Biblia Sagrada

El año de la remisión: Generosidad y justicia en el desierto

En los días en que Moisés guiaba al pueblo de Israel por el desierto, después de haber salido de la esclavitud en Egipto, el Señor les dio instrucciones claras y detalladas sobre cómo debían vivir como una comunidad santa y justa. Entre estas enseñanzas, se encontraba un mandato especial que hablaba de la generosidad, la compasión y la justicia social. Este mandato estaba escrito en el libro de Deuteronomio, capítulo 15, y sería recordado por generaciones como un llamado a vivir en armonía y en obediencia a Dios.

El sol brillaba intensamente sobre el campamento de Israel, mientras las tiendas se extendían por el vasto desierto. Los israelitas, aunque libres, aún luchaban por entender cómo vivir como pueblo de Dios. Moisés, el siervo fiel del Señor, reunió a los ancianos y líderes de las tribus para recordarles las palabras que Dios le había dado en el monte Sinaí.

«Escuchen, pueblo de Israel», comenzó Moisés con voz firme pero llena de compasión. «El Señor nuestro Dios nos ha dado mandamientos para que vivamos en justicia y santidad. Hoy les hablaré de algo que toca el corazón mismo de nuestra relación con Él y con nuestros hermanos: el año de la remisión».

Los ojos de los presentes se fijaron en Moisés, expectantes. El líder continuó: «Al final de cada siete años, celebrarán el año de la remisión. En ese tiempo, todo acreedor perdonará la deuda de su prójimo, de su hermano. No exigirá el pago, porque el Señor ha proclamado este año como un tiempo de liberación y gracia».

Un murmullo recorrió la multitud. Algunos asentían con reverencia, mientras que otros intercambiaban miradas de duda. Moisés levantó la mano para calmar a la gente y continuó: «No teman ser generosos. El Señor los ha bendecido abundantemente, y si obedecen este mandato, Él seguirá derramando sus bendiciones sobre ustedes. No habrá pobres entre ustedes si cumplen fielmente sus mandamientos, porque el Señor los bendecirá en la tierra que les da como herencia».

Sin embargo, Moisés sabía que la realidad sería más compleja. Con una mirada comprensiva, añadió: «Pero si hay algún pobre entre ustedes, en cualquiera de las ciudades de la tierra que el Señor su Dios les da, no endurezcan su corazón ni cierren su mano a su hermano necesitado. Al contrario, ábranla generosamente y préstenle lo que necesite».

Uno de los ancianos, un hombre llamado Eliab, levantó la mano y preguntó: «Moisés, ¿qué pasa si el año de la remisión está cerca y tememos perder lo que hemos prestado? ¿Cómo podemos asegurarnos de no sufrir por nuestra generosidad?»

Moisés sonrió con paciencia y respondió: «No piensen así, porque sería un pecado contra el Señor. Si alguien se niega a prestar por temor al año de la remisión, estará pecando contra su hermano y contra Dios. Recuerden que el Señor los ha liberado de la esclavitud en Egipto, y Él espera que muestren esa misma misericordia hacia los demás».

Luego, Moisés continuó con una advertencia solemne: «Tengan cuidado de no albergar pensamientos egoístas en su corazón, diciendo: ‘El séptimo año, el año de la remisión, está cerca’, y mirando con malos ojos a su hermano necesitado. Si actúan así, él clamará al Señor contra ustedes, y ustedes serán culpables de pecado».

El silencio se apoderó del lugar mientras las palabras de Moisés resonaban en los corazones de los presentes. Luego, el líder añadió con voz suave pero firme: «Den generosamente, y no lo hagan de mala gana, porque el Señor su Dios los bendecirá en todo su trabajo y en todo lo que emprendan. Siempre habrá pobres en la tierra, por eso les ordeno que estén abiertos a ayudar a su hermano necesitado».

Moisés hizo una pausa y miró a cada uno de los presentes antes de continuar: «También les digo esto: si uno de sus hermanos hebreos, hombre o mujer, se vende a ustedes como siervo, lo servirán seis años, pero al séptimo año lo dejarán ir libre. Y cuando lo liberen, no lo despidan con las manos vacías. Provéanlo generosamente de sus ovejas, de su trigo y de su vino. Denle de lo que el Señor les ha bendecido».

Un hombre llamado Caleb, conocido por su bondad, se adelantó y preguntó: «Moisés, ¿qué pasa si el siervo no quiere irse? ¿Qué debemos hacer entonces?»

Moisés asintió y respondió: «Si el siervo te dice: ‘No quiero irme de tu casa, porque te amo a ti y a tu familia, y estoy contento contigo’, entonces tomarás un punzón y le horadarás la oreja contra la puerta de tu casa, y será tu siervo para siempre. Lo mismo harás con tu sierva».

Las palabras de Moisés dejaron una profunda impresión en el pueblo. No solo estaban aprendiendo a vivir en justicia, sino también a reflejar el carácter amoroso y misericordioso de Dios. Moisés concluyó su enseñanza con una exhortación final: «Recuerden que ustedes también fueron siervos en Egipto, y el Señor los liberó. Por eso, traten a sus siervos con justicia y compasión, porque el Señor su Dios los ha redimido y los ha hecho su pueblo especial».

Al caer la noche, el campamento de Israel se llenó de conversaciones sobre las enseñanzas de Moisés. Algunos se comprometieron a ser más generosos, mientras que otros reflexionaron sobre cómo aplicar estas leyes en sus vidas diarias. Aunque el camino no sería fácil, sabían que obedecer a Dios traería bendiciones y los acercaría más a Él.

Y así, el pueblo de Israel aprendió que la verdadera libertad no solo consistía en salir de la esclavitud, sino en vivir como una comunidad que reflejaba el amor y la justicia de su Dios. El año de la remisión no era solo una ley, sino una oportunidad para recordar que todos eran iguales ante los ojos del Señor y que Él los llamaba a vivir en unidad y gracia.

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