**El Salmo 138: Un Canto de Gratitud y Fidelidad**
En los días antiguos, cuando el rey David gobernaba sobre Israel, hubo un tiempo en que su corazón estaba lleno de una profunda gratitud hacia el Señor. Había experimentado la fidelidad de Dios en medio de sus luchas, sus victorias y sus momentos de arrepentimiento. Una tarde, mientras el sol se ponía sobre las colinas de Jerusalén, David se retiró a su aposento privado, llevando consigo un arpa y un corazón lleno de alabanza. Allí, inspirado por el Espíritu Santo, compuso el Salmo 138, un canto que resonaría a través de los siglos como un testimonio de la bondad y la misericordia de Dios.
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**El Canto de David**
David comenzó a tocar su arpa suavemente, dejando que las notas fluyeran como un río tranquilo. Luego, con voz firme y llena de emoción, comenzó a cantar:
*»Te alabaré, oh Señor, con todo mi corazón; delante de los dioses cantaré salmos a ti.»*
David recordaba cómo, en medio de la idolatría de las naciones vecinas, él había decidido adorar únicamente al Dios verdadero. Aunque los reyes de otras tierras levantaban estatuas a sus dioses de madera y piedra, David sabía que el Dios de Israel era el único digno de adoración. Su corazón estaba lleno de gratitud porque el Señor había escuchado sus oraciones en los momentos más oscuros de su vida.
*»Me postraré hacia tu santo templo, y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; porque has engrandecido tu nombre y tu palabra sobre todas las cosas.»*
David se inclinó profundamente, recordando cómo Dios había cumplido sus promesas. Desde su humilde comienzo como pastor en Belén hasta su unción como rey de Israel, cada paso había sido guiado por la mano fiel de Dios. Aunque había cometido errores graves, como su pecado con Betsabé, David había experimentado el perdón y la restauración. La misericordia de Dios era como un manto que cubría su vida, y su fidelidad era más firme que los montes de Judea.
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**La Respuesta de Dios**
David continuó cantando, recordando cómo Dios había respondido a sus súplicas:
*»El día que clamé, me respondiste; fortaleciste mi alma con vigor.»*
Había sido en los momentos de mayor desesperación cuando David había sentido la presencia de Dios de manera más tangible. Cuando huía del rey Saúl, escondiéndose en cuevas y desiertos, el Señor había sido su refugio. Cuando lloró por la pérdida de su amigo Jonatán, Dios había sido su consuelo. Y cuando enfrentó a Goliat, un gigante que parecía invencible, fue la fuerza de Dios la que lo sostuvo.
David sabía que no era por su propia fuerza o sabiduría que había triunfado, sino por la gracia de Dios. Por eso, su canto era una declaración de humildad y dependencia:
*»Todos los reyes de la tierra te alabarán, oh Señor, cuando oigan las palabras de tu boca. Y cantarán de los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.»*
David profetizó un tiempo en que todas las naciones reconocerían la grandeza de Dios. Aunque en su época muchos pueblos adoraban a dioses falsos, él sabía que un día toda rodilla se doblaría ante el Señor. Esta visión lo llenaba de esperanza y lo motivaba a vivir en obediencia.
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**La Promesa de la Presencia de Dios**
En la última parte de su canto, David expresó su confianza en la presencia constante de Dios:
*»Aunque ande en medio de la angustia, tú me vivificarás; contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano, y tu diestra me salvará.»*
David sabía que la vida no estaba exenta de dificultades. Había enfrentado traiciones, guerras y pérdidas, pero en cada situación, Dios había sido su protector. La «diestra» de Dios, un símbolo de su poder y autoridad, era su escudo y su fortaleza.
*»El Señor cumplirá su propósito en mí; tu misericordia, oh Señor, es para siempre; no desampares la obra de tus manos.»*
Con estas palabras, David declaró su fe en el plan perfecto de Dios. Sabía que su vida no era un accidente, sino una obra maestra en las manos del Creador. Aunque no entendía todos los detalles del futuro, confiaba en que Dios lo guiaría hasta el final.
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**El Legado del Salmo 138**
Cuando David terminó de cantar, el eco de su voz se mezcló con el susurro del viento que entraba por la ventana de su aposento. El salmo que había compuesto no solo era una expresión personal de gratitud, sino también un recordatorio para todas las generaciones futuras. A través de sus palabras, los creyentes aprenderían a confiar en la fidelidad de Dios, a adorarlo con todo su corazón y a esperar en sus promesas.
Años más tarde, cuando el templo de Jerusalén fue construido por Salomón, el Salmo 138 se cantaba regularmente durante los servicios de adoración. Los levitas lo entonaban con arpas y címbalos, recordando al pueblo que Dios es digno de toda alabanza. Y en los siglos venideros, este salmo continuaría inspirando a los fieles a levantar sus voces en gratitud, incluso en medio de las pruebas.
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**Reflexión Final**
El Salmo 138 nos enseña que, sin importar las circunstancias, Dios merece nuestra alabanza. Su misericordia y fidelidad son eternas, y su propósito para nuestras vidas es perfecto. Como David, podemos confiar en que Él nos sostendrá con su diestra y cumplirá su obra en nosotros. Que este canto de gratitud nos inspire a vivir cada día con un corazón lleno de adoración y dependencia del Señor.