Biblia Sagrada

La Desesperación de Saúl y la Bruja de Endor

**La Visita de Saúl a la Bruja de Endor**

En aquellos días, los filisteos se habían reunido para hacer guerra contra Israel. Saúl, el rey de Israel, al ver el gran ejército filisteo acampado en Sunem, sintió un temor profundo que le heló el corazón. Su espíritu se turbó, y su mente se llenó de angustia. Había consultado al Señor, pero el Señor no le respondió, ni por sueños, ni por el Urim, ni por los profetas. El silencio de Dios era como un muro impenetrable que lo separaba de la paz que tanto anhelaba.

Saúl, desesperado, llamó a sus siervos y les dijo: «Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y la consulte». Sus siervos le respondieron: «He aquí, hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación». Endor era un pequeño pueblo escondido entre las colinas, un lugar oscuro y alejado de la presencia de Dios. Saúl, sabiendo que él mismo había expulsado de la tierra a los adivinos y los nigromantes, se disfrazó con ropas sencillas y, acompañado de dos hombres, partió hacia aquel lugar en la oscuridad de la noche.

El camino era largo y peligroso. La luna apenas iluminaba el sendero, y el viento susurraba entre los árboles como si advirtiera del peligro que representaba lo que estaba a punto de hacer. Saúl, con el corazón agitado, caminaba en silencio, recordando las palabras del profeta Samuel, quien le había advertido que la desobediencia lo separaría del favor de Dios. Pero el miedo y la desesperación lo habían cegado, y ahora buscaba respuestas en un lugar prohibido.

Al llegar a Endor, encontraron la casa de la mujer. Saúl entró y le dijo: «Te ruego que me consultes por medio de un espíritu y me hagas subir a quien yo te diga». La mujer, recelosa al principio, respondió: «He aquí, tú sabes lo que ha hecho Saúl, cómo ha cortado de la tierra a los adivinos y a los nigromantes. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida para hacerme morir?». Pero Saúl le juró por el Señor, diciendo: «Vive el Señor, que ningún mal te vendrá por esto».

Entonces la mujer preguntó: «¿A quién te haré subir?». Saúl respondió: «Hazme subir a Samuel». Al oír esto, la mujer gritó con voz temblorosa: «¿Por qué me has engañado? ¡Tú eres Saúl!». El rey, al verse descubierto, le aseguró de nuevo que no le haría daño. La mujer, con gran temor, comenzó a invocar al espíritu de Samuel. Y he aquí que, de repente, apareció la figura de un anciano envuelto en un manto. La mujer, al verlo, gritó con voz espantada: «¡Veo dioses que suben de la tierra!». Saúl, al escuchar esto, se inclinó rostro en tierra y se postró.

Entonces Samuel le dijo a Saúl: «¿Por qué me has inquietado haciéndome subir?». Saúl respondió: «Estoy muy angustiado, porque los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños. Por eso te he llamado, para que me declares qué debo hacer». Samuel le respondió con voz grave: «¿Por qué, pues, me preguntas a mí, si el Señor se ha apartado de ti y es tu enemigo? El Señor ha hecho como habló por medio de mí, pues ha arrancado el reino de tu mano y lo ha dado a David, tu prójimo. Por cuanto no obedeciste la voz del Señor ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalec, por eso el Señor te ha hecho esto hoy. Y el Señor entregará también a Israel contigo en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estaréis conmigo, y el Señor entregará el campamento de Israel en manos de los filisteos».

Al oír estas palabras, Saúl cayó de golpe en tierra, completamente abatido. El terror lo invadió, y su cuerpo tembló como una hoja sacudida por el viento. No había comido nada en todo aquel día y aquella noche, y su fuerza lo abandonó. La mujer, viendo su estado, se acercó a él y le dijo: «He aquí que tu sierva ha obedecido tu voz, y he puesto mi vida en mi mano por obedecerte. Ahora, te ruego que escuches también la voz de tu sierva. Permíteme poner delante de ti un bocado de pan, para que comas y tengas fuerzas para seguir tu camino».

Saúl, aunque renuente al principio, finalmente accedió. La mujer mató un ternero engordado y tomó harina, la amasó y coció panes sin levadura. Luego lo sirvió ante Saúl y sus siervos, y comieron. Después, se levantaron y partieron aquella misma noche.

Al regresar al campamento, Saúl caminaba con paso lento, como si llevara el peso de una condena sobre sus hombros. Sabía que el fin estaba cerca, y las palabras de Samuel resonaban en su mente como un eco imborrable. Al día siguiente, tal como Samuel había profetizado, los filisteos derrotaron a Israel en la batalla. Los hijos de Saúl, Jonatán, Abinadab y Malquisúa, cayeron en el campo de batalla. Saúl, gravemente herido por los arqueros, prefirió caer sobre su propia espada antes que ser capturado por los filisteos. Así murió el primer rey de Israel, separado de Dios por su desobediencia y su búsqueda de respuestas en lugares prohibidos.

Esta historia nos recuerda la importancia de buscar a Dios en todo momento, incluso en los momentos de mayor desesperación. Saúl, al alejarse de Dios y buscar ayuda en la brujería, selló su destino. Que nosotros, en cambio, confiemos siempre en el Señor, quien es nuestra fortaleza y nuestro refugio en tiempos de angustia.

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