Biblia Sagrada

La Repoblación de Jerusalén: Un Nuevo Amanecer

**La Repoblación de Jerusalén: Un Nuevo Amanecer**

En los días de Nehemías, el pueblo de Israel había regresado del exilio en Babilonia y había reconstruido los muros de Jerusalén. Sin embargo, la ciudad santa estaba casi desierta, pues la mayoría del pueblo vivía en las aldeas y campos circundantes. Jerusalén, el lugar donde Dios había puesto su nombre, necesitaba ser habitada nuevamente para que su gloria resplandeciera desde allí. Fue entonces cuando los líderes del pueblo, junto con Nehemías, tomaron una decisión importante: repoblar la ciudad.

Un día, Nehemías convocó a una asamblea en la plaza frente a la Puerta de las Aguas. El sol brillaba sobre las piedras recién colocadas de los muros, y el aire estaba lleno de un sentido de esperanza y renovación. Nehemías, con su túnica sencilla pero digna, se paró frente al pueblo y levantó sus manos para pedir silencio. Su voz resonó con firmeza y convicción:

—Hermanos, hemos trabajado juntos para reconstruir los muros de nuestra amada Jerusalén. Pero una ciudad sin habitantes es como un cuerpo sin alma. Es tiempo de que algunos de nosotros demos un paso al frente y nos establezcamos aquí, en la ciudad santa, para honrar a nuestro Dios y asegurar que Jerusalén sea un faro de luz para todas las naciones.

El pueblo escuchó en silencio, reflexionando sobre sus palabras. Sabían que no sería fácil dejar sus hogares en las aldeas, donde tenían tierras y viñedos, para mudarse a una ciudad que aún estaba en proceso de recuperación. Pero también entendían la importancia de habitar Jerusalén, el lugar donde Dios había elegido morar.

Entonces, los líderes de las familias, los sacerdotes y los levitas se reunieron para decidir quiénes se mudarían a Jerusalén. Se echaron suertes, confiando en que Dios guiaría el proceso. Uno por uno, los nombres de los elegidos fueron anunciados. Entre ellos estaba Maasías, hijo de Baruc, de la tribu de Judá, un hombre valiente y temeroso de Dios. También estaba Seraías, el sumo sacerdote, y sus hermanos levitas, quienes se encargarían del servicio en el templo.

Las familias seleccionadas comenzaron a prepararse para la mudanza. Empacaron sus pertenencias en carretas y cargaron sus animales con provisiones. Los niños corrían entre las casas, emocionados por la aventura, mientras los adultos compartían miradas de determinación y un poco de nostalgia por lo que dejaban atrás. Sin embargo, sabían que estaban cumpliendo un propósito mayor.

Cuando llegó el día de la partida, toda la comunidad se reunió para despedirlos. Las mujeres lloraban abrazadas, mientras los hombres se daban palmadas en la espalda y se deseaban bendiciones. Nehemías oró por ellos, pidiendo a Dios que los protegiera y les diera prosperidad en su nueva vida en Jerusalén.

—Que el Señor vaya con ustedes —dijo Nehemías, su voz llena de emoción—. Que su presencia llene sus hogares y que su luz brille a través de ustedes en esta ciudad santa.

Al llegar a Jerusalén, las familias se establecieron en sus nuevos hogares. Algunos se mudaron a las casas que habían sido reconstruidas dentro de los muros, mientras otros se establecieron en los barrios cercanos. Los sacerdotes y levitas se instalaron en las áreas designadas cerca del templo, listos para cumplir con sus deberes sagrados.

Pronto, la ciudad comenzó a cobrar vida. Los mercados se llenaron de actividad, con vendedores ofreciendo frutas, granos y telas. Los niños jugaban en las calles, y el sonido de los salmos y las oraciones se elevaba desde el templo. Jerusalén, que había estado en ruinas, ahora resplandecía con la presencia de su pueblo y, sobre todo, con la bendición de Dios.

Los líderes de las aldeas circundantes también hicieron su parte. Cada año, enviaban una décima parte de sus cosechas y ganado para sostener a los habitantes de Jerusalén. Esto aseguraba que la ciudad tuviera lo necesario para prosperar y que los sacerdotes y levitas pudieran dedicarse por completo al servicio de Dios.

Entre los habitantes de Jerusalén había hombres valientes y fieles, como Abdías, hijo de Semayas, quien supervisaba la seguridad de la ciudad. También estaba Azarías, un levita conocido por su sabiduría y su habilidad para enseñar la ley de Dios. Juntos, trabajaban para mantener el orden y la justicia, asegurándose de que Jerusalén fuera un lugar de paz y rectitud.

Una noche, mientras Nehemías caminaba por las calles de la ciudad, miró hacia el cielo estrellado y sintió una profunda gratitud. Recordó los días en que los muros estaban en ruinas y el pueblo vivía en temor. Ahora, Jerusalén estaba llena de vida y esperanza. Levantó sus manos en oración:

—Gracias, Señor, por tu fidelidad. Tú nos has traído de vuelta a este lugar santo y nos has dado una nueva oportunidad. Ayúdanos a ser fieles a ti y a mantener viva tu presencia en esta ciudad.

Y así, Jerusalén se convirtió en un testimonio del poder restaurador de Dios. Aunque los desafíos no habían terminado, el pueblo confiaba en que el Señor estaría con ellos, guiándolos y protegiéndolos en cada paso del camino. La repoblación de Jerusalén no fue solo un acto de obediencia, sino también un recordatorio de que Dios cumple sus promesas y que, cuando su pueblo se une en fe, nada es imposible.

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