**El Reinado de Azarías en Judá y el Caos en Israel**
En los días en que el pueblo de Israel estaba dividido entre el reino del norte, Israel, y el reino del sur, Judá, la mano de Dios se movía de maneras misteriosas, juzgando y guiando a sus siervos según su voluntad. En Judá, un rey llamado Azarías, también conocido como Uzías, ascendió al trono. Era un hombre joven, de apenas dieciséis años, cuando comenzó a reinar. Su madre, Jecolías, era de Jerusalén, y desde el principio, Azarías mostró un corazón inclinado hacia las cosas de Dios.
Azarías gobernó en Jerusalén durante cincuenta y dos años, un reinado largo y próspero. Al principio, hizo lo recto ante los ojos del Señor, siguiendo los caminos de su padre Amasías. Buscó al Señor con diligencia, y Dios lo bendijo con victorias sobre sus enemigos y con la expansión de su reino. Las murallas de Jerusalén se fortalecieron, y las ciudades de Judá florecieron bajo su liderazgo. Los campos producían abundantes cosechas, y el pueblo vivía en relativa paz.
Sin embargo, como suele suceder con los hombres, el éxito y el poder comenzaron a nublar el juicio de Azarías. Aunque había comenzado bien, su corazón se llenó de orgullo. Un día, decidió entrar en el templo del Señor para quemar incienso sobre el altar, algo que solo los sacerdotes, descendientes de Aarón, tenían el derecho de hacer. El sumo sacerdote Azarías, junto con otros ochenta valientes sacerdotes, se enfrentaron al rey y le dijeron: «No te corresponde a ti, Azarías, quemar incienso al Señor. Sal del santuario, porque has pecado y no tendrás honor de parte del Señor Dios».
Azarías, lleno de ira, se negó a escuchar. En ese mismo instante, la ira de Dios cayó sobre él, y le brotó lepra en la frente. Los sacerdotes lo sacaron rápidamente del templo, y él mismo se apresuró a salir, porque el Señor lo había herido. Desde ese día, Azarías vivió en una casa apartada, leproso y excluido del templo y del palacio. Su hijo Jotam tomó las riendas del gobierno, gobernando en lugar de su padre.
Mientras tanto, en el reino del norte, Israel, la situación era caótica. Después de la muerte de Jeroboam II, el reino entró en un período de inestabilidad y violencia. Zacarías, hijo de Jeroboam, reinó solo seis meses antes de que Salum, hijo de Jabes, lo asesinara y tomara el trono. Pero el reinado de Salum duró apenas un mes, pues Menahem, hijo de Gadi, lo mató y se proclamó rey.
Menahem era un hombre cruel y despiadado. Cuando la ciudad de Tifsa se negó a someterse a él, la saqueó y abrió el vientre de todas las mujeres embarazadas, un acto de extrema barbarie que dejó una mancha indeleble en su reinado. Para mantener su poder, Menahem buscó el apoyo del rey de Asiria, Tiglat-pileser, y le pagó un tributo exorbitante de mil talentos de plata, imponiendo un pesado tributo al pueblo de Israel para reunir el dinero.
Después de Menahem, su hijo Pekaías reinó dos años, pero fue asesinado por Peka, uno de sus oficiales, quien tomó el trono. Peka gobernó durante veinte años, pero su reinado estuvo marcado por la idolatría y la desobediencia a Dios. Durante su gobierno, el rey de Asiria invadió Israel, capturó varias ciudades y llevó cautivos a muchos israelitas. Fue un tiempo de gran aflicción para el pueblo, como consecuencia de su alejamiento de Dios.
En medio de este caos, el profeta Oseas levantó su voz, advirtiendo al pueblo de Israel sobre las consecuencias de su pecado. Les recordó que Dios los había llamado a ser su pueblo, pero ellos se habían entregado a la idolatría y la injusticia. A pesar de las advertencias, el pueblo no se arrepintió, y el juicio de Dios continuó cayendo sobre ellos.
Mientras tanto, en Judá, Jotam, el hijo de Azarías, gobernó con sabiduría y justicia. Reconstruyó la puerta superior del templo y fortaleció las murallas de Jerusalén. Sin embargo, el pueblo seguía ofreciendo sacrificios en los lugares altos, un acto que desagradaba a Dios, pues solo en el templo de Jerusalén debían adorarle.
Así, en ambos reinos, la mano de Dios se movía. En Judá, a pesar de los errores de sus reyes, aún había un remanente fiel que buscaba al Señor. En Israel, la idolatría y la violencia habían llevado al pueblo a un punto de no retorno. El juicio de Dios era inevitable, pero incluso en medio de la oscuridad, su misericordia no se extinguía por completo. El Señor seguía llamando a su pueblo al arrepentimiento, esperando que volvieran a Él con todo su corazón.
Y así, la historia de estos dos reinos continuó, un recordatorio de que la fidelidad a Dios trae bendición, pero la desobediencia conduce a la ruina. La palabra del Señor, dada a través de los profetas, resonaba en los corazones de aquellos que tenían oídos para escuchar: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros». Pero el tiempo se agotaba, y el juicio se acercaba.