelaba el corazón de cada uno. Muchos bajaron la mirada, reconociendo sus propias faltas. Un hombre, que había estado murmurando sobre los pecados de su vecino, se sintió profundamente convicto. Otro, que había juzgado duramente a su esposa por un error menor, sintió un peso en su corazón. Jesús no solo les estaba enseñando a no juzgar, sino también a examinarse a sí mismos antes de señalar los errores de los demás.
**La oración y el Padre que da buenos regalos**
Luego, Jesús les habló sobre la oración. «Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá», dijo con una voz llena de esperanza. «Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre». La multitud escuchaba con atención, maravillada por la promesa de un Padre celestial que escucha y responde.
Jesús continuó: «¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan!».
Un niño pequeño, que estaba sentado cerca de Jesús, sonrió al escuchar estas palabras. Su padre, un humilde carpintero, lo abrazó, sintiendo la seguridad de que Dios, como un Padre amoroso, siempre proveería lo necesario. Jesús no solo les estaba enseñando a orar, sino también a confiar en la bondad de Dios.
**El camino estrecho y la puerta angosta**
Finalmente, Jesús les habló sobre el camino que conduce a la vida. «Entren por la puerta estrecha», les dijo con solemnidad. «Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran».
La multitud se quedó en silencio, meditando en estas palabras. Jesús no solo les estaba advirtiendo sobre los peligros de seguir el camino fácil y popular, sino también invitándolos a tomar la decisión correcta, aunque fuera difícil. Un joven rico, que había estado considerando seguir a Jesús, sintió un temblor en su corazón. Sabía que el camino del Maestro no sería fácil, pero también sabía que era el único que valía la pena.
**Los falsos profetas y los frutos que los identifican**
Jesús también advirtió a la multitud sobre los falsos profetas. «Cuídense de los falsos profetas», dijo con firmeza. «Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos».
Un fariseo que estaba entre la multitud se sintió incómodo. Había estado enseñando la ley con orgullo, pero sus acciones no reflejaban el amor y la misericordia de Dios. Las palabras de Jesús eran una advertencia para todos aquellos que pretendían ser algo que no eran. No bastaba con hablar de Dios; había que vivir de acuerdo a Sus enseñanzas.
**La casa sobre la roca y la casa sobre la arena**
Para concluir, Jesús les contó una parábola. «Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos contra aquella casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre la roca».
Luego, con una voz más grave, añadió: «Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos contra aquella casa, y esta se derrumbó, y grande fue su ruina».
La multitud quedó impresionada por la autoridad con la que Jesús enseñaba. No era como los escribas y fariseos, que citaban las Escrituras sin entender su verdadero significado. Jesús hablaba con el poder de quien conocía el corazón de Dios.
**El impacto de las palabras de Jesús**
Cuando Jesús terminó de hablar, la multitud se dispersó lentamente, cada uno llevando consigo las palabras que habían escuchado. Algunos se fueron con la determinación de cambiar sus vidas, otros con preguntas en sus corazones, y unos pocos con indiferencia. Pero todos sabían que habían escuchado algo extraordinario.
Un pescador llamado Pedro, que había estado entre los oyentes, se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, tus palabras son como un fuego que quema en mi corazón. Quiero seguirte y construir mi vida sobre la roca que es tu enseñanza». Jesús lo miró con amor y le respondió: «Bienaventurado eres, Pedro, porque has entendido el mensaje del reino».
Y así, aquel día en la ladera de la colina, Jesús no solo enseñó a la multitud, sino que también sembró semillas de verdad que darían fruto en los corazones de aquellos que estaban dispuestos a escuchar y obedecer. Porque, como Él mismo había dicho, «el que tiene oídos para oír, que oiga».