Biblia Sagrada

Pablo y Bernabé: Milagros y Persecución en Listra y Derbe

**La Historia de Pablo y Bernabé en Listra y Derbe**

En aquellos días, Pablo y Bernabé continuaban su viaje misionero, llevando el mensaje del Evangelio a las regiones más lejanas. Después de predicar en Iconio, donde enfrentaron tanto oposición como aceptación, partieron hacia Listra, una ciudad de Licaonia. Listra era un lugar humilde, alejado de las grandes ciudades, pero Dios tenía un propósito especial para ellos allí.

Al llegar a Listra, Pablo y Bernabé comenzaron a predicar en la sinagoga y en las plazas públicas. Hablaban con pasión y claridad, anunciando que Jesucristo era el Salvador prometido, el Mesías que había resucitado de entre los muertos. Muchos escuchaban con atención, pero otros se burlaban, pues no entendían cómo un hombre crucificado podía ser el Salvador del mundo.

Un día, mientras predicaban en la plaza, un hombre cojo desde su nacimiento escuchaba con gran interés. Este hombre nunca había caminado, y su mirada reflejaba tanto esperanza como desesperación. Pablo, lleno del Espíritu Santo, lo miró fijamente y vio que tenía fe para ser sanado. Entonces, con voz firme, le dijo: «¡Levántate y ponte de pie sobre tus pies!» En ese mismo instante, el hombre saltó y comenzó a caminar. La multitud, al ver este milagro, quedó asombrada y comenzó a gritar en su propio idioma licaonio: «¡Los dioses han descendido a nosotros en forma de hombres!»

La gente, en su entusiasmo, identificó a Bernabé con Zeus, el rey de los dioses, y a Pablo con Hermes, el mensajero de los dioses, porque era él quien llevaba la palabra. Pronto, los sacerdotes del templo de Zeus, que estaba a las afueras de la ciudad, trajeron toros adornados con guirnaldas y prepararon un sacrificio para honrar a Pablo y Bernabé como si fueran dioses.

Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, Pablo y Bernabé rasgaron sus vestiduras en señal de angustia y corrieron hacia la multitud, gritando: «¡Hombres, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos hombres como ustedes, sujetos a las mismas debilidades! Les anunciamos el Evangelio para que se aparten de estas cosas vanas y se conviertan al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. En tiempos pasados, Él permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos, pero no dejó de dar testimonio de sí mismo, haciendo el bien, enviándoles lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando sus corazones de alimento y alegría.»

A pesar de sus palabras, la multitud apenas podía contenerse. Estaban tan acostumbrados a adorar a dioses de piedra y madera que les costaba entender que el verdadero Dios no habitaba en templos hechos por manos humanas. Sin embargo, Pablo y Bernabé insistieron en que solo había un Dios digno de adoración: el Creador de todas las cosas.

Pero la situación cambió rápidamente. Unos judíos llegaron de Antioquía e Iconio, y persuadieron a la multitud para que se volviera contra Pablo y Bernabé. La misma gente que momentos antes quería adorarlos como dioses, ahora los apedreó y arrastró fuera de la ciudad, creyendo que Pablo estaba muerto. Los discípulos, llenos de tristeza, se reunieron alrededor de su cuerpo, pero milagrosamente, Pablo se levantó y regresó a la ciudad. Al día siguiente, partieron hacia Derbe, otra ciudad de Licaonia.

En Derbe, Pablo y Bernabé predicaron el Evangelio con valentía, y muchos creyeron en el Señor. A pesar de las dificultades y persecuciones, no se desanimaron, sino que confiaron en la fuerza de Dios para seguir adelante. Después de establecer una comunidad de creyentes en Derbe, decidieron regresar a Listra, Iconio y Antioquía para fortalecer a los discípulos y animarlos a permanecer firmes en la fe.

En cada ciudad, les recordaban: «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.» También designaron ancianos en cada iglesia, oraron con ayuno y los encomendaron al Señor en quien habían creído. Finalmente, regresaron a Antioquía de Siria, donde habían comenzado su viaje, y reunieron a la iglesia para contarles todo lo que Dios había hecho a través de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles.

Y así, Pablo y Bernabé permanecieron allí un tiempo con los discípulos, alabando a Dios por su fidelidad y poder. La obra del Evangelio continuaba avanzando, y aunque enfrentaban oposición y peligros, sabían que el Señor estaba con ellos en todo momento.

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